El aire en el Reginato empezaba a volverse turbio, tanto, que de no ser por las sacerdotisas, esposas de los Obispos y Arzobispos, todos se habrían ahogado con tanta energía maligna. Poco después, los Cazadores capturaron a varios miembros del Clan de Caridad con las manos y el cabello manchados de verde. Otros sólo traían manchadas sólo las manos. Todos fueron encerrados, a la espera de las órdenes del Regente. Éste andaba desesperado buscando al leoncillo junto a Luis.
—Eminencia, juro que lo dejé aquí.— dice Luis casi en pánico señalando el cojín donde había dejado al leoncito.
—Te creo Luis, hay pelitos blancos aquí. El problema es a dónde fue que no me responde tampoco.—
—Eminencia, a las sacerdotisas fue que ví entrar en ésta sala antes que ustedes.— indica un muchacho, enfermero, de apenas unos 18 años.
Luis y Timoteo se vieron las caras.
—¿Ellas pueden hacer eso?— pregunta Luis.
—Se supone que no. Lo que me sorprende es que el Ezequiel también se haya ido con ellas.—
Ambos fueron al pabellón de las Sacerdotisas y, efectivamente, la Sacerdotisa Regente tenía al leoncito en sus brazos, desesperado por escapar.
—Mary, la idea de dejar al Príncipe Ezequiel en el Pabellón de Reliquias era mantenerlo a salvo.— le dijo Timoteo.
—Pues, solito tampoco era buena idea dejarlo. Es súper inquieto. Y además, está muy flaco, necesita comer más. Tengo días diciéndote que le dés vitaminas.—
—Ya dámelo Mary, mira que Ezequiel no te conoce y se asusta fácilmente.—
—Eso es tú culpa por no presentarnos.— dice y Ezequiel finalmente logra escaparse de sus brazos. Pero, en vez de correr hacia Timoteo, corrió afuera del pabellón.
Luis intenta perseguirlo, pero Timoteo lo detiene.
—Va a su cuerpo. Lo están llamando.—dice tranquilamente, mientras Mary sonríe.
Ezequiel despertó con un golpeteo en la ventana. Un león enorme, casi del doble de su tamaño, le pedía permiso para entrar. Su melena era de un azul intenso y sus ojos azules parecían brillar.
—Creí haber dejado esa ventana abierta para que pudieran entrar.— murmuró abriendo la ventana.
—Se la abriste a Sedequías y a Andrés, pero es la primera vez que yo vengo.—
—Lo sé, abuelo Asuer.—
—¡¿Abuelo?!— exclamó ofendido.
Cuando Salomón fue a buscarlo en compañía de Amós, Ezequiel flotaba en el aire, los libros de Tratados abiertos y el león enorme, mucho más grande que ellos en el centro bajo Ezequiel, cuidando de cuando fuera a descender. El león los miró con los ojos muy profundos. Amós se escondió tras Salomón.
—Cálmate. Ésto es más normal de lo que piensas.— le dijo, luego se dirigió al león.— Buenos días, Príncipe Asuer. Gusto saludarle y conocerle.—
—Gusto conocerte, Salomón. ¿Algún consejito para mantener con vida a Ezequiel? Me sorprende que que siga vivo aún.— dice Asuer mirando a Ezequiel flotar sin rumbo por toda la habitación.
—Supiera, ni yo sé cómo lo hago.— responde suspirando y Asuer ríe.
Amós mira a Ezequiel flotar por toda la habitación y de la nada se da cuenta que tiene los ojos abiertos.
—(Buenos días Obispo Amós)— le dice en hebreo y Amós sonríe aterrado.
—Buenos días Alteza, gusto conocerle finalmente. ¿Es normal que haga eso?— le pregunta a Salomón.
—Hasta dónde yo sé no. (Ezequiel ¿Qué haces hijo mío?)— pregunta Asuer negando con la cabeza.
—(No tengo ni la más mínima ni remota idea.)— respondió y Asuer soltó una carcajada. Pero Amós parecía espantado.
—Ve curándote en salud Amós. Ezequiel cada día te va a sorprender con algo diferente.— le dice Salomón quitando todas las cosas con las que podría lastimarse mientras flota.
La escena era sin duda, chistosa. El león abajo caminando a paso lento por toda la habitación, Salomón corriendo de un lado a otro y Ezequiel arriba flotando como globo.
—Ya veo.— dice Amós sonriendo.
—Y yo que pensé que Sedequías exageraba. Éste tiene una cantidad incontrolable de energía. Y no tiene ni la más mínima idea de cómo usarla. Ha estado toda su vida escondiéndola y ahora que la tiene que usar no puede. Debe liberarla en su totalidad para poder usarla.—
—No creo que las paredes del Reginato soporten eso.— dice Salomón tratando de recoger los brillitos dorados que se empezaban a acumular.
—No, por eso intento que el niño se conecte con el plano Austral para llevarlo a entrenar allá, pero le está costando mucho.—
—(Y aún ni sé cómo fue que logré llegar aquí arriba.)—
—Y tienes que subir más. A ver, prueba intentando levantarte.— dijo, pero al intentarlo, Ezequiel se desplomó, cayendo, por suerte en el lomo de Asuer.
Amós y Salomón se acercaron rápido. Asuer levantó una pata y se la puso en la cabeza. Ezequiel temblaba y respiraba con fatiga
—Te sobrexigiste, Ezequiel. Estás ardiendo en fiebre. Te dije que debíamos empezar por algo menos exigente.—
—Pero...—
—Si, lo sé. Pero mira cómo te pones.— se levantó con Ezequiel en la espalda y lo depositó en la cama.— Descansa. Me quedaré aquí a garantizar que lo hagas. Y haz el favor de comer. Tienes que alimentarte bien.—
Ezequiel asintió. Asuer tomó forma humana ante la mirada perpleja de Salomón y Amós. De ellos, era el único que podía hacer eso. Y, curiosamente, Asuer era una fotocopia de Ezequiel, sólo que mucho mayor.
—Es que tú también, te dejé los libros encima, en el primer estante y tú leyéndote los libros de Andrés y Mateo. Te dije ya que esos libros a tí no te funcionan. Tienes alrededor del triple de poder que ellos. Si usas esos libros, vas a terminar explotando medio Reginato.— le dijo de brazos cruzados, su voz dura.
Salomón y Amós se miraron las caras. Lo creían muy capaz de eso y más. Salomón le pidió el desayuno a Felicity, mientras aún Asuer regañaba a Ezequiel. Él sólo murmuraba.
—Si no empiezas a curarte tú mismo, no podrás curar tú espíritu. Y si tú espíritu sigue roto, no podrás controlar tú poder.—