Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 11:

El Regente llama al Consejo a reunirse ese día. Hace frío en la ciudad del Reginato, pero en el palacio el aire seguía templado, agradable. Ya van varios días con esa sensación de calma que nadie se explica. El Regente tampoco da razones. Tampoco el porqué necesitaba que el Consejo se reuniera tan rápido. Pero igual obedecieron. 23 hombres entre Arzobispos y Obispos se reunieron en la sala del Consejo, especulando entre ellos qué sucedía. El Regente contó a los presentes. Faltaba sólo uno. Era Salomón y él sabía el porqué. Tomaron asiento en una mesa semicircular frente al trono dónde se sentaba el Regente.

—Estando todos presentes, podemos comenzar ésta reunión.— dijo el Regente sonriendo.

—Eminencia, con todo respeto, cabe destacar que falta el Obispo Salomón.— indica un Obispo, señalando el lugar que debía ocupar Salomón.

—Oh, no sé preocupe hermano. Salomón llegará en breve. Podemos comenzar sin él.— indicó Timoteo sonriente.— Les he convocado ésta tarde para comunicarles algo importante que está por suceder. Para ninguno de ustedes es secreto los cambios en el aire y vibra del Reginato. Y hoy ya van a saber el porqué. Yo, Timoteo VII, siendo el Regente número 69 desde el primero tras la Ascención del Gran Maestro, les presento a quién hemos esperado durante 15 años. Ante ustedes hoy Presento al Príncipe Ezequiel II, hijo de la línea Principal del Príncipe Asuer, bisnieto del Príncipe Sedequías.—

Y así, finalmente, Miguel Ángel entró a la sala de la mano de Salomón, quién lo dejó al lado del Regente y tras una reverencia fue hasta su asiento. Los presentes enmudecieron al punto que la tensión se disparó.

—Ahora sí, solicito la votación del Consejo, pues pretendo presentar a Ezequiel como Príncipe del Reginato éste domingo tras la misa. ¿Quiénes están a favor?— pregunta Timoteo, tratando de provocar la reacción de los presentes. Pero se miraron las caras. El Regente lo entendió.— Ya lo había olvidado. Ezequiel, por favor.—

Ezequiel asintió y los nervios se le notaban a pesar de que la máscara no dejaba ver su expresión. Avanzó con paso firme hasta el centro del salón, frente a la mesa semicircular. Frotó sus manos, pero antes de que hiciera algo, uno de los Arzobispos lo llamó. Ezequiel lo miró unos segundos a los ojos. El Arzobispo asintió. Era de la misma rama de Salomón. Se llamaba Daniel.

—Ya veo. Baorrounotti pero con la misma escencia del Príncipe Asuer. Prosiga Alteza, perdóneme.— le dijo.

Los presentes lo miraron perplejos y empezaron a cuchillear. El comentario hizo sonreír a Ezequiel. Al menos en esa sala sí había alguien que sentía su escencia y sabía que, aunque quisiera, no podía mentir. Frotó sus manos y brillos dorados empezaron a salir. Pero se estaba excediendo.

—Tenga cuidado, ¿No se está excediendo?— dijo Salomón con cautela.

—¿Qué pasa?— pregunta un Arzobispo intuyendo que algo malo estaba a punto de pasar.

—Él no fue criado en el Reginato, ni siquiera conoce el alcance de su poder. Usualmente...—

En eso, lo que Ezequiel hacía, que debía ser sólo un círculo de energía pura que al disolverse debía ser como un viento ligero que llenara el ambiente, lo curara y lo purificara, de la nada explotó, lanzando a los presentes varios metros lejos de él. Timoteo tampoco quedó libre, el Trono se volteó con el aún sentado quedando con los pies arriba. En menos de un segundo, en la sala empezó a llover copitos brillantes y calentitos, y las baldosas del piso cambiaron de color. Las lámparas apagadas se encendieron y las velas resplandecían con una llama dorada. Pero, el causante del desastre estaba tirado boca arriba en el piso, las heridas de sus manos abiertas y los ojos desorbitados. El Regente se acercó a él corriendo.

—Ahora me das la razón. ¿Ves que sí ibas a salir lastimado si hacías esfuerzos?— le dijo, ayudándolo a sentarse.

Ezequiel sonrió, sobando su cabeza por el golpe.

—¿Ahora ve lo que le digo?— gritó Salomón intentando levantarse del suelo.

El Regente soltó una carcajada corta. Ayudó a Ezequiel a incorporarse.

—Eso ha sido más de lo que esperaba. Confieso que creí que pasaría cualquier cosa menos eso.— indica el mismo Arzobispo, mirando su ropa ya cubierta de brillitos.

—Algo digno de un descendiente del Príncipe Asuer. Hasta desastres hace también.— dijo un Arzobispo levantándose del suelo con dificultad.

—En mi defensa diré que no me dejaron practicar lo suficiente.— murmuró Ezequiel agradeciendo que nadie podía ver sus mejillas enrojecer.

—Menos mal que no. Una explosión de esa magnitud en tú habitación y nos quedamos sin Salomón.— indica el Regente burlón y se oye a más de uno reír por lo bajo.

—Si eso era nada más para prender los focos, otra de esas y nos va a dejar sin electricidad Alteza.— indica Salomón y finalmente Ezequiel ríe.

El Regente miró a su alrededor. Tardarían al menos una hora en recoger todo ese desastre. En eso, Ezequiel se sienta en el piso a revisar sus manos y pies. Y sí, al quitarse las sandalias, las heridas de sus pies estaban abiertas otra vez.

—Esa es una excelente opción. Ya después arreglamos.— dijo uno de los Obispos, midiendo más o menos donde iba su silla y sentándose en el suelo también.

Los demás vieron lo ocurrido y rieron, pero hicieron exactamente lo mismo, burlándose y empujándose entre risas. El Regente miraba la escena sonriendo satisfecho. Terminó por sentarse junto a Ezequiel.

—¿Qué votan ustedes entonces?— preguntó Timoteo intentando que Ezequiel se dejara revisar las manos.

—Con todo respeto Eminencia, tenemos par de preguntas antes.— se atrevió a decir uno de los Obispos. Los demás asintieron con algo de timidez.

—Vale. Una o dos rondas de preguntas no viene mal. ¿Estás de acuerdo Ezequiel?— le dijo y Ezequiel asintió, aún rehúsadose a que Timoteo viera sus manos.— Vale. ¿Quién quiere comenzar?—

—Yo... Si Su Eminencia me permite, necesito preguntar: ¿Joven Príncipe desciende acaso de Michelangelo?—



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En el texto hay: sabiduría, curación, humor y magia

Editado: 15.05.2026

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