Salomón colocó los cuarzos en diferentes lugares de la habitación (dónde Miguel Ángel no podría agarrarlos a menos de que lo ayudaran) y colocó las flores de loto en la ventana, cerca de la cama y al lado de los cojines del piso, donde por lo visto pasaría la mayor parte del tiempo.
—Alteza, hay alrededor de 5 sofás en los que puede sentarse. Todos se reclinan.— le dijo.
—Pero acá estoy más cómodo.— dijo, acostado en varios cojines en línea en el suelo.
—Si no me dice no lo noto.— dice Salomón resignado y con una sonrisa.— ¿Porqué le gusta tanto ese sitio? Podría también acostarse con sus cojines en la alfombra.—
—Aquí es perfecto Salomón. Cerca del estante, de la ventana, de mi cama y... No sé... Respiro mejor en éste espacio.— Salomón lo miró con detenimiento.
—¿Aún no se le pasa la presión en el pecho?— él negó con la cabeza.— Bueno. Es medio día. Iré a buscar el almuerzo a la cocina, y tal vez un té para usted. Espéreme aquí. Su Eminencia le avisará si viene.—
Él asintió desde el suelo. Salió de la habitación y poco después llegó Timoteo tras tocar la puerta, pasando junto a él sin notar su presencia.
—¡Pero! ¿Pero porqué estás allí?— exclama Timoteo y Miguel Ángel intenta no reír.
—Estoy cómodo acá.— dice, apenas sentándose en los cojines.
—A ver.— dijo sentándose con esfuerzo a su lado en un cojín.— Bueno sí es bastante cómodo éste espacio, no lo voy a negar.—
—No creo que sus rodillas soporten tanto rato allí, Eminencia.— dijo y Timoteo empezó a reír.
—No estoy tan viejo tampoco.— dijo y fue Miguel Ángel quién empezó a reír.
—Solo le molesto un rato. Ya extrañaba su presencia, Eminencia.— dice sin desviar la vista de lo que leía. Timoteo lo miró.
Recordó algo que el leoncito le había dicho, que sólo cuando estaba cerca se sentía seguro dentro del Reginato.
—Lo lamento. He estado muy ocupado éstos días.—
—Descuide. Salomón me ha cuidado muy bien...—
—No debías haber encontrado ese libro aún, ¿Sabes?— dijo, señalando el libro en las manos de Miguel Ángel.
—¿Porqué no? Era necesario que supiera éstas cosas.—
—Sí, es verdad, pero no quería que las conocieras aún.—
—¿Aún piensa que me escaparé apenas pueda?—
—¿No es lo que quieres?—
—No. Si quisiera escapar no me habría ofrecido a ayudarle. Además, se me contaría como pecado si lo hago.— dijo y Timoteo suspiró.
—No hijo. Fuiste torturado y humillado en nuestros muros. Si decides irte, ni siquiera yo tengo derecho a detenerte.—
—Eminencia, si me voy ustedes tendrán que cargar con la caída del Reginato y la destrucción de ésta era.—
—Lo mereceríamos.—
—No lo creo. No me parece justo y eso usted muy bien lo sabe.— dice mirándolo con firmeza y Timoteo lo miró directamente a los ojos.
—Hasta ahora nada ha sido justo.— dijo y Miguel Ángel bajó la mirada.
—Podemos arreglarlo.—
—Es lo que intento hijo.—
—No podrá lograrlo solo, Eminencia.—
—Ya has cargado demasiado, no quiero obligarte a cargar con ésto también.— Miguel Ángel puso sus manos en las del Regente, dejando ver sus cicatrices en el dorso de ellas.
—Para ésto nací contra todo pronóstico. Para ésto fui forjado de ésta manera. Ambos tenemos un deber que cumplir, Eminencia. No deberíamos dejar que esos sucesos condicionen nuestra misión.—
—Me sorprende oír esas palabras de tí sabiendo que tú eres el agravado en ésto.—
—Si yo siendo el agravado estoy dispuesto a estar aquí y ayudar ¿Porqué está usted en contra?—
—No lo estoy, de hecho quisiera que te quedaras entre nosotros y así poder protegerte, pero... No soy capaz de pedirte que lo hagas.—
—Lo único que pido es que no me impida ver a mi padre. Lo extraño bastante. Del resto, puedo quedarme con usted y ayudarle.—
—El asunto de tú padre no es ningún problema, además, a la casa de Michelangelo Baorrounotti puedes ir tranquilamente dado que es muy segura.—
—¿De verdad?—
—Si hijo, sólo hay que debatir ese asunto con él.— Guardaron silencio un momento.
Timoteo suspiró. Sacó de un bolsito que traía una máscara dorada de detalles en relieve y un uniforme de camisa blanca de mangas largas que se extendía hasta los tobillos con detalles dorados y una banda azul a la cintura; y un pantalón blanco con detalles dorados.
—Ésto es tuyo, Miguel Ángel. Por tú número en la línea de Principes, te corresponde el Nombre de Ezequiel II. Pero... No quiero que lo aceptes si no estás seguro de ello. Tampoco quiero que te sientas forzado a aceptarlo. Te dejo pensarlo un poco. Ya suficiente presión tienes con las energías.— dijo, levantándose con algo de torpeza del suelo y dejando lo que traía en el cojín.
Miguel Ángel no respondió. Miró la máscara y el uniforme a su lado. Timoteo asintió y salió de la habitación. Miguel Ángel miró las cosas en silencio. Era el traje de Príncipe y la Máscara de Tribunal. Al aceptar esa máscara, Miguel Ángel Baorrounotti Adeleine dejaría de existir. Ezequiel. Ese sería su nombre entonces. Una vez esa máscara tocara su rostro, debía renunciar a lo que era para convertirse en el Guía de su mundo. Sería la mano derecha del Regente. El responsable de mantener la paz y la seguridad en su mundo. Sus manos empezaron a temblar. Al aceptar esa máscara, el mundo lo conocería bajo ese nombre y ese rostro. Le aterraba aceptarlo y cometer algún error, que todo se fuera en picada por su culpa. Pero si no lo hacía, la destrucción sería inminente. Cuando Salomón llegó lo encontró con los brazos abrazando sus piernas y la vista fija en la máscara.
—No es necesario que decida ahora, Alteza.— le dijo colocando la bandeja con comida en la mesita de comedor.— Tampoco que la acepte si no quiere.—
—Lo sé.— murmuró en un suspiro. Salomón se sentó a su lado, mirando también el uniforme y la máscara.
—¿Qué es lo que realmente le asusta, joven Príncipe?—
—Aceptarlo y no poder con esa responsabilidad.— dijo sin pensarlo demasiado.