Ezequiel despertó con los primeros rayos del sol. Michelangelo ya no estaba a su lado. En su lugar, estaba el conejo de peluche y una nota de “Regresaré antes del mediodía”. Ezequiel se levantó de la cama con una sonrisa. El peso sobre sus hombros se había aliviado. Su energía estaba renovada. E incluso tenía mejor semblante. Tras lavarse y vestirse, Salomón entra a la habitación tras tocar.
—Buenos días joven Príncipe, ¿Qué tal te encuentras hoy?—
Él lo recibe con una sonrisa.
—Estoy bastante bien. ¿Qué tal tú Salomón?—
Salomón lo miró de arriba a abajo y no pudo evitar sonreír. Ezequiel lo miró a los ojos unos segundos. Salomón lo notó. Algo en él había cambiado.
—¿Has viajado al Plano Celestial anoche?— Ezequiel asintió tranquilamente mientras le texteaba a Felicity que ya estaba despierto.— ¿Qué tal ha estado todo?—
—Mejor de lo que yo mismo creí. El Creador ha sido muy bueno conmigo.— Salomón asintió pensativo.
—Anoche se reportaron varios avistamientos extraños en África del Sur. Varios Cazadores están investigando la situación.—
—¿Podemos ir a ver qué pasa, Salomón?— le dijo y Salomón lo miró confundido.
—No Alteza. Ya el Regente y su padre dijeron que no.— le dijo de brazos cruzados, aún mirándolo confundido.
Ezequiel volteó a mirar por la ventana.
—¿Porqué insiste en ir ahí?—
—Saldrán lastimados, Salomón. Son dioses del trueno. Y están enfurecidos. Llevan siglos sellados ahí.—
—¿Le preocupan los Cazadores?—
—Todo ese pueblo en sí, Salomón.—
En eso, un destello violeta brilló entre los pedestales.
—Buenos días, Princesa Amina... Vale, podemos conversar cuando quiera... Está bien por mí, la espero en un rato.— dijo Ezequiel. El destello desapareció.
Felicity llegó en ese momento con el desayuno.
—¿Viene algún Guía de otro Plano?— pregunta Salomón, una nota de voz abierta para el Regente. Ezequiel apenas tragó lo que comía.
—Sí, la Princesa Amina vendrá en un rato. Y posiblemente más tarde lleguen los otros dos Príncipes... Será un día agitado...— dice y sigue comiendo rápidamente de la comida.
Del otro lado, Amina hacía exactamente lo mismo, con Agmodiel a su lado recriminándole lo nerviosa que estaba. En sus dos años de Princesa, era la primera vez que viajaba al Plano Terrenal por asuntos oficiales. Agmodiel no iría con ella. Eso le preocupaba.
El Regente llega a la habitación justo cuando Ezequiel corría de un lado a otro y recogía el desastre del día anterior con su energía. Felicity le insistía en que tomara un té antes de reunirse con Amina.
—Yo sigo sin entender porqué esa Princesa lo pone tan nervioso.— dice Salomón y el Regente lo mira pensativo.
—Ezequiel, ¿Qué pasa hijo?—
—La Princesa Amina es la formalidad en persona. Es recta, recatada y de sumo profesional. Y yo tengo 5 peluches de animales de los que me rehúso a desprenderme.—
Salomón rió por lo bajo. Pero justo cuando iba a esconder los peluches, algo lo hizo detenerse. No era necesario presentarse como alguien que no era. Lo más sensato era no fingir. Tenía que calmarse. Se supone que eso era lo que el Creador le pidió.
—¿Está todo bien Ezequiel?— pregunta el Regente algo preocupado.
—Si, lo estoy. Yo... Tengo que dejar de preocuparme tanto...—
Timoteo asintió y acarició su cabeza. En eso, un destello violeta brilló entre los pedestales y Ezequiel se levantó para recibir a Amina. Ella apareció en una nube violeta e hizo una reverencia que él correspondió. Pero cuando quiso avanzar, su vestido largo se atascó con uno de los pedestales, haciéndola caer. Ezequiel advirtió el suceso y se lanzó justo a tiempo para recibirla en sus brazos. Ambos finalmente se veían, más que los ojos, las almas. Amina tenía el cosmos mismo en los ojos, con estrellas brillando como galaxias y hasta cometas surcando sus iris. Se podía ver cuan nerviosa estaba, su inseguridad, su miedo mismo a equivocarse. Y ella vió en el azul de los de Ezequiel la calma del mar, la inmensidad del firmamento, la profundidad de un cielo despejado a plena luz del día. Ezequiel tenía el cielo en los ojos.
La levantó rápidamente después de los segundos que, para ellos, parecieron horas. Cuando se estuvo de pie, aún Ezequiel la sujetaba.
—¿Te has hecho daño?— le preguntó y ella bajó la mirada negando con la cabeza.
Timoteo y Salomón salieron de la habitación y finalmente ella habló.
—No espera inaugurar nuestra primera reunión de manera tan vergonzosa.—
—Pierda cuidado. Son los errores los que nos hacen estar vivos y nunca dejar de aprender ¿No? Vamos, la invito a sentarse conmigo.— Amina enrojeció, pero siguió a Ezequiel hasta los sofás.
Allí ambos se quitaron las máscaras.
—Yo... Venía a comentarle algo que descubrí sobre los dioses en su jurisdicción.—
—Sobre ellos también quería hablar con usted, pero comience usted primero si gusta.—
—Bien. Leyendo entre los viejos protocolos, descubrí que hay una manera de transportar a los inmortales sin necesidad de acabar nuestra energía espiritual. Eso es usando sus poderes sellados. Cómo Guías, podemos disponer de sus poderes para transferirlos al Plano Austral. Ya allí yo me ocuparía del resto. ¿Que opina usted, Príncipe Ezequiel?—
—Eso estaría bastante bien. Y ahora bien, tengo que comentarle que tengo un problema con una de las griegas. Dice que no se marchará sin sus hermanos. Y con ella, dos más coinciden en no querer marcharse.—
—Podrían entorpecer el viaje si se rehúsan...—
—Tengo ya indicios de dónde puedan estar los otros dioses, mi gente los está buscando, pero hasta ahora la búsqueda ha sido infructuosa.—
Ambos guardaron silencio.
—Entonces, Príncipe Ezequiel, dejemos ese asunto sin tocar hasta que se reúnan a los otros dioses y ya luego hablamos de su traslado. De todos modos, ya no será tan difícil transportarlos a todos.—
—Por mi está bien entonces.—