Cuando Michelangelo puso el primer pie dentro de la oficina el aire se congeló hasta el punto que dolía respirar. Al Regente se le iba a salir el corazón. Y al mismo Michelangelo también. Pese a que era su hijo el que estaba ahora como Príncipe del Reginato, la fama de la familia Baorrounotti no se opacaba en lo más mínimo. Si en algo eran conocidos los magnates más grandes de todo el continente era por su crueldad. Nadie podía tocar o siquiera ver mal a un Baorrounotti. Eran 4 hermanos, tres varones y una hembra pretenciosa, pero el mayor de ellos era el terror deambulante de cualquiera. Ese era Michelangelo. Había sido conocido en su adolescencia como alguien dulce y amable, tranquilo como agua de un lago. Eso antes de la tragedia. Después de allí, Salomón tenía toda la razón: se había perdido en la oscuridad. Y fue el pequeño rayito de sol que se convirtió en su adoración lo que lo hizo salir de esa oscuridad, no obstante, la oscuridad en él lo alejó de su rayito de sol.
El Regente le pidió que tomara asiento y la mirada de Michelangelo se oscureció.
—Tenemos que sentarnos a conversar, Michelangelo. Y sin embargo, antes que nada necesito preguntar: ¿Cómo le hiciste para mantenerlo con vida durante dos años?— pregunta el Regente y señala a Amós, con la nariz rota, limpiándose con un pañuelo.
—Hasta hace 10 minutos ese niño estaba aquí tranquilo. Me volteo 5 minutos y el niño andaba trepándose del estante. Tiró unos libros, dos de ellos a mi cara y sin embargo no agarró el que quería.— dice Amós resoplando. Michelangelo suavizó la mirada y esbozó una sonrisa.
—No me extraña. Una vez me tuve que subir a un árbol a bajarlo porque el muy valiente después que subió no podía bajarse. Igual lo bajé y tuve que mandar a bajar el pajarito que quería porque se intentó volver a subir.— Dijo rodando los ojos, mientras el Regente y Salomón reían por lo bajo.
—Lo dejé menos de 10 minutos solo y lo encontré compartiendo atún con un león astral.— dice Salomón de brazos cruzados. Pero luego pregunta lo que Michelangelo no se atreve para no sonar ofensivo.— ¿Dónde está? Estoy seguro de haberlo dejado sentado aquí como un angelito.—
—En su habitación. Su Eminencia Mary se lo llevó a esconder el moretón que se ha hecho en la frente con las tablas del estante.— dijo Amós y el color abandonó la cara de Salomón y del Regente. Pero Michelangelo, para su sorpresa, se mordió los labios para no reír.
Pero luego respiró profundo y volvió a mirar al Regente. Pese a tener el mismo color de ojos, la mirada de Michelangelo era pesada, oscura e intimidante. Miguel Ángel era firme, calmado y amable, aunque Timoteo conocía la mirada llena de firmeza y dolor de ese joven.
—Supongo que, antes de sentarnos a conversar quieres hablar con él ¿No es así?— dice Timoteo y a Salomón se le corta la respiración. Michelangelo asintió lentamente mientras no despegaba la vista del Regente.
Timoteo se atrevió a levantar la mirada y enfrentarse a la de él. El gesto sorprendió a Michelangelo, pero no desvió la vista. Mantuvo sus ojos azules fijos en los ojos marrones de Timoteo.
—Bien, supongo que por eso confía lo suficiente para quedarse aquí. ¿Qué es a lo que temes, Salomón? ¿A mí?— dijo y ahora la mirada fue para él.
—Yo no tengo nada qué decir.— dijo Salomón para sorpresa de los presentes.— No te creo capaz de hacerle daño, pero tampoco te creo capaz de dejarlo ir.—
—Tienes razón. Pero ¿Acaso es eso necesario?—
—No.— se apresuró a decir Timoteo.— Nadie tiene aquí ni la más mínima intención de que Ezequiel se aleje de su familia.—
—¿Ezequiel? ¿No le correspondía llamarse Mathías?— Salomón lo miró extrañado.
—¿Mathías?— pregunta Amós aterrado.
—Saqué las cuentas dos veces, según yo le corresponde Ezequiel Segundo. Y Mathías Segundo sería usted.— dijo Timoteo seguro de sí y la respuesta enmudeció a los presentes. Michelangelo hizo una cuenta con los dedos.
—Confiaremos en su criterio entonces.— dice Michelangelo negando con la cabeza. El Regente sonríe.
—Salomón, ve con Michelangelo a hablar con Ezequiel. Verifica primero que no haya hecho alguna otra sorpresa.— dice Timoteo, con algo de preocupación en la última frase.
—Ojalá y no. La Regente Mary debe de estar aún con él.— dice Amós estornudando.
Salomón y Michelangelo salieron de la oficina.
—Me sorprende lo tranquilo que estás con éste asunto.— le dice Salomón en un suspiro.
—No lo estaría si no tuviera a Miguel Ángel cuchicheándome cosas al oído. ¿Dos meses? ¿Cómo soportó dos meses ahí?— dijo y Salomón detuvo el paso. Se suponía que Michelangelo nunca se enteraría de eso.
—Sigo sin saber cómo, Michelangelo. De hecho ni siquiera me agrada tocar ese tema. Yo... Yo no habría soportado tanto. No con la firmeza que él lo hizo.—
—Tenía las vidas de millones de personas en las manos... En su lugar, yo no habría aguantado tanto así.— dijo y lo animó a seguir caminando.— La fortaleza de su espíritu es mayor que cualquier cosa que haya visto hasta ahora. No puedo negar que me molesta a veces, pero igual lo quiero. Era yo el que merecía pasar por allí. No él.—
Salomón suspiró y volteó a mirarlo.
—Claro que no. No sé exactamente porqué fue que discutieron ustedes, pero lo que pasó no fue tú culpa, Michelangelo.—
—Pude evitar que pasara. Es lo único que digo. Por otro lado, estoy seguro de que en verdad le correspondía llamarse Mathías.— dijo y Salomón sonrió.
Llegaron a la puerta de la habitación de Ezequiel. Salomón tocó y Mary le abrió la puerta. Ambos entraron a la habitación y Mary salió.
—A ver, ¿10 minutos te dejo con Amós y le partiste la nariz?— dice Salomón de brazos cruzados.
—Yo me llamo Miguel Ángel, también Ezequiel, pero no Enciclopedia global.— respondió sonriente, mientras Salomón se acercaba. Michelangelo se quedó cerca de la puerta, con un cruce de emociones.
Miguel Ángel se levantó de la cama y Salomón revisó su frente.