Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 36:

Mientras Ezequiel y Timoteo estaban en el Plano Austral, llegó un informe de los Cazadores en África. Tenían varios días con una tormenta eléctrica que no paraba y, al intentar entrar a la cueva donde se creía podían estar los dioses, se produjo un deslave y 3 Cazadores y 2 guías habían quedado atrapados. La orden era sacarlos y retirarse de la zona hasta el regreso del Regente. Y Luis, como Arzobispo de los Cazadores sólo dió una orden dentro del Reginato: que el Príncipe no se entere. Y todos los demás estuvieron de acuerdo, salvo el Arzobispo del Clan de Enseñanza, quién insistía en que debían contarle lo que ocurría a su Guía. Nadie lo apoyaba.

Ezequiel se despierta ya al atardecer. Estaba solo en su habitación. En su teléfono brillaba un mensaje de su padre. Decía que había tenido que ir a la ciudad. En otro, Salomón le pedía que se quedara en su habitación hasta que él llegara. Ezequiel lo sabía. Algo andaba mal. Miró por la ventana. Alcanzó a ver un grupo armado colarse por el patio del Reginato. Les tomó una foto y se las pasó a Michelangelo y a Salomón.

'—Ezequiel ¡Aléjate de la ventana!—' respondió Timoteo. Texteando lo más rápido posible.

Ezequiel obedeció, asomándose de vez en cuando a mirar. Los hombres venían encapuchados, con el logo de una espada y un fusil cruzados tras una cruz. Pero estaban intentando entrar por la parte de atrás. Justo por la sala de oración de las sacerdotisas.

Cuando el grupo armado logró entrar a la sala, por suerte, las sacerdotisas no estaban allí. La gran mayoría de ellas estaban en otra sala, bordando y tomando del té mientras los monaguillos leían. El grupo salió de la sala de oración y se dirigió a la sala de dónde escuchaban las voces. Ezequiel lo sabía. Venían a matarlos a todos. Era el mismo grupo que por redes afirmaban ser profetas que venían a limpiar al mundo. Pero en su visión, la limpieza del Reginato consistía en derramar la sangre de todos sus miembros. Creían que así limpiarían el mundo de la maldad. Por eso, al entrar a la sala y ver a las sacerdotisas gritando y protegiendo a los monaguillos con sus cuerpos, prepararon sus armas para dispararles allí mismo. Ellas se tomaron las manos. Mantuvieron a los niños tras de ellas. Al menos, así se salvarían. Eran mujeres, madres, esposas y amigas. Pero en ese momento, se convertirían en mártires. Lágrimas caían por sus caras. Y sin embargo, ninguna se apartó. Todas se mantuvieron de pie formando una pared humana entre los niños y los hombres armados. Y cuando sonó el estallido de los disparos, aunque temblaron, ninguna se movió. Y sin embargo, ninguna bala las tocó tampoco.

Ezequiel desde la puerta, ante la mirada perpleja de todos, hizo que las balas se detuvieran en el aire y cayeran como piedritas en el suelo. Las miradas confundidas se posaron en él. Pero inmediatamente le apuntaron las armas. Y por supuesto, él no se quedó allí parado. Se echó a correr, lanzando de vez en cuando nubes de polvo para distraer a los hombres y que no lo dejaran como colador. Pero sí llegaba al Pabellón principal, no tendría escapatoria y fácilmente matarían a muchos. En una de éstas una de las balas le alcanza una pierna y lo hace caer rodando por unas escaleras hasta la entrada de la cárcel. Y cuando estaba en el suelo, una metralleta levantada sobre su cabeza empezó a disparles al grupo armado.

—¡Te dije claramente que te quedaras en tu habitación! ¡Corre! ¡Ve con Mathías!— le dijo Salomón aún disparando al grupo.

Ezequiel no lo pensó mucho y subió por las escaleras del cuarto de los guardias hasta el primer piso. Pero los hombres lo vieron salir en otro punto del mismo pasillo y volvieron a perseguirlo, tratando de quitarse de encima a Salomón, también siguiéndoles, que les disparaba sin miramientos. Ezequiel no podía correr. La bala en su pierna se hundía cada vez más. No sabía a dónde lo estaba enviando Salomón. No sabía a dónde correr. Su respiración estaba entrecortada y su corazón latía con fuerza. En un descuido, uno de los hombres lo alcanza y trata de apuñalarlo, Ezequiel reacciona y esquiva, tirando al hombre con una patada en el pecho. Logró avanzar hasta el jardín, pero el hombre se le tiró encima y trató de apuñalarlo otra vez. Él esquivó y le sostuvo las manos. Pero el hombre le golpeó con la frente a la cara, encontrándose entonces con la frente rota por la máscara de oro en el rostro de Ezequiel. Con el impacto, Ezequiel logró quitárselo de encima y arrojarlo a un lado, trató de levantarse y correr, pero el tipo le tomó del pie de su pierna sangrante y lo hizo caer. Ezequiel lo pateó con la otra pierna varias veces y logró safarse. El tipo volvió a empujar su daga y se arrojó a apuñalarlo, pero Ezequiel desde el suelo le voló la daga de las manos con una brisa fuerte y el hombre retrocedió.

—Puedo matarte fácilmente y lo sabes. Ya déjame o no tendré más remedio que atacar.— le dijo, su voz temblando de dolor.

El tipo lo dudó un momento. Sus ojos analizaban a Ezequiel y cada movimiento. No sabía de lo que era capaz. Pero debía eliminarlo. Fingió arrodillarse y levantar las manos. Pero Ezequiel no se confió. Se levantó del suelo, apoyándose en la fuente del jardín tras de sí, sin quitarle la vista al hombre. Y aún así, el tipo se levantó y corrió hasta Ezequiel. Lo embistió y ambos cayeron dentro de la fuente de agua helada. Allí, Ezequiel intentó escapar nadando, pero su pierna herida le producía un dolor terrible. Trató de subir, pero el tipo le hundió la cabeza. Le sujetó la cabeza con firmeza debajo del agua. Por más que lo intentó, el tipo era más fuerte que él. Así que, para salvarse, decidió poner ambas manos en las manos que lo hundían y las inmovilizó. Congeló la sangre dentro de las manos del asesino. El hombre lo soltó espantado y dando gritos de dolor, mientras Ezequiel salía del otro lado, apenas recobrando aire. Pero el hombre, con la mirada llena de odio, se lanzó sobre él y lo volvió a hundir. Se hundió mientras arrastraba a Ezequiel, ignorando el dolor en sus manos. Ezequiel no tuvo tiempo de nada. El aire se le agotaba y la desesperación no cabía en su ser. Y, de la nada, cuando más desesperado estaba, formó una esfera de hilos dorados a su alrededor y desapareció. El hombre no podía creer lo que acababa de pasar. Salió a la superficie del agua, aún aterrado.



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En el texto hay: comedia, drama y secretos, curación y magia

Editado: 26.06.2026

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