Los 4 Príncipes levantan sus manos y varias luces cubren a las criaturas. Unas vinotinto, otras rosas y otras violetas. Todas con destellos y cintas doradas. Las criaturas desaparecen y aparecen en los distintos Planos.
—¿Todo bien, Ezequiel?— pregunta Amina sujetando su mano. Él le mostró una sonrisa. Apenas notaban que, pese a las máscaras, podían verse mutuamente los gestos.
—Lo estoy sí. Pierde cuidado.— le dijo y Amina le sonrió de vuelta.
Luciel le dedicó una mirada de duda. Pero luego se recompuso. Los 4 caminaron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta el segundo piso, con Timoteo, Luis, Nathanael, varios guardias y el Jefe de los carceleros tras ellos. Allí, comenzaron las discusiones.
—Independientemente de lo que haya hecho, sigue siendo de mí Plano y allá pertenece.— dice Tsularis de brazos cruzados.
—¿A tí te parece justo que te lo lleves a su hogar sin castigo por lo que hizo?— dice Luciel, ya con el ceño fruncido.
—Deberíamos someterlo a juicio antes de llevarlo a su destino.— dice Amina, también disgustada.
—¡No vamos a llevarlo al Plano Austral Amina! Allá posiblemente termines entregándoselo a Luciel.— grita Tsularis y con ese grito hizo retroceder a Amina de los puros nervios. Pero luego avanzó hacia ella, dispuesta a hacer una tontería.
Tsularis advirtió el gesto y avanzó hacia Amina, dispuesta a darse de puños si era necesario. Ezequiel intervino, lanzando a Tsularis con una nube de humo hacia los brazos de Luciel y sosteniendo a Amina, interponiéndose entre ambas. Luciel sujetó a Tsularis y trató de calmarla.
—¡Quieta fiera! ¿Se te olvida que aquí no puedes hacer estropicios?— le dijo Luciel sujetando sus puños, ahora dirigidos a él.
—¡Ella venía hacia mí!— exclamó roja de rabia.
—Tú le gritaste primero.— dice Luciel y Tsularis, al resoplar por la nariz, soltó humo lleno de brillitos. Luciel estalló en carcajadas. Pero su siguiente frase no sonó a burla.— ¡Mírate! ¡Hasta enojada eres adorable!—
Hasta Ezequiel, ahora consolando a Amina destrozada por su arrebato, volteó a mirarlo. Todos a decir verdad.
—¿Cómo así, Cosmerius Luciel?— le dice Ezequiel burlón.
—Preferiría que guardaras silencio, Ezequiel.— le dijo, agradeciendo que los humanos presentes no lo podían ver enrojecer. En realidad el Regente si podía.
Tsularis ahora estaba roja de vergüenza. Amina había dejado de llorar para mirarlos confusa.
—Luciel, ¿Qué fue lo que dijiste?— pregunta Amina, intentando procesar lo que había escuchado.
—¡Ay! ¡Déjenme en paz!— exclamó. Soltó a Tsularis y les dió la espalda.
Ezequiel se contuvo para no reír. Tsularis estaba en cuerpo allí, pero su mente hacía rato que la había abandonado. No podía procesar esas palabras. “¿Adorable? ¿El Príncipe del Averno me dijo adorable?” pensaba, tambaleándose de vez en cuando. Finalmente Ezequiel logró mediar la situación y siguieron seleccionado a las criaturas. Pero seguían con disensiones con algunas, porque, dados sus crímenes, debían ser trasladados al Averno, pero Tsularis insistía en que podía hacerlos cumplir sus condenas en su Plano. Por otro lado, habían entidades que por ley le correspondían a Amina, pero Luciel las reclamaba por sus delitos. Ezequiel intentaba mediar entre ellos, alegando que podrían pasar por el Infierno y luego volver a sus Planos, pero las chicas se rehusaban, dándole a Luciel razones para ofenderse. Hasta que finalmente, Ezequiel dijo la verdadera solución.
—Solo hay una manera de resolver ésto de manera formal. Pero solo dos de los presentes aquí estamos dispuestos a ello.—
—¿Se callará Tsularis después de eso?— dice Luciel haciéndola enrojecer de rabia. Él rió por lo bajo.
—Ella, tú, Amina y hasta yo.— dice Ezequiel gesticulando con las manos.
—¡Ay no! ¡Sé exactamente qué vas a decir y no quiero!— exclama Tsularis haciendo berrinche. Pero Ezequiel la calma con un gesto de su mano.
—¿Quieres que se te entregue a tú gente de manera justa sí o no?— le dijo con firmeza, sin que sonara a regaño, haciendo que hasta Luciel se sorprendiera.
—Nada más mis hermanos me hacen callar, Ezequiel.— replicó y pateó al suelo. Pero Ezequiel no retrocedió.
—¿Quieres o no?— repitió con calma, sin cambiar su tono de voz firme.
—Bien... Toca entonces.— murmura Tsularis cabizbaja.
Luciel y Amina se vieron las caras. Finalmente tenían alguien que ponía a Tsularis en su lugar. De haber sido Amina quién le exigiera eso, ya estarían lanzándose cosas. De ser Luciel, ella se habría puesto a gritar y tendría que ser Luciel quien cediera. Pero con Ezequiel solo cruzó los brazos y bajó la mirada.
—¿Y tú?— pregunta más tranquilo, volteando a ver a Luciel. Éste levantó las manos.
—¡¿Yo caramba?! Yo no he dicho nada.—
—¡Luciel! Tú sabes perfectamente qué te está preguntando Ezequiel.— dice Amina.
—¡Me estaba haciendo el loco! ¿Es pecado eso?— dice Luciel, y Amina se pone los dedos en el centro de las cejas sobre la máscara.
—Enserio no puedo contigo.— dice negando con la cabeza. Ezequiel se acerca y le da una palmada en el hombro.
—¿Luciel?— le pregunta Ezequiel de nuevo.
—Rayos... Sólo si me prometes que vas a mantener a esas dos al margen.— dice Luciel resignado.
—Eso no te lo puedo prometer, pero haré lo que pueda.— dice levantando los hombros.
—No te entiendo Ezequiel, tienes menos de un mes en el cargo. ¿Porque el afán en transportarlos tan rápido?— dice Tsularis. No era reproche. Parecía tener una curiosidad infantil muy grande para sus 16 años.
—No estoy seguro de querer que sepas el verdadero motivo.— contesta con voz suave, sin notar su mano frotando su codo.
—Yo sí sé y estoy seguro de que tú no quieres saber.— dice Luciel desviando la mirada.
—¿Qué pasa?— pregunta Amina, los ojos clavados en Ezequiel.
Finalmente, lo convencen de llevarlos hasta allá. Ezequiel se para al principio del mismo pasillo dónde la voz del niño lo llamó la primera vez.