Es jueves de esa misma semana, en Luriápolis. Michelangelo atendía unas llamadas cuando Karim entra a su oficina en la casa de los Baorrounotti.
—¿Enserio no me vas a contar qué fuiste a hacer al Reginato? Cumplí mi palabra y no le dije a papá, pero vamos Michel', ¿No me vas a contar?—
—Oye Samuel, luego te llamo.— dijo y cortó la llamada, lanzándole una mirada amenazante a Karim.— ¿Qué rayos es lo que quieres saber? ¿De cuándo acá te tengo que andar dando explicaciones?—
—Vale, no me cuentes. Estoy seguro de que papá aún no ha podido rastrear tus movimientos de ese día y le encantará saber a dónde fuiste.— le dijo, pero Michelangelo no cedió.— Venga, enserio quiero saber cómo está Miguel Ángel. El Rayito de Sol de ésta casa hace falta.—
—A mí me extraña porque entre tú y Laureem lo hicieron que se fuera por el problema de que si las acciones o la herencia.—
—¡Yo no tuve nada qué ver, ya te lo dije! Venga, enserio me preocupa que le haya pasado algo.—
—¿Y eso? Si el primero en negar que fuera mi hijo fuiste tú.—
—¿Pasa algo?— preguntó Fidel Baorrounotti, el padre de ambos entrando a la oficina.
—Existe algo llamado tocar la puerta, papá.—
—No respondiste mi pregunta. ¿Qué es lo que pasa?— dijo y luego miró a Karim.— ¿No me van a decir?—
—No es nada. Y ahora sí me disculpan...— en eso sonó el teléfono de Michelangelo con un “Número Encriptado” llamando.
Karim y Fidel se vieron las caras y lo miraron fijamente a él. Pero antes de que Michelangelo contestara, Fidel tomó el teléfono y contestó.
—¿Hola?— dijeron del otro lado y Fidel reconoció esa voz de inmediato. Se paralizó de asombro. Michelangelo le arrancó el teléfono de las manos.
Empezó a conversar con Miguel Ángel como si Karim y Fidel no existieran. Acordó que al día siguiente estaría allá. Luego cortó la llamada con una sonrisa, para encontrarse con Karim y con Fidel viéndolo de brazos cruzados.
—El chico también es familia nuestra, ¿Sabes? Merecemos saber de él de vez en cuando.— dice Fidel viéndolo con rabia.
—Está bien, sano y salvo. Inquieto como de costumbre y más tarde salgo a visitarlo. Nada más tienen que saber ustedes dos. Y no los dejaré saber nada más que eso. Ahora por favor...—
—¿Está en el Reginato verdad? A él fue a quién presentaron el domingo Y tú estabas ahí. ¿No es así?— preguntó Fidel, su voz peligrosamente afilada.
—Oigan, ¿Y si nos sentamos a hablar de ésto con una copita? Están tensos los dos.— dice Karim tratando de mediar la situación.
—¿Cómo pudiste permitirlo? ¡¿Cómo es posible que no te interese la seguridad de tú propio hijo?!— exclamó Fidel y Michelangelo soltó una carcajada. Fidel y Karim se congelaron.
—Mira qué dura tienes la cara. ¿No te avergüenza usar esas palabras en mí contra sabiendo lo que tú hiciste?—
—¡Lo hice para protegerte!—
—¡Lo hiciste por tú propia ambición! ¡Lo hiciste porque no querías peder lo único que te hacía diferente del resto! Lo hiciste únicamente por la codicia de lo que corre por mis venas. Y terminaste destruyéndolo. ¿Dices que lo hiciste para protegerme? Estuviste a punto de matarme y ni te importó. Sigue sin importarte. Me quedé a tú lado. Es lo único que te interesa. No te importa más nada. Y me condenaste por eso. ¡Felicidades! ¡No soy igual a tí! ¡Es lo que quiere, es lo que necesita y yo no soy como tú! Yo, a él, lo quiero con toda mi vida si es que vale de algo. Y a diferencia tuya, no voy a arruinarle la vida por pura codicia.—
Se levantó de su silla y caminó hasta la puerta.
—Tú abuelo huyó de ese lugar con 21 años por terror. Tú madre te protegió de ese lugar hasta que la vida no le dió para más. Pero tú... Tú no ves de lo que queríamos salvarte. Y dejaste a Miguel Ángel caer allí.—
—Hay una diferencia. Una muy grande que tú no has contemplado. Mi abuelo y mi madre no tenían ni la mitad de poder que ese niño tiene. Los Regentes que buscaron a mi abuelo y mi madre, incluso éste que murió hace poco, todos querían beneficiarse de nuestro poder. Eso es exactamente lo que querías tú, ¿En qué te diferencias de ellos? En cambio éste Regente cuida a tú nieto mejor de lo que yo mismo podría. ¿Me crees tan estúpido para dejar a la persona más importante de mi vida en un lugar así? No soy como tú, capaz de dañar a los que supuestamente amas por tus propios intereses. Y te recuerdo: a mí madre la mataron tus enemigos, no los que de por sí tenemos todos los que venimos de esa familia.—
Fidel apretó los dientes. Michelangelo salió de la oficina y luego volvió.
—Oye Karim, tienes tres segundos para seguirme si quieres una respuesta.— dijo y se fue caminando a su habitación. Karim corrió tras él y logró entrar antes de que Michelangelo cerrara la puerta.
—Entonces, ¿Miguel Ángel es el Príncipe Ezequiel?—
—Ajá.— contestó mientras sacaba una maleta de su armario y buscaba ropa.
—¿Y para allá vas ahora?—
—Correcto.— guardó la ropa en la maleta.
—Entonces, ¿El tipo de la máscara plateada en la ceremonia eras tú?— Michelangelo se detuvo en seco.
Karim sacó su celular y le mostró publicaciones en redes y foros donde se especulaba de todo un poco.
—Todos saben que, conforme al protocolo del Reginato, ese es el padre del Príncipe, pero nadie sospecha de tí. Por otro lado, en redes se dicen mil cosas. Te sugiero revises y te andes con cuidado. Hay gente hablando de una organización atea que amenazó con acabar con el Regente y el Príncipe.—
—Eso ya lo sé, por eso la ceremonia estaba asegurada. Lo que estoy viendo es que no fui el único que vió las marcas de sangre en la alfombra durante la ceremonia.—
—¿Porque pasa eso?— Michelangelo suspiró.
—Karim, no tengo que pedirte que guardes el asunto en secreto ¿Verdad?—
—A ninguno de ésta familia le conviene que se sepa éste asunto hermano.— le dijo y Michelangelo le frotó la cabeza con brusquedad.
—¡Pero miren qué inteligente es mi hermanito! ¡Uy, algo por fin tenía que sacar de mí!—