Ezequiel apenas pudo pronunciar esa palabra cuando los destellos se intensificaron y una luz dorada estalló en la habitación, lanzando a Salomón por los aires hasta dejarlo con brusquedad en un sofá. Michelangelo y el Regente lograron agacharse y mantenerse en el sitio. La luz que envolvió todo dejó un zumbido en sus oídos, mientras que Ezequiel, aterrado, caía al suelo de rodillas, lágrimas de desesperación cayendo por su cara. Amós intentó entrar, pero la energía que salía de él era demasiado fuerte.
—¡Alteza! ¡Tiene que calmarse o va a provocar un Estallido!— le gritó Amós. Pero Ezequiel no lograba escucharlo.
Entre Amós y Daniel sacaron al Regente y a Salomón de la habitación. Michelangelo intentaba llegar hasta él a rastras.
—(Papá, aléjate por favor. No quiero lastimarte.)—
—No entiendo qué dices hijo mío, pero si me estás diciendo que me vaya no voy a hacerte caso.— dijo y siguió arrastrándose hasta él, con las energía que salía de él empujándolo con fuerza hacia atrás.
Salomón llegó a su lado y trató de sacarlo de la habitación.
—¡Tenemos que salir! ¡Tiene que explotar sí o sí o de lo contrario se va a desgarrar!— le grita aterrado.
—¡Mathías, tienes que salir de ahí!— le grita el Regente.
La energía subía, y cintas doradas empezaron a verse serpenteando en la habitación. Había una esfera de hilos dorados alrededor de un Ezequiel aterrado al ver salir más y más hilos de sus manos. Cada segundo habían más hilos volando a su alrededor y por toda la habitación. Ezequiel estaba aterrado, pero nunca más que Michelangelo.
—Michel'... Tenemos que salir. No va a pasarle nada, te lo juro.— dice Salomón y trata de levantarlo del suelo.
—No Salomón. No puedo dejarlo así y solo. No es la primera vez que pasa. Puedo manejarlo.—
—¡Su energía es más de la que tú cuerpo humano puede soportar! ¡Está 10 veces más alta de lo que debería!—
—¡Sal tú Salomón!— dijo y una ráfaga de aire lo lanzó hasta la puerta, ante la mirada perpleja de los que veían desde allí. Esa ráfaga salió de Michelangelo, no de Ezequiel.
Michelangelo avanzó lentamente y con dificultad, hasta que finalmente llegó a tocar las rodillas de Ezequiel. Se aferró a él y acarició sus rodillas.
—Aquí estoy. No voy a dejarte solo. Respira. Tú tranquilo. Aquí está papá. Yo te cuido. Cálmate.— le dijo.
Ezequiel voltea a mirarlo, sus ojos azules encendidos como si de lámparas se tratara. Michelangelo logra sentarse a su lado, atravesando la esfera dorada que lo protegía, haciendo un esfuerzo monumental y rehúsandose a que la energía lo empujara. Timoteo logra entrar a la habitación e inmediatamente quedó envuelto también por los hilos dorados. Michelangelo apretó los hombros de Ezequiel.
—Aquí estoy. No tengas miedo.—
Ezequiel asintió y empezó a respirar más lento y profundo. Los hilos empezaron a serpentear más lento.
—(Yo... No puedo manejarlo.)— dijo Ezequiel, aún llorando de desesperación.
—(Si puedes. Tranquilo. Todo va a estar bien.)— dijo Timoteo, acercándose agachado para no ser empujado.
En eso, se produjo una explosión que sacudió el Reginato y levantó una ola de polvo dorado y cintas que salieron de la habitación, volaron por todo el Reginato y por una gran parte de la ciudad. Nunca se había visto algo así. El polvo llegó hasta una gran parte de la Ciudad del Reginato y los habitantes veían la escena impactados. Y en el Reginato, sólo las criaturas en la carcel se salvaron de quedar bañados en polvo dorado que la piel humana parecía absorber.
Cuando la explosión pasó, el Regente estaba en medio de la habitación, cubierto de polvo dorado al punto que sólo se veían sus ojos y hasta en la boca le había entrado. Salomón en la puerta había pasado de ser moreno a ser dorado. Y Amós parecía arbolito navideño. Luis, Daniel y Mary estaban en parecidas, con la diferencia de que Daniel alcanzó a cubrirse los ojos con las manos y ahora parecía tener un antifaz dibujado. El Regente apenas podía ponerse de pie. Y cuando finalmente logró limpiar sus lentes, entró en pánico. Ezequiel estaba flotando en el aire sobre su cabeza, aún envuelto en una esfera dorada. Michelangelo había desaparecido.
Timoteo llamó a gritos a Ezequiel y se desesperaba por encontrar a Michelangelo. Todos empezaron a buscarlo. En eso, Ezequiel empezó a descender lentamente y quedó acostado en el piso. Todos los rodearon con preocupación.
Cuando, después de un rato de llamarlo, finalmente Ezequiel despertó, la iris de sus ojos seguía brillante y encendida, pero estaba desorbitado. Se alejó de ellos a rastras y se escondió en un rincón, mientras abrazaba sus piernas con pánico. Quisieron seguirlo, le preguntaban qué ocurría, pero Ezequiel no contestaba nada.
—Pareciera que no entiende qué le decimos.— dice Amós analizando la situación.— De hecho, por la forma en la que mueve los ojos, pareciera que no puede vernos tampoco. Tal vez, ante sus ojos somos solo sombras o estelas de colores y eso es lo que lo aterra.—
Todos guardaron silencio y finalmente Ezequiel empezó a calmarse.
—Es verdad. Él no puede vernos.— Dice Salomón y la reacción de Ezequiel se lo confirmó. Al escuchar el murmullo, empezó a buscar con los ojos de dónde provenía. Pero no podía ver nada.
Miraba a su alrededor, su gesto preocupado y sus ojos revelando cuan asustado estaba. Timoteo se sentó frente a él y empezó a golpear el suelo con los puños.
“No voy a lastimarte. Soy yo, Timoteo.”
Ezequiel empezó a escuchar con atención el sonido. Contó con las manos y, al darse cuenta del mensaje, empezó a buscar con desesperación las manos de Timoteo en el sitio de donde venía el sonido. Pero, para sorpresa de los presentes, al encontrar sus manos, deslizó los dedos por el borde de su túnica. Allí estaba un bordado que sólo Ezequiel y Timoteo conocían. Las iniciales “T.U, Timoteo Uriel” escritas en punto de cruz. Ezequiel tocó el bordado repetidas veces con los dedos y finalmente siguió buscando con las manos y encontró el medallón del Regente y sus lentes colgando de su cuello. Se lanzó a abrazarlo sin pensarlo dos veces y en sus brazos se escondió mientras lloraba de alivio. Timoteo lo abrazó con fuerza, acariciando su cabeza, intentando calmarlo. Alcanzó a decir algo, pero nadie supo qué. Salomón se agachó al lado ambos y también golpeó el suelo con los puños. Ezequiel extendió la mano hacia él y Salomón escribió su nombre en la palma de su mano.