Ezequiel aparece en el Plano Celestial, a las puertas de un templo enorme. Las puertas doradas se abrieron delante de él. Pero él se mantenía con la mirada fija en el suelo. Uno de los querubines a la puerta le indicó que entrara. Sus figuras eran altas, aladas, sus pieles limpias y pálidas y sus miradas frías. El querubín que hablaba se acercó a Ezequiel, inexpresivo.
—Tienes que entrar. El Creador aguarda por tí.— le dijo y Ezequiel asintió mordiéndose los labios.
—Deja, hay que ayudarlo.— dijo el otro y se acercó para levantar a Ezequiel del suelo. Pero él se rehusó.
—Descuiden. Yo... Puedo hacerlo.— dijo, su voz demostrando cuán tenso estaba.
Subió las escaleras con los querubines tras él mirándolo fijamente y sin expresión.
Ezequiel caminó por la escalera hasta que, sin detenerse a pensarlo, entró a paso lento al templo. Las puertas se cerraron tras él. El templo enorme era de suma belleza. Imponencia, lujo y elegancia se juntaban en uno. Los pisos y columnas eran de mármol blanco, con detalles dorados y la alfombra hasta el Trono roja de bordes de oro. Curiosamente, en diseño, se parecía mucho al Reginato, solo que mil veces más grande. Ezequiel avanzó por la alfombra con la cabeza abajo. Sabía que el mismísimo Creador estaba allí en el Trono, observándolo. Pero no se atrevía a mirarlo.
—Miguel Ángel, ven. Vamos a conversar un momento.— le dijo una voz que resonó en todo el Templo, tan fuerte como un trueno, pero con la dulzura de quién le habla a un niño.
Diciendo ésto, dos dedos enormes tomaron a Miguel Ángel del cinturón del uniforme y lo levantaron por los aires, hasta colocarlo en la palma de la otra mano. Allí Miguel Ángel quedó de rodillas, pálido, incapaz de levantar la mirada. El Creador caminó con él en su mano. De vez en cuando lo tocaba con un dedo para verificar que estuviera bien. En eso, lo dejó caer. Miguel Ángel cerró los ojos con fuerza, y, al abrirlos, estaba en la casa de su abuelo, en su país natal. Una mujer se sentó frente a él en el sofá dónde su abuelo solía sentarse. Tenía la piel morena, sus ojos oscuros y relajados y su cabello negro estaba tejido en trenzas. Miguel Ángel la miró y ladeó la cabeza, pero luego desvió la mirada. Le fue imposible no notarlo. Era Él.
—¿Aún temes verme a los ojos, querido hijo?—
—¿Soy digno de ello?— ella sonrió.
—¿Qué te hace creer que no?— Miguel Ángel levantó la mano y frotó su codo. Típico gesto de cuando algo lo avergonzaba.— Eres impredecible, ¿Sabías? No para mí porque yo te conozco muy bien, y por eso te tengo un cariño especial.—
—No existe alguien a quien su Santidad no le tenga un cariño especial.—
—Y si sabes eso, ¿Porqué le temes a mi presencia?— Miguel Ángel enrojeció y su voz se quedó escondida en su garganta.— No te llamé para regañarte. No me habría metido en piel de mujer si fuera a hacerlo.—
Con eso, finalmente volteó a mirarle los pies.
—¿Porqué la apariencia, Su Santidad?— ella lo miró a los ojos.
—Ya tienes demasiados hombres mayores que tú que son autoridad para tí. No necesitas más autoridades. Sino amigos. Vendrán, eso es seguro. Pero yo necesito conversar contigo.—
—Yo...— luego sonrió.
Ella, por señas le pidió que se sentara cerca de sí y él obedeció. Pero se sentó en el suelo al lado del sillón. Ella negó con la cabeza.
—De todos los de tú Línea, eres el único que se ha atrevido a considerarse indigno de mi amor. Lo cual yo no logro del todo entender, ¿No fuiste tú el mismo que convenció a Luis de que también es digno de alcanzar perdón? No tienes idea de cómo has aumentado su fé y eso te lo cuento como favor para mí. Miguel Ángel, yo sí te conozco. Yo sí te entiendo. No necesitas siquiera hablar para que yo entienda lo que ocurre. Se te crió hablándote del temor hacia mí, no del amor que tengo por tí. Se te crió diciéndote que debías ser perfecto para alcanzar mi amor y mi misericordia. ¿Porqué aún crees eso? Tú mismo lo sabes. Yo te amo hijo mío. No hay nada lo suficientemente malo que puedas hacer como para que yo te ame menos, ni nada lo suficientemente bueno como para que te ame más de lo que ya lo hago.— secó las lágrimas que caían de sus ojos.— En tú mundo, querido mío, todo está tejido de manera que todo tiene un propósito. Nada en tú mundo es casualidad o accidente. Todo está planeado ya conforme a las desiciones que puedas tomar. ¿Qué te preocupa lo de la Balanza? Yo ya sabía que ibas a derribar esas piedras ¿Qué te preocupa equivocarte? ¿Qué importa si lo haces? Igual, no voy a culparte por eso porque te conozco. Antes de que lo hagas, yo sabía que lo ibas a hacer. Mientras te arrepientas y trates con todo tú esfuerzo de arreglar tus errores ¿Cómo no voy a perdonarte? Yo confío en ustedes 4, Miguel Ángel. Lo que ustedes decidan o hagan, por muy bueno o malo que sea, estará bien aunque te cueste creerlo.—
—Pero eso condenaría nuestro mundo.— dijo levantando la mirada hacia ella por la simple idea.
—Lo sé, hijo mío. Necesitas entender algo, Miguel Ángel. En tú mundo lo que debe ser será, no importa lo mucho que te rehuses y lo que no debe ser, no será por mucho que lo fuerces a que sea. Sabiendo ésto, ¿Es necesario vivir preocupado por lo que no puedes manejar?—
—Se supone que debo manejarlo.—
—¿Puedes hacerlo?— suspiró.
—No. Se escapa de mis manos.—
—Entonces no deberías afanarte por ello. Si supiera qué lo vas a hacer mal, ¿Te habría dejado llegar al Reginato? Por supuesto que no. Sé que harás y que no. Sé lo que va a pasar y lo que no. Puedes estar tranquilo con eso, no es algo que manejes tú. ¿O acaso se puede manejar un automóvil sin tener el volante en las manos, o al menos, un control remoto?—
—No, Su Santidad.— al oír ésto, ella le apretó la nariz con dos dedos.
—Que soy tú papá hijo. ¿A qué viene tanto formalismo?—
—Por respeto.— le dijo como si fuese lo más obvio del universo.
—De veras que eres clase aparte. Ven acá, te voy a mostrar algo.—
Se levantó de la silla y Miguel Ángel fue tras ella. Ambos salieron a lo que debía ser el jardín. Pero era un campo de pasto verde y flores crecidas por doquier a montones. Ambos caminaron por medio de las flores, con Miguel Ángel distrayéndose cada cierto tiempo a tocar las flores.
—Hijo mío, si tocas esa flor posiblemente te enfermarás.— le dijo justo antes de que Miguel Ángel acariciara una flor que crecía en una enredadera.
—¿Porqué está aquí entonces?— le preguntó inocentemente.
—Por lo mismo que tú. Para cumplir el propósito para el que fue creada.— le dijo y Miguel Ángel sonrió a punto de reír.
—Me refería a qué hacía tan cerca del camino.—
—¡Ah, eso! Tú madre Mary no está acostumbrada a recibir a sus hijos aún humanos aquí. Por eso la sembró allí.— dijo y Miguel Ángel rió por lo bajo. Ella volteó a mirarlo y negó con la cabeza.
Ambos llegaron hasta un estanque y ella tocó el agua con su dedo.
—Acercate a mirar.— dijo y al acercarse, Miguel Ángel vió un planeta Tierra igual al suyo.
—¿Es mi mundo?—
—No hijo, es la hermana gemela de tú planeta. ¿Quieres que te cuente un secreto?—
—¿Tendré que cargarlo por el resto de mi vida como los otros que ya tengo?— dijo y ella negó con la cabeza.
—¿Ves? Hasta que finalmente empiezas a mostrarte ante mí tal como eres. Te explico: esa es la gemela de tú planeta, pero solo en apariencia. Los dividí luego del segundo Reinicio, a poco antes del nacimiento de Jhesua. En tú mundo, los 4 planos están divididos. En el de ellos, todos habitan en el mismo plano, salvo por sus espíritus. Allá también existe un Reginato, pero gracias a la Corrupción en él, también hay muchas religiones. Sus Portadores están escondidos y amenazados de muerte y sus cárcel es muy cruel. Su gente vive en violencia y es muy raro encontrar pureza en ese mundo. Y sin embargo, aunque están a las puertas de un Reinicio, es mi misericordia para con ellos lo que los hace seguir existiendo. Y sin embargo me duele mucho pensar en que llegue ese momento. Tú mundo es muy parecido y a la vez diferente. ¿Sabes porqué te digo ésto, Miguel Ángel?—
—Si, Padre. Para hacerme entender.—
—Muy bien Miguel Ángel. Para hacerte entender que, aunque te equivoques mucho, no condenarás a tu mundo a la destrucción por eso. Además, las Leyes en tú mundo lo dicen: “Nunca pagará el justo en lugar del pecador”— Miguel Ángel asintió.
—Padre, entonces, la caída de ésta era...—
—No te corresponde saber cuándo será. Tampoco debes de preocuparte demasiado por eso. ¿Sabes porqué?—
—Porque no importa cuánto me esfuerce, sí tiene que pasar, pasará lo quiera o no. Y no serán mis errores lo que lo desencadenen. Pero tal vez lo que yo haga si condicione mucho lo que ocurra en esa época.—
—Íbamos muy bien hasta eso. Pero sí tienes algo de razón. Lo que ahora hagas tiene un porqué, así no puedas entenderlo. Todo lo que viviste antes tiene un porqué. Todo lo que ahora hagas tendrá un resultado a su tiempo. Lo que estás pasando ahora tiene su porqué. Puedes estar tranquilo al respecto.—
—Padre, ¿Me está diciendo ésto por la tormenta que se aproxima a mi vida, verdad?— ella lo tomó de los hombros.
—Así es hijo mío. Viene una tormenta hacia tí y debes estar apercibido y con el entendimiento abierto. Va a pasar mucho tiempo antes de que vuelvas a venir aquí. Por eso necesito que lo recuerdes. Lo que debe ser será, no importa lo mucho que te rehuses, y lo que no debe ser no será, por mucho que lo fuerces a que sea. Ya lo demás lo sabes, escrito está en las Leyes que dejé en tu mundo. Y por lo de las Profecías y eso, trata de no preocuparte. Muchas veces las Profecías son malinterpretadas por poco discernimiento. Pero tú si serás capaz de discernir.—
—Entendido.— ella extendió la mano y le frotó la cabeza.
—Eres adorable, ¿Sabías? De los hijos de mi hijo, eres uno de los más bonitos.—
—Antes sus ojos todos tenemos una belleza única ¿Verdad?—
—Así es. No dejes que las exigencias sobre tí dañen esa sonrisa que tanto a costado conservar. Y recuerda que puedes hablarme cuando necesites, no cuando te enseñaron a que debes hacerlo. Libérate de lo que sabes que no te hace bien. Libérate de eso que te enseñaron y fue terriblemente falso. Tú conoces la verdad. Sabes que te amo. Sabes que mi amor y misericordia te acompañarán todos los días de tu vida. Y nunca voy a dejarte solo. Nunca lo he hecho, no lo hago, y tampoco lo haré. Incluso en aquellos momentos oscuros de los que no quieres hablar con nadie. Incluso en aquellos momentos en los que decidiste que no valías nada. Ahí estaba yo. Si no te abandoné incluso cuando olvidaste cuánto te amo, ¿Te abandonaré ahora?— él negó con la cabeza.— Exacto. Debes tener presente eso. Y debes de comer más. Nada de ayuno hasta que te hayas recuperado, ¿Entendido?—
Miguel Ángel lo miró sorprendido y asintió rápidamente.
—Es momento de que regreses a tú hogar, Miguel Ángel.—
Diciendo ésto, en un parpadeo, Miguel Ángel volvió a estar en la palma del Creador, pero sin atreverse a mirar a su cara. Sabía que no debía hacerlo. De todos modos, Él puede tener la cara y apariencia que desee cuando lo desea. Lo que se preguntaba era porqué justo había escogido esa apariencia para hablar con él.
—Le tienes más confianza a una persona de color morena a una de color blanca. Todos los que te han lastimado en tú vida tienen pieles de color blanco. Y, la mayoría de las veces, la gente que te ha cuidado tiene la piel morena. Tú abuelo, tu maestra de la escuela, Samuel el guardaespaldas de tú padre, Felicity, y sobretodo Salomón. Ya tú cerebro asocia el color moreno en la piel a la seguridad y cariño de esas personas. Y usualmente es al revés.— le dijo y Miguel Ángel sonrió.
—Era de esperarse. Padre me conoces mejor que yo mismo.—
—Así es.—
Poco después, lo dejó en el suelo en el mismo salón principal del templo y él se despidió con una reverencia, para salir por la Puerta Dorada hasta la escalinata. Allí, los querubines lo rodearon y una nube blanca lo cubrió. Cuando abrió los ojos, estaba de regreso en el Reginato. Se acostó nuevamente en los brazos de Michelangelo.
—¿Dónde estabas? Ya me estabas preocupando— Miguel Ángel se acurrucó.
—Pierde cuidado.— le dijo con una sonrisa.