Mientras tanto, ese viernes, en el Reginato, Timoteo y Michelangelo estaban en la oficina conversando con respecto al jovencito que pretendía viajar a África a buscar, al que se sospechaba, era Thor. Ezequiel estaba en otra sala, esperando que el Arzobispo Luis atendiera su llamado. Gracias a las pequeñas charlas con Michelangelo, había decidido sentarse a conversar con él. De hecho, necesitaba hablar con él. Luis llega a paso apresurado a la sala y Salomón se aparta de dónde estaba Ezequiel.
—¿Alteza quería verme? ¿En qué puedo ayudarle?—
—Tome asiento, necesito conversar con usted. Necesito un favor suyo, pero antes de pedirle eso tengo que explicarle unas cosas.— Luis obedeció sentándose frente a él, con la mirada analizando los ojos de Ezequiel.
—Puede decirme, Alteza.—
—Salomón, aún te estoy viendo. Ya hablamos de ésto. Por favor.—
—Estaré afuera.— refunfuñó y salió de la habitación.
—¿Sucede algo, Alteza?—
—Si, Arzobispo. Quiero infiltrarme entre los estudiantes de Exorcismo para encontrar el otro altar. El último ya el Príncipe Cosmerius Luciel y yo acordamos acabar con él en su próxima visita. Pero sigue estando el problema de ese altar. Y hay que derribarlo antes de que se despierten las diosas griegas que faltan, dado que esas tengo que buscarlas personalmente.—
—¿Una está en la Amazonía y la otra entre Rusia, Eslovenia y Suiza?—
—Debería estar en el límite entre Rusia y la Antártida. Pero ese asunto se tratará después. No quiero que sus hombres se movilicen aún para allá. Si las mueven dormidas, posiblemente pierdan sus vidas y nadie quiere eso, mucho menos yo. Prefiero resolver el asunto personalmente que permitir que algo así ocurra.— Luis lo miró sorprendido.— Pero, el asunto de los altares es nuestra prioridad ahora. Y para eso necesito su ayuda. Cuando entre a la Escuela de los Exorcistas, todos se darán cuenta de que soy un infiltrado, a menos de que usted les demuestre que no.—
—¿Qué... Qué... Qué me está pidiendo, Alteza?— le dijo, los ojos llenos de confusión. Ezequiel puso su mano sobre la de él.
—En éste Reginato aún no conozco a alguien tan comprometido con su deber cómo usted. Sé de lo que es capaz por cumplir órdenes y por conseguir proteger a los suyos. Orientado de la manera correcta, sin las mentiras del Regente anterior, usted es la persona más fiel que conozco, después de Salomón. Pero Salomón no sería capaz de lo que le estoy pidiendo a usted.— Luis palideció.— Dicho a grandes rasgos ésto, es momento de que entienda del todo mis palabras.—
Diciendo ésto, tomó ambas manos de Luis y las colocó en equis cubriendo sus labios.
—Nadie debe de saberlo aparte de usted, el Regente y yo. A los demás se les hará creer que salí del Reginato con mi padre.—
Acto seguido, se quitó la máscara frente a Luis. Éste palideció y sus ojos se desorbitaron.
—El que entrará a la Escuela de Exorcistas es Miguel Ángel Adeleine. No Ezequiel. Y necesito que crean que no hay nadie detrás, que estoy ahí por simple misericordia del Regente. Y usted se encargará de eso.—
Lágrimas empezaron caer de los ojos de Luis y empezó a negar repetida y desesperadamente. Ezequiel acarició sus brazos y sonrió. Y eso destrozó aún más a Luis. Cayó al suelo, sus sollozos apenas cubiertos por sus manos en su boca. Ezequiel se acercó a él y se agachó a su lado.
—No puedo... Yo... Ni siquiera merezco vivir.— decía y repetía negando con la cabeza.
—Solo seguías órdenes. Sólo cumplías con lo que se te asignó.—
—Fui demasiado cruel. Yo... Sabía que sólo eras un niño y no te tuve ni la más mínima misericordia... Hasta hace poco seguía persiguiéndote.... Yo... no merezco seguir con vida. No merezco ni siquiera que Su Alteza me perdone. No soy siquiera capaz de implorar su perdón.—
Ezequiel sonrió y tomó sus manos.
—Alteza...—
—No tienes que pedirme perdón. El que necesitó pasar por aquello era yo. Además, fue mi arrogancia la que impidió que se me tratara mejor. No tiene que pedirme perdón. Ya yo lo perdoné el día que entendí el porqué de sus acciones. Usted y yo somos perfectamente iguales. Hemos hecho cosas malas creyendo que hacíamos lo correcto, nuestros ojos ciegos a un punto muy alto.—
—Yo pude haberlo matado.—
—No mienta Arzobispo. Sabe perfectamente que eso no iba a pasar. No en la cárcel del Reginato. No con el cuidado que Nathanael me dió. Ya cálmese.— dijo y empezó a secar sus lágrimas con un pañuelo. Eso hizo que Luis empezara a llorar con fuerza otra vez.
—¿Cómo? ¿Cómo puedes estar de pie después de aquello?—
—Soy un Príncipe. Soy el Guardián de éste mundo. Ese es mi trabajo. Y el suyo es ayudarme.—
—¡No! Eso ni pensarlo Alteza. ¡Ya usted ha sufrido mucho a mis manos! Yo... ni siquiera merezco el perdón.— dijo, precisamente mirándolo y luego sus propias manos. No era capaz de verlo a los ojos.
—Puedo hacerlo enojar y que lo reconsidere.— dijo levantando los hombros.— Arzobispo. Es gracias a éstas manos que hoy estoy aquí. Ni con Jonás, ni con Timoteo, ni con ningún otro Regente me habría atrevido a llegar al Reginato. Y si no hubiese sido en esa situación, tal cuál se dió, jamás habría confiado en el Regente. Usted sólo fue una herramienta para que ese Destino se cumpliera, un instrumento útil en manos del Creador. Despreocúpese. Incluso el Apóstol Peter le falló al Gran Maestro y alcanzó el perdón. ¿Y qué decir de Judas Iscariote? Si él consiguió el perdón, siendo su pecado tan grande, ¿Qué lo hace indigno a usted de recibirlo?—
Finalmente Luis levantó la mirada. Sus lágrimas corrían por su cara y Ezequiel las limpió con un pañuelo. Aún no se atrevía a verlo a los ojos.
—Arzobispo... Usted es el único en quién confío para ésto. Si no es con su ayuda, será imposible que se me considere inofensivo, hasta controlable entre los Exorcistas. Esa es la idea y sólo usted puede ayudarme a ésto.—
—Alteza, yo... No podría.—