Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 19:

Ezequiel le da un abrazo a Vlad antes de irse y sale de ese pasillo. Alguien al fondo lo llama con voz temblorosa. Su voz era infantil, masculina. Ezequiel no reconoce la voz, pero se le hizo muy familiar.

(Te lo ruego, ten misericordia de mí.)— le dijo, en japonés. Con eso logró captar su curiosidad y avanzó por el pasillo de dónde la voz lo llamaba.

Algo lo atraía hasta allí y no podía resistirse. Las alarmas empezaron a sonar y cuando reaccionó, estaba en un pasillo que desconocía. Fue entonces cuando decidió volver por dónde vino. En eso, una niña apareció ante él. Vestía de rojo y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Pero tenía la vista fija en Ezequiel.

(No te vayas, no nos dejes aquí.)— le dijo y lágrimas negras cayeron de sus cuencas.

Ezequiel la miró y sabía que si no salía de allí estaría en graves problemas. La niña se acercó a él y él no retrocedió. Se arrodilló delante de él. Eso sí lo hizo retroceder.

(Tenga misericordia de nosotros, joven Príncipe. Queremos a nuestros papás. Queremos irnos de aquí. Tenga piedad de nosotros. Sólo somos almas desafortunadas, condenadas a seguir aquí con quién arrebató nuestras vidas e inocencia. Se lo ruego. Usted es hijo del Creador. Tenga piedad.)— le dijo, dolida aunque no podía demostrarlo en sus ojos.

En eso, varios niños salieron también de la oscuridad y los rodearon. Todos ellos sin ojos y derramando lágrimas negras. Allí sí Ezequiel palideció. No tanto por la presencia de los niños, sino porque sabía que no podría salir de allí fácilmente. Los casi 30 niños que lo rodeaban eran niños japoneses que fueron asesinados y sacrificados por un brujo que buscaba la inmortalidad. Y la alcanzó, pero convirtiéndose en una entidad espantosa y aterradora a la vista, atando las almas de los pequeños a sí, usándolos como cebo para alimentarse de la energía del miedo humano. Ezequiel miraba a los niños casi en pánico. Sabía que al decirles que no podía se iban a desesperar y sus gritos tenían la capacidad de enloquecer a cualquiera. Tenía que encontrar la forma de salir de allí.

(Joven Príncipe, sólo usted puede ayudarnos. Por favor tenga compasión de nosotros.)— dijeron los niños, en varios puntos de la habitación, sus voces pequeñas e inocentes, pero tétricas.

Tenía que ser muy valiente para mantener la calma en ese momento. Se agachó y levantó a la niña del suelo.

(Si los voy a liberar. Si le daré su merecido al mounstro que los ha mantenido cautivos aquí. Pero aún no puedo. Apenas me van a Presentar mañana. Aún no soy el Príncipe de éste mundo. Pero lo seré. Y los sacaré de aquí a todos ustedes. No tengan miedo. No los voy a abandonar.)— dijo y un niño, más pequeño que el resto, de casi unos 3 años se abrazó a su pierna.

(¿Porqué aún no puede?)— dijo una niña rompiendo a llorar. De sus ojos el líquido negro corría como si de un grifo se tratara. Los demás niños empezaron a respirar con más fuerza, a punto de romper a llorar también.

Ezequiel quitó la venda de una de sus manos. Y con la otra acarició la cabeza de la niña que lloraba. Le mostró su mano.

(¿Conoces el piso de arriba?)— le dijo y los niños se agruparon frente a él, bloqueando sin querer la salida.

(¿Dónde los hombres malos de batas marrones llevan a las criaturas y les gritan ¡Habla, habla ya!?)— dijo uno de los niños tras levantar la mano. A Ezequiel le pareció curioso escuchar a un niño japonés repetir palabras en español.

(Muy bien. Así que conocen ese lugar.)

(Allí le pegan a las criaturas y los hacen sufrir mucho, además de que les dicen cosas feas.)— dice otro niño tras levantar la mano.

(Yo estuve allí hasta hace unos días. Aunque me he recuperado, no tengo ni siquiera la energía suficiente para sanar ésta herida.)— dijo señalando la herida en su mano. Uno de los niños le toma la mano y mira por dentro del orificio como si fuese un lente. Ezequiel intenta no reír con eso.

(Entonces, ¿Cuando te recuperes y esos huecos sanen nos puedes ayudar?)— le dijo uno de los niños, acercándose y halando el borde de su manto. Ezequiel le frotó la cabeza.

(¡Eso! Son bastante listos ustedes. Ahora ¿Me perdonan por no poder ayudarlos aún?)—

(Si estuviste allá arriba y ahora eres el Príncipe, no eres tú quién se tiene que disculpar.)— le dijo una niña levantando la mano para hablar.

Ezequiel sonrió. Sabía que el estar tanto tiempo allí le iba a costar un buen rato con pesadillas. Los niños se apartaron y le dijeron por dónde debía irse. Pero unas garras en su hombro lo detuvieron. La entidad, un mounstro de casi dos metros, cuerpo humanoide de extremidades alargadas y muy delgadas y dedos de huesos, la piel casi cadáverica y la cabeza deforme, sin ojos también pero con pequeñas luces rojas en cada cuenca, sin nariz y una sonrisa retorcida y maníaca que iba de costado a costado. Lo tomó del brazo y trató de jalarlo hacía si. Pero ésta vez, Ezequiel atacó lanzando una llamarada de fuego directo a la criatura. Y al momento sus heridas volvieron a sangrar con fuerza. Los niños gritaban con miedo, y sus gritos eran tan estridentes que Ezequiel cayó al suelo. El ruido amenazaba con romperle los tímpanos. Se arrastró por el piso hacia la salida de ese pasillo. Si lograba llegar al final del pasillo, Vlad o los dioses podían ayudarlo. Pero los gritos de los niños le taladraban los oídos y le robaron el concepto de arriba y abajo. El suelo era su único refugio, y hasta eso parecía surreal. No podía avanzar sin tambalearse no podía ponerse en pie. La entidad también chillaba, tratando de callar a los niños, se abalanzaba sobre ellos y los atacaba, pero no podía dañarlos. Ezequiel avanzó a rastras por el suelo, sudando y tratando por todos los medios de salir de allí. La entidad lo tomó de los pies y lanzó un grito de dolor, empezó a retorcerse y golpearse con las paredes de dolor. Se estaba quemando con la sangre que salía de sus pies. Los niños lo veían gritar de dolor y dejaron de gritar para empezar a reír. Sólo así Ezequiel pudo levantarse y tratar de llegar a la salida. La entidad lo vió avanzar y lo jaló de las piernas, haciéndolo caer y llevándolo de nuevo al pasillo. Se abalanzó para golpearlo y Ezequiel esquivó rodando. Volvió a lanzarse sobre él y trató de morderle la cara. Ezequiel le dió una bofetada con la mano desnuda y ya sangrante y la Entidad empezó a gritar de dolor y a golpearse contra el suelo. Los niños volvieron a reír. Ezequiel se arrastró por el piso hasta que sus manos finalmente tocaron el inicio del pasillo, dónde la luz era diferente y podía verse unos metros allá la celda de los dioses. La Entidad se le lanzó encima, con las garras preparadas para atacarlo. Y lo siguiente ocurrió demasiado rápido. Ezequiel cerró los ojos y levantó ambas manos hacia la entidad que ya venía en el aire hacia él, mientras unas manos lo tomaban a él de los hombros y lo sacaban de allí. De las manos de Ezequiel salió una nube de polvo dorado que al caer sobre la criatura lo empezó a derretir. La entidad empezó a chillar de dolor, mientras los niños lo veían asombrados y, quizás, con los ojos muy abiertos. Vlad cubrió a Ezequiel con su capa y lo levantó en sus brazos, con las cadenas rotas aún en sus tobillos y la alarma de emergencia sonando en todo el piso, mientras la entidad quedaba reducida a una pasta asquerosa en el suelo. Ezequiel temblaba y gemía de dolor y Vlad sólo se dedicó a correr con él en sus brazos hasta la celda de los dioses.



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En el texto hay: secretos, drama,

Editado: 05.06.2026

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