Unos minutos más tarde, mientras el traumatólogo hablaba con Michelangelo, uno de los hombres llegó a la habitación con unas mantas. Michelangelo y Salomón lo miraron extrañados.
—Hace frío, afuera llueve y el Joven Amo ya de por sí tenía frío.— dice el hombre como si fuera de lo más normal. Dejó las mantas al lado de Miguel Ángel y salió sin decir más.
—Ahora resulta que aparte de guardaespaldas son niñeros...— murmura Michelangelo y el médico ríe. — Entonces doc', ¿Me está diciendo que la bala le rompió un hueso?—
—Si señor, el calibre de la bala y el movimiento hicieron que se fracturara la tibia. Tardará al menos un mes en recuperarse. —
—Bueno... ¿Y tú de dónde sacaste ese jugo?— pregunta viendo a Miguel Ángel arropado desde la cabeza a las piernas y un juguito de caja en sus manos.
—Me lo mandó Samuel.— contesta tranquilamente sin sacar el pitillo de su boca.
Michelangelo niega con la cabeza. Un rato después, mientras él y Salomón acompañan a Miguel Ángel, llega un guardaespaldas con dos bolsas.
—Aquí está lo pidió Jefe. Y las cosas del Joven Amo.— dijo y se retiró sin decir más.
—Pero si yo no les pedí... Ah, ésto tiene que ser obra de Samuel y Karim.— dijo sacando una lata de atún de la bolsa. Salomón soltó una carcajada.— Tus tíos te tienen demasiado consentido.—
—En su defensa diré que soy su único sobrino.— dice levantando los hombros.
—No los defiendas. Le dije a esos dos que no fueran a hacer nada sin consultarme y ni eso. Pero, al menos gracias a esos dos tú sigues vivo y nadie en el Reginato salió herido. Les debo una videollamada. Oye Salomón, acá te mandé a traer ropa. Cámbiate, en un rato nos vamos.—
—¿A dónde?— pregunta Salomón.
—A la casa que compré para celebrar el cumpleaños de Miguel Ángel. Queda en un conjunto más cerca de la ciudad de lo que yo mismo quisiera.— Salomón asintió y se metió al baño a cambiarse.
—Oye papá, ¿El tío Karim...—
—Karim tiene días intentando localizar a los terroristas que atacaron hoy al Reginato. Lo que él no sabe es que yo ya los tengo fichados, pero no he mandado a capturarlos. Bueno, desde que intentaron atacar el día de la Presentación, Karim desarrolló una obsesión de capturarlos. Por eso logró interceptar el mensaje de ellos de que hoy atacarían. Cuando enviaste el mensaje de que estaban intentando entrar, ya mis hombres estaban a las puertas por orden de Karim y de Samuel. Por eso nadie salió herido salvo tú. Por eso el negro cara de mono traía una ametralladora. Cuando yo llegué, ya ellos tenían la situación bajo control. Cuando yo recién los iba a enviar, ya ellos estaban a las puertas del Reginato.—
—Le debemos una visita a mis tíos.— dice Miguel Ángel asintiendo pensativo.
—Una videollamada nada más.— responde Michelangelo burlón. Segundos después recibe un zapatazo en la espalda.— ¡¿Qué?! ¡¿Más o menos?!—
—Fuiste tú quién le dijo negro cara de mono, papá.— dice Miguel Ángel burlón, comiendo del atún en una taza con galleta integral.
Un rato después, los médicos le dan el alta a Miguel Ángel y los tres se suben al auto en el estacionamiento. Eso claro, después de que los médicos le mandaran un tratamiento enorme y una referencia al nutricionista. El chófer del auto sonrió al verlo subirse y arrancó con cuidado hasta el conjunto residencial del que hablaba Michelangelo.
—Ah mira, si eran nervios los que tenía.— dice Michelangelo burlón, con Miguel Ángel dormido sobre su hombro. Salomón al lado de Miguel Ángel ríe en voz baja.
Cuando llegan al conjunto, Salomón mira por la ventana y le dedica una mirada acusadora a Michelangelo.
—Menos mal que es nada más para el cumpleaños del niño.— le dice y Michelangelo intenta no carcajear.
Michelangelo, literalmente, había comprado una quinta cerca de la ciudad, en uno de los conjuntos más exclusivos del país.
—¿Tanto dinero y voy a negarle a mi niño lo mejor?— dijo como si fuera de lo más normal.
Ambos bajaron del auto, y se dedicaron miradas de rivalidad antes de decidir quién de los dos sacaba al principito dormido.
—Soy su padre, Salomón. Tú ayúdame con las bolsas.— dice Michelangelo con una sonrisa, pero tensando la mandíbula.
—Y yo su Guardián. Me enviaron precisamente a cuidarlo.— replica Salomón, ceja levantada y brazos cruzados.
—Y si los dos empiezan con tonterías me voy a bajar yo solo.— exclama Miguel Ángel dentro del auto.
Michelangelo miró a Salomón, luego la casa y luego a Miguel Ángel con su pierna rota. Y suspiró.
—Tú ganas, Salomón. Llévalo adentro. Trata de llevarlo a su cuarto. De lejos se nota cuál es. Yo... tengo que hacer unas llamadas.— dice desviando la mirada. Salomón detectó la oscuridad y el filo en sus ojos.
Salomón cargó a Miguel Ángel en su espalda y entró a la casa sin preguntar demasiado. Entró a la casa, hermosa pero no ostentosa y sin mediar palabra Salomón subió las escaleras. En el pasillo del primer piso habían 4 puertas. Una de ellas tenía un adorno dorado en la puerta y una cenefa azul decorando el marco. Eran runas. Salomón negó con la cabeza y entró a la habitación. Estaba decorada especialmente para el muchacho en su espalda.
—Ah mira ve, tú padre también te tiene consentido.— dice Salomón dejándolo en la cama, de colcha peluda color azul, sábanas azules con bordes amarillos y muchos, muchos peluches.— Recuéstate, voy a bajar a prepararte algo de comer antes de tomarte las pastillas.—
Él asintió, sus ojos brillando de lo feliz que estaba. Salomón salió de la habitación y negó con la cabeza con una sonrisa. Michelangelo conocía y adoraba a su hijo. Pero cuando bajó las escaleras y escuchó la voz de Michelangelo al teléfono, un escalofrío le recorrió la espalda.
—(No me interesa que los respalden políticos, pacifistas o defensores de los derechos humanos. Nadie que ataque un recinto religioso con armas y deseos de matar niños, mujeres y ancianos indefensos merecen defensa alguna... ¡¿Y tú te crees que me importa?! ¡Quiero sus cabezas ensartadas en sus propias armas en plena plaza central de la ciudad!... ¡A mí me vale lo que diga el Presidente, fue el Reginato lo que atacaron ellos, ¿Y pretendes que los deje vivir para que hagan más daño?!... A tí no te interesa qué motivo tengo yo para defender ese sitio... ... Les voy a quitar la cabeza, y posiblemente después los queme. No estaría bien ensuciar la memoria de la gente buena en los cementerios metiendo esas pestes allí... ¡No me vengas con que tengo que calmarme!, te estoy avisando y punto. O buscas la manera de salirte de ese problema. O tú cabeza también va a rodar con la de ellos.)— decía acariciando un peluche en su mano, con voz baja en un italiano perfecto que le heló la sangre a Salomón.