Los niños voltearon a mirar a los 4 Príncipes, aún de pie y estupefactos con lo que Tsularis acababa de hacer. Sus rostros ahora eran infantiles, adorables y tranquilos. Sus ojos llenos de luz y alegría.
—¡Arigato!— gritaron varias veces. Pero no conformes con eso corrieron y se abrazaron a las piernas de los Príncipes.
Ezequiel los recibió con los brazos abiertos y una sonrisa. Amina parecía avergonzada con ellos y se limitaba a tocar sus cabecitas. Tsularis lloraba y acariciaba sus cabezas. Y Luciel intentó huir de ellos. Le daban más miedo como niños normales que sin ojos. No logró huir. Los niños reían mientras corrían tras él. Hasta que lograron atraparlo y abrazarlo.
—(¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!)— gritaban de a varias veces.
—¡Ezequiel quitámelos! ¡Qué son gatos ahora dicen!— gritaba Luciel, desaparecido entre un montón de bracitos y manitos que lo cubrían en abrazos.
—Están dando las gracias Luciel. Al menos podrías sonreír.— dice Tsularis abrazando al bebé de tres años que jugaba ahora con su cabello rosa.
—¿Sonreír? ¡Ahora dan más miedo que antes!— gritó y logró escaparse de los niños, pero éstos lo empezaron a seguir.
Luis, el Regente, los guardias y hasta Vlad reían con la escena. El Principe del Averno huyendo de una turba de niños japoneses que querían abrazarlo. Finalmente, Ezequiel los atrae hasta sí con el sonido de una campana. Ellos lo rodean y le abrazan las piernas. Amina se acerca a ellos y toma una mano de Ezequiel. Éste asiente. Una luz violeta envuelve a los niños, que se van saltando y agradeciendo, sus vocecitas sonando como piar de aves. Hasta que desaparecieron. Cuando acabó el transporte, Luciel estaba sentado en el suelo frente a la celda de Vlad, apenas respirando, mientras Tsularis lloraba en el hombro de Timoteo.
—Oye ¿Y él qué? No le corresponde a nadie.— dice Luciel señalando a Vlad y éste se ofendió.
—Él no. Él se queda conmigo. Es mi amigo.— dice Ezequiel tranquilamente y hasta Amina palidece.
—Jeje, supieras que no me extraña para nada. Tienes un pésimo concepto de Amistad, Ezequiel. Tienes unas amistades peculiares.— dice Luciel burlón.
—(Empezando por tí, por lo visto.)— le dice Vlad en rumano, pero Luciel le entiende perfectamente.
—¿Qué te pasa vampiro? Soy la mejor amistad que tú Príncipe podría tener.— dice y Vlad ríe con sorna.
—(Pareces de influencia cuestionable. Si me lo preguntas, no creo que sea buena opción de amistad.)— dice burlón.
—Por suerte, nadie te preguntó Vampiro. Oye Ezequiel, ¿Enserio te lo quieres quedar? Sé de muchos que matarían por pelear con éste.—
—Dejame a Vlad tranquilo, Luciel.— le dijo. Luciel lo miró a los ojos y parecieron comunicarse.
—Vas a tener que explicarme eso, ¿Sabes no?— dice Luciel señalándolo con el dedo.
—Eso, desgraciadamente, será después de renovar los Tratados. Y después pijamada ¿Qué dicen?— dice Tsularis entusiasta, la misma que hace unos segundos lloraba en el hombro de Timoteo.
—Y lo dirás jugando. Si hubiésemos empezado cuando Ezequiel dijo, ya habríamos adelantado algo.— dice Amina algo disgustada.
—Son 57 años de Tratados sin renovar ¿Tú te crees enserio que vamos a arreglar todo eso en un día? ¡Nos va a tomar al menos un mes!— exclama Luciel irritado.
—Luciel tiene algo de razón. Pero también podemos adelantar lo que podamos primero. Tampoco deberíamos exponernos a quedarnos sin energía tratando de renovar todo.— dice Ezequiel y los demás concuerdan.
—Bueno, entonces prepararé todo para cuando ustedes vayan. Y por amor al Creador, sigan el Protocolo.— dice Amina. Segundos después desaparece en una nube violeta.
—Yo voy a decir como dice Ezequiel: no prometo nada.— dice Luciel y suelta una carcajada maniática que hace retroceder a los guardias. También desaparece en una nube de humo vinotinto.
—Oye Ezequiel, ¿Seguro de eso? Osea, ¿Te sientes bien como para renovar los Tratados?— le dice Tsularis tocando su hombro.
—Estaré bien, descuida. Hay que aprovechar ahora que logramos convencer a Luciel.— le contesta con una sonrisa.
—¡Vale entonces! ¡Ya sé! Te voy a llevar algo que de seguro te va a gustar. ¡Mejor a todos!— dice y desaparece en una explosión rosa que dejó brillitos en el piso.
—Eso... Eso fue muy raro...—dice Nathanael apenas sopesando los que acababa de ver.
—(Ni qué lo digas. ¿Con esos tres maniaticos tienes que lidiar ahora?)— dice Vlad y los demás intentan no reír.
Ezequiel ríe por lo bajo.
—(¿Porqué quieres que me quede aquí?)—le pregunta Vlad en un idioma que los guardias, Timoteo y Luis no entendieron. Ezequiel sí.
—(Vamos a buscar a Adrian y a Lisa ¿Lo olvidas? Ya cuando estén reunidos, eres libre de con cuál de los tres quieres irte.)— dice Ezequiel, aunque Vlad detectó su tristeza en la última frase. Asintió lentamente.
Poco después, se fueron de allí y Timoteo acompañó a Ezequiel a su habitación. Allí ambos se tiraron en la cama de Ezequiel.
—¿Te sientes bien?— pregunta Timoteo acariciando su frente.
—Depende. Físicamente estoy exahusto. Emocionalmente, muy cansado. Pero lo crea o no su Eminencia, me siento muy, muy tranquilo.— dijo con una sonrisa. Timoteo le quitó la máscara de Tribunal que traía y lo observó con una sonrisa.
—Pero te está sangrando la nariz, Ezequiel.—
—Pequeñas consecuencias de pelearse con los otros tres Príncipes. Ojalá Tsularis me perdone por gritarle así.—
—Me parece que ya lo hicieron. Ahora ¿Te dará tiempo descansar antes de ir a renovar los Tratados?— dice Timoteo pensativo.
—No sabría decirle. Eminencia ¿Quiere venir conmigo?—
—¿Qué?—
—Según el Protocolo del que Amina hablaba, debe haber al menos un acompañante por Príncipe durante el proceso de renovación. O un miembro del Reginato o un miembro de la Familia Real. Y no estoy seguro de querer meter a mi papá frente a los otros Regentes después de pelearse con los guardias en el Plano Austral.— en eso, suena el teléfono de Ezequiel. Contestó poniendo la llamada en altavoz.— ¿Aló?—