—Yo tampoco lo sabía. Me enteré cuando Karim y mi papá te vieron llegar en el aeropuerto hace unos meses... Yo... Ni siquiera sabía que existías.—
—Eso lo sé.—
—¿Viniste a buscarme?— él asintió.— Nos cruzamos hace unos meses en un boulevard. Tenías rato siguiéndome. ¿Porqué no dijiste nada entonces?—
—Tenía miedo. No sabía qué decir. Sigo sin saberlo. Yo... ¿Cómo iba a acercarme?... Ustedes son la familia más grande de todo el continente, es casi imposible acercárseles y menos por un asunto así.— dijo y sus ojos se cristalizaron.—
—Te escondiste muy bien. Tengo meses buscándote.—
—No es usted el único.—
—Miguel Ángel... ¿A qué le tienes tanto miedo? ¿A ellos?— negó con la cabeza.— ¿A mí?—
—A la verdad. A lo que corre por nuestras venas. Al saber que, siendo hijo de usted también soy...—
—Lo que juraste proteger. Un Portador.—
Miguel Ángel asintió. Michelangelo lo rodeó con un brazo.
—Solo tú y yo lo sabemos. Los demás sólo tienen sospechas. Si así lo deseas, nadie se enterará nunca, ni siquiera mi familia. Sólo... No vuelvas a esconderte de mí.— Miguel Ángel volvió a mirarlo a los ojos.— Eres mi hijo. El único que tengo y que tendré en ésta vida. ¿Qué va a ser de mí si te pasa algo?—
Miguel Ángel se acercó y se acurrucó en su pecho.
—Soy peligroso para usted.— murmuró y Michelangelo sonrió.
—No más que yo, de eso estoy seguro. Quédate conmigo, Miguel Ángel. Yo te puedo proteger. Y... No quiero que te vayas. Quiero conocerte. Y si te quedas por ahí sólo, sin protección de ningún tipo, posiblemente te encuentren los Cazadores. No te pido que me aceptes como tú padre. Solo dame la oportunidad de conocerte.— dijo y tomó sus manos entre las suyas.
En eso, una voz al fondo llamó a Miguel Ángel en voz baja.
—Necesitamos sentarnos a hablar de ésto. Y rápido antes de que el asistente del abuelito se dé cuenta de que no aparece mi expediente. Yo... Salgo de guardia a las 7.—
—Te voy a esperar.—
Miguel Ángel sonrió y se alejó a paso rápido por el pasillo. Michelangelo volvió a la habitación, dónde Fidel regañaba a sus detectives por no poder encontrar lo que les pidió. Entre los paramédicos de guardia no había ningún Miguel Ángel Adeleine.
—¿Si te acuerdas que el muchacho es un Pichón verdad? Obviamente no lo vas a encontrar en el reporte de guardia.— le dijo burlón.
—¿Y tú qué? No te veo buscando al muchacho.—
—No me voy a poner a acosar a un pobre muchacho porqué crees que se parece a mí papá.—
—No se parece. El niño es más guapo que tú.— le dijo y la mueca de disgusto de Michelangelo lo hizo reír.— Michel' ¿Dónde están tus hermanos y Gina?—
—Karim está arriba hospitalizado. Laureem y Federico están en casa ya, de reposo. Y Gina, para mí desdicha, está ilesa y anda por toda la casa peleando que se arruinó su fiesta de Navidad.—
—¿Ella dice que es tú culpa cierto?— Michelangelo esbozó una sonrisa burlona.
—Como si yo hubiese cortado los frenos...— Fidel abrió los ojos como platos.— Ya están investigando ese asunto, descuida.—
Unas horas más tarde, finalmente la guardia de Navidad termina. Pero antes de irse, los paramédicos y los Pichones fueron llamados a reunión. Miguel Ángel era el único que se había quedado en el hospital después de clases y del accidente. El Capitán lo acusó delante de todos de abandonar a sus compañeros, provocando que una niña quedara gravemente herida tras la caída. Lo culpaban de lo sucedido por no estar allí para ayudar a sostener a la niña. Miguel Ángel permaneció en silencio. Nadie le dió oportunidad de explicarse. Y, sin haber podido defenderse, acusado falsamente y ya dado de baja, entregó el chaleco azul marino de los Pichones al Capitán. En sus manos le entregaron su distintivo nada más. Él permaneció en silencio, con la rabia subiéndole por la garganta, pero sin decir palabra alguna. De todos modos, ya estaba acostumbrado a que se le juzgara sin pruebas.
—¿No piensas disculparte siquiera?—
—¿Ah, resulta que ahora sí puedo hablar?—
—A veces eres insoportable Adeleine. No sé qué traes en la cabeza.—
—Dos personas siguen con vida gracias a lo que ustedes llaman “La cobardía de no ver el accidente”. Gracias a eso hay al menos una familia que no se vestirá de luto en plena Navidad. No voy a arrepentirme ni disculparme por eso. Me voy con la cabeza arriba, Capitán. No voy a aceptar la culpa de algo que no hice.— dijo y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.
Avanzó por el pasillo y fue a recoger sus cosas para irse. Las enfermeras lo rodearon.
—No te preocupes angelito. Te quedas con nosotras y de aquí a los 18 ya eres enfermero. ¿No te gusta la idea?— le dijo una de ellas abrazándolo. Él asintió con una sonrisa.
—Lo estoy considerando a decir verdad.— le dijo sonriente.
—Vete a descansar. Ya te toca guardia mañana ¿No?— pregunta otra y él asiente.
Salió del cuarto descanso de enfermería y avanzó por el pasillo con paso firme, a pesar de que la rabia amenazaba con salir por sus ojos. Michelangelo estaba en la recepción del hospital, recogiendo unos papeles. Cuando lo vió venir, le pidió a un asistente que le llevara los papeles a Fidel y lo siguió. Salieron del hospital hacia el departamento donde Miguel Ángel vivía. Era bastante pequeño, pero él lo tenía todo muy limpio y ordenado. Tenía apenas una camita en el suelo, una mesa, una nevera de oficina y una cocina a gas de dos hornillas. Nada de eso era suyo, de hecho, se lo habían alquilado junto al departamento. Michelangelo intentó no sentirse mal al respecto. Se sentó en la camita y desde allí veía a Miguel Ángel preparar té caliente.
—¿Cuánto tiempo tienes aquí?— le preguntó finalmente.
—Unos 5 meses creo. Llegué de mi país directamente aquí.—
—¿Saliste de allá cuando quemaron el estandarte de los Adeleine?—
—Gracias a qué huí quemaron el estandarte.— Michelangelo levantó la mirada y Miguel Ángel desvió la suya.— No puedo regresar aunque quiera.—