Cuando Amina despierta aún como bebé son casi las 6 de la mañana. Despertó, vió a su alrededor y notó la cuna al lado de Timoteo vacía. Empezó a armar escándalo y el primero en levantarse de un salto, curiosamente, fue Belegfor.
—¿Que pasó?... ¡Carajo! ¡¿Dónde está Ezequiel?!— grita y los demás se ponen de pie instantáneamente.
Era verdad. Ezequiel no estaba en la habitación.
—Éste muchacho se cree que aquí Salomón también lo cuida... ¿A dónde se iría?— murmura Timoteo, frustración y temor mezclándose en él.
—Descuida, alguien tuvo que haberlo visto.— dice Agmodiel sacando rápidamente su teléfono y llamando.
Uriud estaba en el pasillo con Tsularis preocupada en sus brazos.
—¿Será que se fue gateando?— se pregunta y Tsularis le jala la manga de la túnica.— Espera nena, hay que encontrar a tú amigo.—
Agmodiel llamaba al jefe de los guardias, pero nadie recordaba haber visto ningún bebé gateando por los pasillos del Reginato. Hasta que uno de los guardias afirmó que un compañero del turno de la noche había salido a entregar a un bebé de la Familia Real Terrenal que encontró en la biblioteca.
—¡Timoteo!— exclamó de la nada Agmodiel, aún con el teléfono en mano, haciendo que los demás exhalen un grito.— ¡Ya apareció! Está en la casa de Asuer. Ya voy a pedir que lo traigan.—
Tras oír eso, todos respiraron aliviados.
—¿Y cómo llegó ese chamaco a la casa de los leones?— se pregunta Belegfor mientras Luciel en sus brazos le decía algo. Se veía preocupado.— Descuida Demian. Sí lo van a traer de regreso. No se lo comieron los otros leones... Él también es un leoncito Demian.—
—¿Demian? ¿Ese es su nombre?— pregunta Agmodiel sorprendido.
—Si, ese fue el nombre que su madre le dió al nacer. Ya se le asignó el Luciel cuando se le presentó como Príncipe. ¿Cuál es el de Amina?— dice Belegfor, pero Agmodiel dura para responder. No lo recordaba.
—La mía se llama Coraline Solaris. Es que es hija de una sirena y una hada del sol.— dice Uriud haciéndole cosquillas en la pancita a Tsularis.
—Con razón brilla tanto.— dice Belegfor sonriente y los demás ríen.— ¿Y cuál es el nombre de Ezequiel, Timoteo?—
—Les diré si prometen que no se van a reír.— contesta y los demás lo miran confundidos.
—¿Porqué haríamos eso?— dice Agmodiel sorprendido. Amina en sus brazos dejó de comer de su biberón para mirar a Timoteo con curiosidad
—Porque su nombre humano es Miguel Ángel.— dice Timoteo y Uriud escupió el café que bebía.
—¡No me estoy riendo, juro que no me estoy riendo!— exclama y Tsularis en sus brazos ríe mientras toma de un biberón.
—Yo sí. Confieso que me causa risa que el nombre le quede perfecto con la apariencia.— dice Belegfor riendo por lo bajo. Timoteo también. Pero luego voltean a ver a Agmodiel. Les resultaba increíble que no supiera cuál era el nombre real de Amina.
—¿Enserio no te acuerdas? Ha de ser muy complicado.— dice Uriud.
En eso, entra un guardia con el bebé Ezequiel en sus brazos. Traía el cabello peinado y por alguna razón sus abuelas lo habían llenado de crema y talco. Al verlo Timoteo se acercó y lo tomó en brazos. Empezó a acariciarlo y a besar su frentecita. Estaba muy preocupado. Ezequiel intentaba decirle algo, pero Timoteo no le entendía.
—Menudo susto nos diste.— dice Belegfor y Amina en brazos de Agmodiel empezó a pelear también.
Poco después de tomar los biberones, los bebés volvieron a dormir. Ésta vez, los Regentes los acostaron juntos sobre unas colchonetas en medio de la habitación, con varios cojines, las puertas cerradas y ellos alrededor. De ahí no se iban a escapar. Estaban compartiendo un desayuno cuando los Príncipes volvieron a sus edades originales. Luciel dormía sobre el hombro de Ezequiel, con Tsularis abrazada a él. Amina y Ezequiel estaban abrazados, evitando así que Amina saliera volando. Los Regentes los veían y ahí mismo lo supieron. En unos años, ese grupito les daría dolores de cabeza. Timoteo les tomó una foto mientras dormían. Y los Regentes se la compartieron entre sí “Para la Posteridad” decían.
Un rato después, Luciel despertó con Tsularis abrazada a su pecho con comodidad.
—Ey lamparita, ¿De cuándo acá soy tú peluche?— le dice tocando con un dedo su frente. Ella se le subió encima por pura maldad.— ¡Ayuda, quitenmela! ¡Regente!—
Nadie se movió a ayudarlo. Todos estallaron en carcajadas. Los próximos en despertar fueron Ezequiel y Amina. Y al despertar, inmediatamente se apartaron con las mejillas más rojas que tomates maduros. Más risas reinaron en la habitación. Curiosamente despertaron con la ropa de bebés ahora convertidas en pijamas. Finalmente Luciel logra quitarse a Tsularis de encima, arrojándola sobre Ezequiel.
—No era éste el concepto de pijamada que tenía...— dice Tsularis mientras Ezequiel la ayuda a sentarse.
Poco después, los 4 vuelven a la sala dónde estaban trabajando el día anterior, aún en pijamas y con varias frutas en cuencos. Siguieron renovando los Tratados, mientras Ezequiel suspiraba. Extrañaba sus galletas. Horas pasan y otra vez están agotados. Sus Regentes se acercan a ellos. Ya Ezequiel tenía la cabeza colgando del sofá. Luciel estaba desparramado entre el sillón y la alfombra. Amina tenía la cabeza dentro de un libro y Tsularis estaba acostada boca abajo en un sillón. Timoteo se acerca a Ezequiel y le acaricia la cabeza.
—No estaría mal que descansen un rato. ¿Verdad que no?— dice, dirigiéndose a los otros Regentes en la última frase.
Ellos concuerdaron. Un rato después, los 4 salieron de la sala a caminar por el jardín del Reginato Austral.
—Oigan, ¿Alguien recuerda qué pasó ayer tarde?— pregunta Tsularis sentándose en una banqueta.
—Lo último que recuerdo fue que me empezó a sangrar la nariz y ustedes tres se quedaron dormidos sobre mí cuando fueron a ayudarme.— dice Ezequiel rascándose el cuello.
—En nuestra defensa, diré que eres muy apapachable, Hermano Mayor.— dice Tsularis y Amina asiente.