Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 18:

Es sábado por la tarde en el Reginato. Y, en un descuido de Salomón, Ezequiel y Amós salieron de la habitación, con rumbo a la cárcel. Sí, a la cárcel. Nathanael y el Jefe de los carcerelos lo ven llegar.

—A... A... Alteza ¿Qué hace usted aquí?— pregunta Nathanael tartamudo. El jefe de carceleros estaba mudo.

Al Nathanael decir esa frase, todos voltean a mirar a Ezequiel y a Amós.

—Necesito bajar al piso 4.— dijo tranquilamente y Nathanael palideció.

—Pero Alteza, ¿Su Eminencia sabe que está aquí?— dijo Nathanael, aún sin dar fé de ver a Ezequiel ahí. Amós se tensó.

—Yo le avisé que venía. De hecho, debería venir en unos momentos. Debo resolver unos asuntos y necesito me dejen pasar hasta allá. Si les preocupa pueden venir conmigo.— dice. Los guardias se miraron las caras.

Después de un rato de murmuros, abrieron las puertas. Las criaturas escucharon las puertas abrirse y empezaron a gritar y gruñir. Pero, al Ezequiel poner un pie dentro, se quedaron congelados. Un silencio sepulcral se apoderó del piso.

—No avance aún Alteza, deje ver qué algo traman.— dice un guardia poniéndose frente a él. Era curioso porque, varios días antes, ese mismo guardia le había golpeado la mano ya herida y sangrante con una vara.

—De todos modos, no pueden acercárseme si yo no lo permito.— dijo Ezequiel, su voz temblorosa, pero avanzó a paso firme por el pasillo. Los demás lo siguieron con desesperación.

Ezequiel empezaba a querer devolverse por dónde vino. Había perdido la firmeza con la que convenció a Amós de ir allí. Pese a que sabía que nadie le haría daño, aún escuchaba sus propios gritos de dolor resonar en ese lugar, escuchaba y sentía la sangre gotear de su piel al piso, el picor, el ardor en la garganta por deshidratación, su estómago contraerse de dolor y la desesperación de saber que, por mucho que se sanara, volverían a torturarlo, el saber que iba a morir allí. En eso, varios Cazadores llegan y el estómago se le encogió de terror. Pero se obligó a mantenerse firme.

—Hemos venido apenas nos avisaron. Alteza, no puede bajar allí solo. Nosotros...— dijo uno de ellos, sin aliento. Ezequiel esbozó una sonrisa incómoda, aunque en sus ojos se veía que tenía miedo.

—Descuiden. Vamos con calma.— les dijo sin atreverse a mirarlos. Los reconocía y posiblemente ellos también a él si lo veían a los ojos.

A la mitad del pasillo, de una de las celdas se asomó una cabecita. Ezequiel le indicó que guardara silencio, pero gracias al silencio del área se escuchó claramente cuando murmuró un: “Es él” . Y con eso, todas las demás criaturas se asomaron en la puerta de sus celdas. Sus ojos brillaban de esperanza y emoción. Ezequiel siguió caminando sin voltear a mirarlos. Sabía que lloraría al hacerlo. Una parte de esas criaturas fueron quiénes cuidaron de él el primer mes. Ellos eran quiénes lo consolaban. Gracias a ellos mantenía un atisbo de esperanza de salir de allí algún día. Los guardias y Cazadores lo seguían en silencio, tensos y mirando alrededor con pavor. El silencio era tan grande que daba terror. La incertidumbre era asfixiante. Y las emociones tan diferentes entre sí. Las criaturas veían finalmente caminar por sus pasillos a aquel que podía devolverles la libertad. Finalmente, cada una después de una eternidad allí, podrían ir a juicio y abandonar ese Plano. Y, por otro lado, el niño con el que acordaron su muerte había regresado con vida a salvarlos de ese lugar. Ezequiel se detuvo a la entrada de las escaleras, y volteó a mirar a las celdas.

(Falta poco. Pronto todos irán a juicio. Me ocuparé de que salgan de aquí.)— les dijo y se escuchó como más de una Criatura corría de un lado a otro en su celda, feliz. Otras rompieron a llorar y otros simplemente guardaron silencio.

La pequeña hadita de antes se acercó volando a él. Sin decir palabra, hizo una reverencia con lágrimas en los ojos y se marchó volando. Ezequiel lo sabía. Más de uno ahí era inocente. Por ende, incluso podían quedarse en el Plano Humano. Los que iban con él lo veían confundidos. Pero con esas palabras, la tensión se disipó. Bajaron las escaleras al piso dos, dónde las criaturas también enmudecieron a la llegada de Ezequiel.

—¿Qué les pasa? ¿Porque están tan tranquilos?— murmura uno de los Cazadores, tenso y con los nudillos que agarraban su espada ya blancos.

Ezequiel no dijo nada. Se mantenía buscando firmeza, dado que en el piso tres estaba la sala de torturas. No sabía si iba a lograr pasar por ahí sin vomitar. Ya traía el estómago revuelto de sólo recordar todo lo que vivió ahí. Esos mismos pasillos aún recordaban haberlo visto siendo arrastrado por sus captores, de ida y vuelta, de ida en silencio, resignado y aterrado, de regreso medio muerto, dejando un rastro de sangre por todo el pasillo. La entrada a la escalera al tercer piso le hizo palpitar a mil el corazón. Y peleaba consigo mismo, repitiéndose que no debía tener miedo, que todo aquello no iba a repetirse, sin embargo sus manos temblaban por mucho que intentaba respirar y calmarse. Le costaba respirar y Amós no entendía el porqué. En eso, una mano toma la de él y lo detiene. Era Nathanael.

—Su Alteza sabe que no debe. No es momento aún.— le dice, mirándolo directamente a los ojos.

—Debo hacerlo.— dice con una calma que extrañó a todos los presentes. Tomó la mano de Nathanael entre las suyas y le dió una palmada.

Esas mismas manos lo habían alimentando en contra de sus propios principios, esas manos lo salvaron de morir a pesar de saber que podían perderlo todo por ese acto. Esas manos lo salvaron de ese lugar.

—Al menos deje que su Eminencia venga.— dijo, su voz y sus gestos preocupados. Pero Nathanael se sentía culpable.

—Si no hago ésto, no merezco ser llamado Guía de ésta Generación.— le dijo y finalmente Nathanael se resignó.

Ni siquiera el mismo Ezequiel tenía la fuerza de entrar allí, pero tenía razón. Si no se enfrentaba a lo que ya sólo era un amargo recuerdo ¿Cómo se enfrentaría a las adversidades que vendrían? ¿Cómo podía dirigir a una especie entera si no era capaz de controlar sus propios temores? Amós lo miró preocupado. Pero Ezequiel caminó a paso decidido hasta la escalera y empezó a bajar por ella. Siguió descendiendo la escalera hasta llegar al piso tres. Y al poner un pie en el último escalón, su estómago se encogió y el temblor congeló sus rodillas. A pesar de estar todo limpio y muy ordenado, las salas estaban allí dispuestas para ser usadas otra vez. Ezequiel caminaba por el pasillo, pero ésta vez Amós chocaba de vez en cuando con él cada vez que realentizaba el paso, incapaz de seguir andando. Ezequiel miró hacia una de las salas, los recuerdos volviendo a su mente para atormentarlo. Uno de los jóvenes cazadores observó lo que pasaba y de la nada soltó.



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En el texto hay: secretos, drama,

Editado: 05.06.2026

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