Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 15:

—De todos modos, tú estás perfectamente segura de lo que quieres ¿No?— le dijo con una voz fría que parecía congelar el ambiente.

—(Disuelvo mis pactos con los humanos de éste Plano y los pongo a jurisdicción de sus líderes.)— Dijo la deidad con una voz firme, en un idioma nunca hablado en el mundo.

Ezequiel intentó no sonreír. Hizo levitar el pergamino rodeado de luz rosa hasta la deidad. Ésta la tomó con las manos temblando.

—Allí se establece también la inocencia de los peques. Supongo que no es necesario que te diga que no quiero volver a verte aquí, ¿Verdad?— dijo y la deidad sonrió.

—Será un placer. Muchas gracias Príncipe Ezequiel.— le dijo. Ezequiel levantó la mano y una luz blanca la envolvió a ella y a las serpientes pequeñas, unas 5 en total.

El aire en el Reginato, tenso y opresivo, se alivianó mucho apenas la deidad y sus crías se fueron. El aire volvía a ser templado, dulce y con aroma a pan y vainilla. Ezequiel suspiró aliviado. Volteó a ver a Timoteo y éste supo que diría una de sus frases célebres.

—¿Con ésto me salvo del chequeo médico y las clases intensivas?— dijo y se oyó como más de uno intentó no reír.

—No Ezequiel. Más bien anda que te van a revisar ahorita.— respondió el Regente y Ezequiel chasqueó la lengua. Ahí sí se escucharon risas ahogadas.— Yo me ocupo del resto. Ve.—

Ezequiel se levantó de su asiento e hizo una reverencia. Luego salió caminado lentamente. Salomón llegó a su lado.

—¿Qué tiene Alteza?— dijo aterrado al verlo al borde de las lágrimas.

—Olvidé ponerme las gasas en los pies.— dijo y, efectivamente, había dejado un rastro de sangre en el suelo. Salomón apretó el centro de sus cejas con dos dedos.

—¿Debo suponer que de nuevo anda sin las sandalias?— Ezequiel bajó la mirada.— No sé ni por qué pregunto. Súbete.—

Lo subió a su espalda con cuidado, mientras los demás veían la escena con una mezcla de confusión y risa. Salomón llevó a Ezequiel a la misma habitación donde estuvo recuperándose los tres primeros días fuera de la cárcel. Le traía recuerdos algo incómodos. Salomón empezó a hablar por teléfono.

—Amós, hazme un gran favor. Cuando bajes tráete las sandalias de Su Alteza y las gasas.—

—¿De verdad se fue descalzo?—

—Te sorprendería las cosas que hace su Alteza por no ponerse las sandalias ni los zapatos.—

El médico llegó a la habitación en ese momento. Un rato después, Amós y Salomón se llevaban a Ezequiel casi a rastras, más débil que antes, de la sala del doctor. El Regente llegó después. Ezequiel estaba en la cama, envuelto en mantas.

—¿Qué pasó?— pregunta Timoteo al verlo esconderse bajo las sábanas.

—Lo que Su Eminencia Mary viene diciendo hace días. Ahora tenemos a un Príncipe deprimido.— dice Amós acostado al lado de Ezequiel.

—¿Qué...—

—Desnutrición severa. Eso dice el doctor. Está el doble de bajo de peso de lo que debería. No le ha sentado bien la noticia. Sobretodo porque sabe que ahora debe tomar más vitaminas y comer mucha carne. Además, tiene los niveles de hemoglobina, azúcar, triglicéridos y colesterol por el piso. Por eso se agota tan fácilmente. Y se le sube la presión.—

—Ay Ezequiel...—

—El doctor anda hablando con las hermanas Felicity y Dorcas. Al parecer tiene que llevar una alimentación muy exigente. Pero se recuperará si logramos que la siga. Y que se tome las vitaminas.— dice Amós aún acariciando a Ezequiel.

“Poco lo encuentro yo. ¿Ezequiel? ¿Quieres conversar?” le preguntó a su mente. Ezequiel volteó a mirarlo. Por señas, les pidió a Salomón y a Amós que lo dejaran a solas con Timoteo.

—No te aflijas Ezequiel. Te recuperarás pronto y muy rápido. No te preocupes.—

—Mi Presentación es en dos días y yo aún no logro controlar lo mínimo de mi poder. No puedo estarme de pie sin tambalearme y ni siquiera me quedan fuerzas para revisar los Tratados y la Balanza. Lentamente se está inclinando, escucho cuando lo hace, pero no puedo verla. Debo de viajar al Plano Austral a renovar Tratados y no he podido siquiera llegar a la puerta de ellos.— Timoteo tomó sus manos.

—Hijo mío, no te preocupes. Todo a su tiempo Ezequiel.—

—Tenemos el reloj encima, contando los segundos restantes antes que nuestro plano sea juzgado. Y no puedo ni siquiera subir a ver cuánto tiempo falta. Yo...— Timoteo apretó sus manos con fuerza. Había comenzado a temblar sin notarlo.

—Tu necesitas calmarte. No puedes resolver todo chasqueando los dedos Ezequiel. Si se pudiera lo harías, estoy seguro de eso. Pero no se puede. Y si te alteras y te enfermas sólo consigues ponernos en una situación aún más delicada de lo que ya es. Calma. Ya logramos destruir un altar. Ya llevamos a los hermanos en desacato a juicio. Y tenías razón, algunos de ellos eran inocentes. Otros no tienen salvación. Lo has hecho de maravilla. Nos has dejado boquiabiertos a todos. Lo has hecho muy bien. Ahora necesitas descansar de verdad. Le voy a pedir a Salomón que te vuelva a colocar el cuarzo y las flores. Necesitas descansar y recuperarte Ezequiel. Necesitas mantenerte tranquilo.— Timoteo le quitó la máscara y sostuvo su cara entre sus manos.— Mírame a los ojos Ezequiel. Escúchame. Necesito que lo entiendas. No vas a morir si te equivocas. Nadie va a despreciarte si causas problemas. No te voy a hacer daño. No necesitas ser útil para mantenerte a salvo. No tengas miedo. No vas a volver ahí. Y perdóname. Yo... Pude haber llegado antes. Pude haberte encontrado antes.—

Ezequiel desvió la mirada. Alguien tocó la puerta y pidió permiso para entrar. Timoteo negó la entrada y dijo que lo atendería luego.

—Podría ser importante Eminencia.—

—Tú y yo sabemos que no es así. Además, lo más importante ahora es mantenerte a salvo a ti. Eres lo más valioso que éstas paredes protegen, Ezequiel.—

—A salvo estoy por ahora. Lo que me preocupa es cuando el Arzobispo Luis empiece a sospechar.—



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En el texto hay: sabiduría, curación, humor y magia

Editado: 15.05.2026

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