Mientras los demás avanzaban al comedor y compartían el almuerzo dominical, Michelangelo y Salomón acompañaban a Ezequiel en su habitación, vomitando lo que parecía ser más agua de la que cabía en su delgado cuerpo.
—¿Deberíamos llamar ya al médico?— dice Salomón ya desesperado.
—Dejalo, tiene que expulsar todo lo que recogió durante el protocolo. ¿O nadie te explicó a tí que sería así?— dijo, la mirada de molestia en su cara cubierta por la máscara.
—Creí que sólo eran nervios. Le traeré agua, ya vuelvo.—
De camino a la cocina, el Arzobispo Daniel y los miembros de su clan lo llaman para que se siente con ellos y él sólo niega con la cabeza, sin detenerse. Pero Luis si se levanta de su asiento para hablar con él.
—¿Está muy mal el Príncipe?— preguntó en voz baja, y sin embargo todos estaban en silencio para escuchar. Eso lograron.
Salomón le lanzó una mirada afilada a Luis, pero luego suspiró.
—Por mucho incienso que le pongamos, igual el Príncipe absorbió gran parte de la suciedad y corrupción. Allá arriba está que no puede ni ponerse en pie.— le dijo, y los demás se vieron las caras.
—Es mucho para él...—
—Era de esperarse. Fueron más de 55 años sin un Príncipe en éstos pasillos. Que se pondrá bien dice, pero no evito preocuparme.— dice y sigue su camino hacia la cocina.
Poco después, Salomón volvió a la habitación, encontrando a Michelangelo sentado en el suelo cerca del baño sosteniendo a Ezequiel en sus brazos mientras la nariz le sangra.
—Si no lo sueltas te va a hacer desmayar, Mathías.— dijo acercándose a ellos y levantando a Ezequiel y llevándolo hasta su cama. Parecía exhausto.
Salomón le dió el agua y de la comida que trajo. Acarició de su cabello y luego volteó a ver a Michelangelo. Estaba acostado en el suelo, brazos abiertos y boca arriba.
—¿Y tú? ¿Te ayudo?—
—Descuida, fueron casi dos años los que lo tuve en casa reteniendo poder. Uno aprende a vivir así por amor.— dice sonriente, aún moviendo los dedos para liberar la presión.
—¿Funciona?—
—¿Cómo crees que sobreviví?— le dijo y Salomón soltó una carcajada.
—Ya, mira ¿Vas a comer aquí o bajarás al almuerzo dominical?—
—¿Qué? ¿Me viste cara de monaguillo?— le dijo y Ezequiel comenzó a reír a carcajadas.
—¡Basta que te vas a ahogar!... Yo sólo decía, Mathías.—
—Que estoy seguro de que Mathías es él.— dice negando con la cabeza.— Igual ya no hay remedio, pero si me sigues diciendo Mathías te voy a patear Salomón, no me importa que seas Obispo.—
—¿Para cuándo un mano a mano... Mathy'?—
—Éste quiere que yo le parta la cara. ¿No estamos muy viejos para éstos jueguitos?—
—Si tú te sientes viejo allá tú, yo estoy joven todavía.— dice y Ezequiel empieza a reír más fuerte. Michelangelo toma lo primero que encontró (un zapato de Ezequiel que aún no había usado) y se lo arroja a Salomón.
Ezequiel empezó a toser de tanto reírse.
—Si me quedo aquí posiblemente nos quedemos sin Rayito de Sol por una atragantada.— dice y finalmente se levanta del piso.— No hombre, debo regresar a Luriápolis antes de que mi padre se entere de que estoy aquí. Y no es tanto por el reclamo, sino que puede enterarse de la situación y lo último que quiero es que estén fastidiando a Miguel Ángel.—
Salomón asintió en silencio, aún recuperándose del zapatazo en el brazo.
—¿Cuando vienes otra vez?— dice Ezequiel ya entristecido.
—Posiblemente me aparezca por aquí antes del próximo domingo, ¿Vale?—
—Vale papá.— Michelangelo se acercó y le dió un beso en la frente.
—Nos vemos luego. Cuídate y pórtate bien.—
—No prometo nada.— le dijo sonriente y Michelangelo negó con la cabeza.
Michelangelo salió de la habitación con Salomón tras él.
—Eso... Te lo quitas fuera. Recuerda usarlo cuando vengas.— le dijo señalando la máscara.
—Bendito protocolo, pensé que era nada más para el evento.—
—¿Quieres que sepan que es tú hijo o al menos lo sospechen?— le dijo y Michelangelo palideció.
Salomón tenía razón. No le convenía. Tenía muchos enemigos. Y de hecho, hasta ahora entre la farándula y la mayoría de grandes empresarios se sabía que él, como mayor de los Baorrounotti y dueño de todas sus empresas, tenía un único hijo varón, más nadie sabía nada más. Michelangelo salió del Reginato y se encontró con algunos periodistas afuera aún dando la noticia de lo ocurrido. Los guardaespaldas lo rodearon apenas salió y se subió al auto sin que nadie pudiera acercarse siquiera.
Ezequiel se quedó dormido tras comer. Y el leoncito blanco, ahora midiendo unos 30 centímetros de largo, se le lanzó encima a Salomón.
—¡Mira Salomón! ¡He crecido mucho!— le dijo mientras alternaba entre montarse sobre él y correr por la habitación.
Salomón no sabía si alegrarse o decirle que se calmara. Aún tenía el tamaño de un gatito, había aumentado solo unos 15 centímetros, pero no se atrevía a decírselo. Era la primera vez que lo veía emocionado. Pero un gruñido estridente lo hizo frenar en seco.
—¿Ese fue tu estómago Salomón? ¿Aún no has comido nada?— se acercó a él y sus ojos se cristalizaron.— ¿Te has perdido el almuerzo por mi culpa?—
—No Alteza, cálmense. Mi almuerzo está guardado abajo. Es sólo de ir por él. Vamos.— le dijo y lo colocó sobre su hombro.
Salomón con el leoncito al hombro como si fuese un gato, regresó al comedor. Allí aún todos estaban comiendo y riendo. Otros se veían aún consternados, sin ganas de celebrar nada. Salomón dejó al leoncito en la mesa del Regente y a Mary se le iluminaron los ojos.
—¡Ay por amor del Creador! ¡Mírate cómo creciste!— dice acariciándolo, pese a que Ezequiel intentó resistirse, pero Mary fue más rápida.
—¿Eminencias podrían cuidarlo mientras yo voy a almorzar?— dice sonriendo al ver al leoncillo jugar con la mano de Mary.
—Salomón, son casi las dos, ¿Tú...— dice Timoteo sorprendido.
—Tuve que quedarme a cuidarlo. No le ha sentado bien todo lo que absorbió durante el evento. Cuídelo un momento, no me tardaré.—