Es domingo en la mañana en el Reginato y desde la madrugada el movimiento es notorio. Los adornos, la mantelería, las alfombras, todo estaba perfeccionado para ese día. Todos trabajaban para que ese día fuese perfecto. No sólo en el Reginato. La seguridad de los Baorrounotti también tenía sus hombres en el sitio, garantizando que el dueño estuviera a salvo mientras estaba allí.
Los primeros rayos del sol entran por la ventana de la habitación y Salomón llega para despertar a Ezequiel.
—Es la primera vez desde que llegué que veo salir el sol. Ha estado nublado todo el tiempo.— le dice, sentado en la ventana.
—Hasta el día se está preparando. Es un día auspicioso.— le dijo y Ezequiel asintió. Salomón se acercó a él y acarició sus hombros.— ¿Nervioso, joven Príncipe?—
—Es difícil no estarlo. No he podido cerrar los ojos en toda la noche.—
—Lo bueno es que con la máscara no se va a notar.— dijo una voz desde la puerta. Era Michelangelo. Ezequiel corrió hasta él y lo abrazó.
—Más vale que uses una tú también por lo visto.— le dijo burlón y Salomón rió.
—Vamos, hay que prepararse.— les dijo Salomón.
Ezequiel entró al vestidor mientras Michelangelo intentaba colocarse una máscara de plata en la cara, con Salomón a su lado riendo. Ezequiel se vistió una túnica blanca con detalles dorados y azules en los puños y pecho, en la cintura un cinturón y debajo un pantalón. Salió y Michelangelo colocó la máscara dorada en su rostro, con las manos temblando y su sonrisa oculta por la máscara plateada.
Los tres salieron de la habitación y fueron hasta el salón principal, donde se celebraban las misas. Dónde ya muchísimas personas estaban congregadas. Incluso más que de costumbre.
—Se logró...— murmuró Ezequiel y Michelangelo asintió.
—El post que hiciste llamó muchísimo la atención. Más que creyentes, muchos líderes de los Conspiranoicos están aquí. Entre esos, el idiota de tú tío adoptado.—
—Aun no ha entrado. Oscar Barzey está afuera.— dice Salomón.
Los tres llegaron a una Tribuna que estaría tapada con cortinas durante esa misa. Los guardaespaldas estaban camuflados con la gente. Michelangelo hizo una llamada y todos entraron en alerta.
—¿Pasa algo que aún no se?— le dice Ezequiel.
—Precauciones por sí alguien decide volverse loco.— dice Michelangelo tranquilamente. Él no tenía ningún problema en desaparecer de la faz de la tierra a cualquiera que osara intentar alguna estupidez ese día.
El Regente y los Arzobispos con sus respectivas Sacerdotisas entran a la sala y los que estaban fueran se apresuraron a entrar. El Regente mira directamente a la Tribuna unos segundos y Salomón se asoma para mostrar un pulgar arriba. Lo que no sabían es que cada movimiento estaba siendo captado en cámara. No sólo las que transmitían la misa por televisión.
La misa comienza con total normalidad. Pero se notaba la diferencia. Faltaban los miembros del Clan de Caridad. Y el ambiente en el Reginato, usualmente frío, estaba templando y nadie ignoraba el hecho de que olía a pan y vainilla. Una tortura para los que estaban en ayuno. La misa avanzaba y la duda crecía. Las manos de Ezequiel temblaban de nervios. Michelangelo tomó su mano y la acarició.
—Calma. Todo lo vivido te trajo hasta éste momento. Trata de calmarte o vas a vomitar lo poco que comiste.—
—En realidad ya lo vomitó.— dice Salomón extendiendo un cuenco con agua hacia él. Ezequiel lo tomó con las manos aún temblando y bebió.
En eso tocaba orar de pie y al levantarse sus piernas temblaron. No sólo las de él, pero Michelangelo y Salomón lo disimularon. Igual Ezequiel en el asiento delante al de ellos no iba a notarlo. Los dos lo miraban con preocupación. Los nervios se lo estaban comiendo. Y cada segundo que pasaba los nervios aumentaban. De la nada llega Asuer a su lado.
—¿Te puedes calmar? A éste paso no vas a poder bajar las escaleras Ezequiel. Y por lo visto tú tampoco, Mathias.— dice burlón y Ezequiel ríe con nervios. Asuer se acerca para mirarlo a los ojos.— Tienes que calmarte. Respira hondo. Todo va a salir bien. Los de allí no van a dejarte caer, tranquilo.—
Ezequiel asintió, un poco más sereno. Asuer desapareció en el pasillo. Volvieron a sentarse a la voz de la Sacerdotisa quién dirigía ese día. Y casi al final de la misa, la misma sacerdotisa pidió que nadie se fuera. El estómago de Ezequiel se encogió un poco más y tragó saliva.
—Sabía que tenía que darle su tecito bien temprano.— dijo Salomón de brazos cruzados y Michelangelo rió por lo bajo.
La misa terminó más rápido de lo que el mismo Ezequiel quería y la última parte del protocolo no tardó en acabar también. Ezequiel respiró profundo. Él nada más no. Timoteo, Michelangelo y Salomón tragaron saliva.
En las puertas cayeron estandartes y la música ceremonial empezó. Timoteo tomó un micrófono tras respirar profundo.
—Dando fin a la misa dominical, es momento de iniciar el protocolo de éste evento único en ésta década.—dijo la sacerdotisa y Timoteo encendió su micrófono.
—Vamos.— indicó Salomón haciéndose el firme, pero también estaba que se mordía las uñas.
Los tres bajaron de la Tribuna, mientras los demás miembros del Reginato se ponían de pie a los lados de la alfombra principal que iba desde la puerta hasta el estrado del Regente. Salomón siguió de largo y se paró en el lado derecho de la puerta, con los asientos enmedio de él y la alfombra, y los ojos de los creyentes y curiosos examinando cada movimiento. Michelangelo soltó la mano de Ezequiel para colocarse al igual que Salomón, pero del lado izquierdo. Ezequiel sólo esperaba la señal del Regente para caminar hasta el estrado por la alfombra. Alguien le informó a Timoteo que todos ya estaban en posición y éste asintió.
—(La Gracia del Creador sea para con su pueblo) Buenos días a todos, hijos del Creador y de éste Reginato. Creyentes y hermanos por fé. Hoy, a ésta hora, puedo anunciar lo que nuestro mundo necesita oír. Hoy puedo realizar una ceremonia ya casi olvidada en éste Reginato. Y ustedes podrán ver éste momento histórico conmigo.—