Era Víspera de Navidad, dos años antes. Fidel, Gina y sus hijos iban en auto hasta un hotel dónde celebrarían la Navidad, en el centro de la Ciudad del Reginato, cómo era ya tradición. Karim iba al volante. Fidel iba discutiendo por teléfono con Michelangelo, con Gina y Federico insistiendo en que lo dejaran tranquilo. Fidel estaba histérico, tanto que no notó en qué momento las ruedas del auto chirriaron, cuando Laureem y Federico saltaron y se llevaron a su madre, ni cuando el auto se precipitó por la pendiente con Karim y él dentro. Fidel logró cortar el cinturón de seguridad de Karim y éste salió disparado del auto por la ventana. El auto siguió rodando y deslizándose hasta el final de la pendiente. Fidel seguía dentro, herido.
El hospital más cercano recibió la alerta de emergencia por las cámaras de seguridad y mandaron a los paramédicos y bomberos de guardia. Esa noche no había mucho personal, de hecho algunos enfermeros tuvieron que salir del hospital a atender el accidente. Los Baorrounotti no fueron la única familia accidentada ese día. Esa noche sacaron hasta a los practicantes, o los “Pichones de Paramédicos” como decían sus uniformes. Llegaron rápido al lugar y empezaron a atender a los heridos. De los Baorrounotti, sólo Karim estaba consiente.
Había uno de los Pichones que no traía uniforme, sólo un traje de enfermería y un chaleco azul marino con el logo de los paramédicos. Todos los demás corrieron con los heridos que estaban en la carretera, pero él fue quién notó a Karim tirado en el barranco. Corrió hasta él y al revisar sus signos vitales hizo sonar un silbato. Pero nadie lo escuchó. Decidió levantar a Karim y llevarlo casi a rastras hacia la carretera. Allí fue que unos enfermeros se le tiraron encima para atenderlo. El Pichón no se enojó, algo le decía que nadie había revisado el auto abajo. Era parte del protocolo hacerlo. Así que bajó y encontró a Fidel, consciente y llorando, incapaz de salir del auto que empezaba a incendiarse. El Pichón sabía que no debía, pero corrió hasta él y lo sacó del auto. Hizo sonar su silbato, pero de nuevo nadie bajó a ayudarlo. De la nada el auto explotó, empujando al Pichón y a Fidel al suelo con fuerza.
—Hijito, sálvate, déjame aquí. Yo no merezco la vida, ni que nadie se arriesgue por mí.— le dijo Fidel cuando el muchacho, con la cabeza herida pero una sonrisa inquebrantable se acercó para ayudarlo.
—Pierda cuidado, abuelito. No se preocupe, me encargaré de que se reuna con su familia. No tenga miedo, todo va a estar bien.— le dijo sonriente. Fidel no podía enfocar la vista en el muchacho.
El chico se subió a Fidel a cuestas y empezó a subir la pendiente a paso rápido, quedándose sin aliento a la mitad. Pero no se detuvo. Una segunda explosión se produjo y lo hizo tambalearse a pocos pasos del final de la pendiente. El Pichón cayó al suelo, pero siguió avanzando hasta que logró dejar a Fidel en la carretera. Finalmente podía verle la cara. Y, cuando por fin vió el rostro de su salvador, se congeló de pura confusión.
—¿Mi... Mi... Michel'?— el chico lo miró fijamente a los ojos con una sonrisa comprensiva. Era increíble el parecido que tenía con Michelangelo.
—No abuelito, es Miguel.— dijo mostrándole el nombre escrito en el chaleco. Decía: “A. Miguel Ángel”.
Los otros paramédicos llegaron y empezaron a revisar a Fidel. Un capitán llegó y levantó al Pichón del suelo.
—Mira que eres testarudo. ¿Cómo te vas a meter allá abajo sin verificar primero? ¡Mírate! ¡Pudiste haberte matado!— le dijo, limpiando la herida que le sangraba en la cabeza.
Con la cara limpia, Fidel podía verlo bien. Era exactamente igual a Michelangelo, sólo que mucho más joven.
—El abuelito tiene fracturadas la tibia y peroné derechas y posiblemente el radio derecho a nivel distal.— les dijo y los paramédicos voltearon a mirarlo.
—Y tú te volviste a dislocar la muñeca por lo que veo, Adeleine.— le dijo una mujer, posiblemente su profesora.— A ver Pichón, te he dicho muchas veces que no le digas Abuelito a los señores. No te vas a salvar del regaño.—
Fidel extendió la mano y tomó la de la mujer que hablaba.
—No señor, si tengo que regañarlo porque ese niño tiene sólo 15 años y se anda por ahí como que le estorbara la vida.—
Poco después, montaron a Fidel en una ambulancia. Alternaba entre estar desmayado y consciente.
—Ya va, móntenle al angelito de los Pichones al anciano para que por lo menos se vaya acompañado.— dijo el Capitán y los demás se vieron las caras.
Antes de arrancar, el Pichón se montó en la misma ambulancia con Fidel, apretando sus manos y sonriéndole de vez en cuando. Se notaba que estaba preocupado. Sus ojos eran de un azul bellísimo y tenía el cabello rubio. Ahora entendía porqué le decían el “angelito”. Lo parecía realmente. Llegaron al hospital y Fidel cayó inconsciente, por mucho que intentó mantenerse despierto para no perder el rastro de ese niño idéntico a su hijo.
Cuando Fidel despertó en la madrugada, Michelangelo estaba cerca de él, dormido en una silla que probablemente le daría dolor de espalda y cuello después. Fidel se incorporó en la cama y trató de alcanzar su historia médica puesta en una carpeta en la mesita al lado de la camilla. Una mano fue más rápida y la tomó. Era una enfermera bastante joven.
—Usted no puede ver eso, señor Baorrounotti. Si quiere le llamo al médico que le venga a explicar, pero el informe no lo puede leer aún.—
Fidel refunfuñó un momento.
—¿Cuál es el problema papá? Te están diciendo que no y es no. Aquí no tienes poder de ningún tipo, así que compórtate y deja de andar amargado.— le dijo Michelangelo, aún con los ojos cerrados. La enfermera rió unos segundos y salió de la habitación, llevándose la carpeta.
Fidel lo miró un momento. Le sorprendía que estuviera ahí después de la discusión que tuvieron. Pero más le sorprendía aún era que el niño que lo atendió realmente era idéntico a él.