Pasa un buen rato, Salomón preparaba arepas en la cocina mientras Demian, Alondra y Coraline le dejaban el yeso a Miguel Ángel como obra de arte abstracta. Murciélagos, flores, corazones brillantes y animalitos dibujados en el cuadro más diverso y divertido que habían visto. Luego las frases en latín, hebreo y rumano que Michelangelo veía ya intentando no carcajear.
—Más vale no sea hechizos lo que anotan ustedes allí.— dice Salomón señalando una frase escrita en marcador rojo, en latín.
—Dice: “Recupérate para ir a jugar fútbol”, Salomón.— dice Miguel Ángel y Demian asiente.
Salomón suspira viendo el yeso. Los muchachos le habían traído flores, un cuaderno de colorear (porque Coraline dijo que estaría muy aburrido mientras se recuperaba), los plumones y unos osos de peluche a Miguel Ángel. Michelangelo veía la escena mientras reía y analizaba a cada uno. Salomón les repartió arepas rellenas de atún con salsa a los muchachos.
—¿Y ésto que es?— dice Demian escarbando dentro de la arepa.
—Es comida Demian. Sé bueno y cómetela.— dice Alondra olfatenado disimuladamente la arepa en sus manos.
—Sabes muy bien que no me voy a llevar nada a la boca sin saber qué es.—
—¡Estaba rica! ¿Cómo se hacen?— exclamó Coraline con las manos ya llenas de mantequilla, y la cara sucia de salsa en varias partes.
—¿Cómo qué sí le gustó no?— dice Michelangelo en el segundo de silencio que guardaron todos mirándola. Pero luego estallaron en carcajadas. Incluso Salomón reía por lo bajo.— Anotado: a Hello Kitty le gustan las arepas. Y lo peor es que tiene carita de ser escocesa.—
Demian ríe por lo bajo con la frase. En realidad tenía razón, pese a que Coraline ni siquiera era humana.
—Oiga ¿Y qué es una Hello Kitty?— pregunta con ojos curiosos. Miguel Ángel lo dudó un momento y luego le enseñó una foto en su teléfono.— ¡Ay me encanta! ¡Es tan mona!—
—Y se parece a tí que es lo peor. Ahora Coraline acaba de descubrir su nueva obsesión.— dice Alondra, ya la arepa en sus manos desaparecida.
Demian fue el único que, al morder la arepa, la sintió picante. No le importó y siguió comiendo. Y luego que hubo tragado el último pedazo fue que notó a Miguel Ángel y a Alondra viéndolo y riendo.
—¿Que hicieron ustedes dos?— amenazó mirándolos.
—Nada...— dice Alondra ya incapaz de contener sus carcajadas. Coraline y Michelangelo los miran con curiosidad.
—¿Qué tenía la comida?— pregunta Demian en una mezcla de rabia y miedo.
—La comida no tenía nada Demian... El problema es que la hizo Salomón. Y él es un Obispo.— confiesa finalmente Miguel Ángel y Demian palidece.
Corrió a la cocina y metió la cabeza en el fregadero, tragando todo el agua posible, mientras sus amigos en la sala reían.
—¡Ésto es crimen de guerra!— grita apenas recuperándose.
—Te veías demasiado feliz comiendo tu arepita Demian, era demasiado feo confesarte que no podías.—dice Alondra aún riendo.
—Me querían matar ustedes dos. Con razón yo era el único que sentía que el atún estaba picante.— dice y Salomón casi escupe su café.— Gracias al Creador firmamos el Acuerdo de Inmunidad, porque sino gracias a ustedes dos no la cuento.—
Ellos reían a carcajadas.
—Precisamente eso: firmamos el Acuerdo de Inmunidad. No te iba a pasar nada.— dice Miguel Ángel sonriente.
—Debe ser que la acidez estomacal no cuenta. Agradece que tienes una pata rota, Miguel Ángel. Y tú Alondra, más te vale que el nombre te quede bien y sepas volar.— replica Demian casi haciendo berrinche. Pero sólo logró que los demás rieran más fuerte.
Un rato después ya los había perdonado. Salomón miró el reloj. Era tarde ya. Y Miguel Ángel no se había tomado las pastillas. Demian advirtió la mirada de Salomón y miró el reloj en la pared.
—¡J***r! ¡Se suponía que debía estar en mi casa hace dos horas!— dice Demian aterrado. Los otros ríen por lo bajo.
—Chicas, creo que nos quedamos sin amigo.— dice Miguel Ángel y Demian se tiró en el suelo.
—Fue un gusto compartir con ustedes, amigos. Con Alondra no tanto.— dice y ellos ríen con la cara de disgusto de Alondra.— Si sobrevivo, posiblemente me castiguen por el resto de la eternidad. Aunque eso no quiere decir que no pueda escaparme. Vamos muchachas. Lo último que quiero es que aparte del regaño en mi casa, me regañen en las de ustedes también.—
—¡Noo! ¡Yo no me quiero ir!— dice Coraline aferrándose al cuello de Miguel Ángel.
—Sí nos vamos Coraline. Miguel Ángel necesita descansar y posiblemente nosotros tres estemos castigados por habernos quedado tanto tiempo.— replica Alondra frotándose el codo.
Coraline hace berrinche, pero Demian la jala del cuello del vestido y se la lleva a rastras.
—Buenas noches Obispo, señor Baorrounotti. Recupérate Miguel Ángel. Si sobrevivo me escaparé para venir a ver cómo sigues. Nos vamos ¡Camina Coraline!—
—Hasta luego Demian, pórtate bien.— le dice Michelangelo y Demian le muestra un pulgar arriba.
—¡Suelta! ¡Yo no me quiero ir aún! ¡¿10 minutos más?! ¿No? ¡VOLVERÉ!— gritó Coraline y Demian la cargó en su hombro y se le llevó fuera de la casa.
—Eso sonó a demonio saliendo en exorcismo.— dice Salomón con una ceja levantada.
—Y es curioso que sea el demonio el que exorcisó al espíritu del Caos.— dice Alondra riendo. Luego voltea a ver a Miguel Ángel y enrojece.— Nos vemos Miguel Ángel. Por favor cuídate mucho. Nos vemos.—
—Hasta luego, Alondra.— responde él también de mejillas rojas.
Michelangelo y Salomón miraban la interacción con una ceja arriba.
—Nos vemos luego señor Baorrounotti, Obispo. Gracias por recibirnos.— dijo, el rojo de sus mejillas apagándose y volviéndose a encender luego de pronunciar esa frase y voltear a mirar a Miguel Ángel de nuevo.
Él se despidió con la mano. Salomón la acompañó hasta la puerta, dónde estaban aun Demian con Coraline en su hombro pataleando. Los tres desaparecieron en un destello de luz que duró solo un segundo en desaparecer.