Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 40:

Ezequiel se quedó en el sitio, de brazos cruzados, mientras el rayo disparado por Thor lo atravesaba. No podía hacerle daño. Thor volvió a atacar, pero el rayo rebotó y se dirigió hacia donde los Cazadores y los Guías apenas se recuperaban. Ezequiel flotó hasta ellos y levantó un roca. El rayo impactó en la roca y la hizo pedazos. Thor volvió a atacar, pero Ezequiel logró atrapar el rayo y se lo devolvió. El impacto hizo volar chispas en la cámara donde estaban, volcó el trono con Thor aún sentado en él y quemó la barba de Zeus. Anubis se apagó una pequeña chispa en su túnica con las manos.

—¿Ya? ¿Terminaste de humillarte tú mismo, Thor?— pregunta Anubis con sarcasmo. Luego se dirigió a Ezequiel.— Joven Príncipe ¿Podrá perdonar ese agravio?—

'—No vale la pena enojarse. Pero tengo que hacer algo para que no siga causando problemas.—' dijo Ezequiel con señas.

Acto seguido, disparó un rayo de luz dorada hacia Thor y lo convirtió en una estatua. Zeus palideció y Anubis asintió lentamente. Luego volteó a mirar a Zeus.

(Yo estoy muy tranquilo, no se preocupe por mí Su Alteza. No le voy a dar problemas, lo prometo.)— se apresuró a decir Zeus, olvidando por completo su orgullo de Rey del Parthenón Griego.

Anubis río por lo bajo y Ezequiel sonrió y asintió. Por señas, les pidió uno de sus rayos a los dioses a cambio de no tomar en cuenta la falta de respeto de Zeus. Y ellos accedieron con tal de salvarse de otro castigo celestial o de terminar siendo estatuas como Thor. Con rayo en mano, Ezequiel flotó hasta la entrada de la cueva y disparó el rayo hacia las piedras que la bloqueaban.

La tormenta se había detenido hacía rato. El cielo, durante días totalmente negro, empezaba a despejarse, dejando entrar los primeros rayos del sol que habían visto esa semana. La lluvia torrencial ahora era un leve rocío, y ya muchos habían salido de sus casas a reunirse a las puertas de la cueva, a escuchar con extrañeza que había un ángel en la zona. Sí, eso decían que era. En un momento dado, una explosión resonó y las rocas salieron volando, pero siguieron flotando en el aire sin caer hacia la gente reunida allí. Ezequiel emergió de la cueva, sus manos levantadas y guiando las rocas hacia un sitio despejado, mientras tras él venían saliendo a paso lento los que habían sido encerrados en la cueva. La gente se aglomeró alrededor de ellos, los levantaron y los llevaron rápido a curar sus heridas y a cuidarles. Ezequiel quedó a la entrada de la cueva, con las miradas asombradas de la gente clavadas en él. Le incomodaba, y mucho. Flotó por el pueblo hasta que encontró un grupo de niños que oraban en voz baja dentro de una casa. Llamó a la ventana y por señas les pidió que vinieran con él. Varios Padres lo seguían de cerca, intentando descifrar sus intenciones.

Ezequiel llamó la atención de los niños y éstos lo rodearon sin miedo de ningún tipo.

—¿Eres un ángel?— le preguntó un niño. Él sonrió y tomó su mano.

—'Mi nombre es Ezequiel. Soy humano como tú, pero tuve que venir así para poder ayudarles.'— le escribió en la palma de la mano.

—¿No puedes hablar?— preguntó otro niño. Él negó con la cabeza.

—¿Necesitas que te ayudemos con algo?— dice una niña y él asiente.

Les pidió que fueran con él hasta un árbol cercano a la cueva. Allí, ante la mirada perpleja y expectante de los presentes, les dijo a los niños que cavaran con las manos en las raíces del árbol. Los niños no lo dudaron y obedecieron. La gente los miraba sin entender qué pasaba. Uno de los Padres se acercó, pero Ezequiel le hizo señas que retrocedieran. En cierto momento, una vez hecho un hueco, Ezequiel les pidió que se apartaran y se alejaran. Una vez lejos los niños, hizo una esfera de hilos dorados y la insertó en el hueco. La tierra absorbió la esfera y empezó un leve temblor que fue creciendo con los segundos. Y de la nada, brotó una catarata del hueco, que segundos después se convirtió en río de manantial, de agua cristalina y fría. Ezequiel volteó a mirarlos y los niños estaban empapados, pero sorprendidos. Empezaron a gritar de alegría. La gente del pueblo también. Todo, antes silencioso, se llenó de júbilo y cánticos de alegría. Ellos creían que él era un ángel enviado a contestar sus plegarias.

Antes de irse, Ezequiel fue a ver a los Cazadores en el hospital del pueblo. Les dijo que los dioses ya estaban de mejor humor, pero que descansaran antes de preparar su extracción. Que procuraran que nadie se enterara de que él estuvo allí. Se acercó al Cazador que lo había reconocido.

'—El daño que causaste no condiciona el amor del Creador hacia tí. Pide y serás perdonado. No te ahogues en tu propio remordimiento. Y no le digas al Regente que me viste aquí.—' le escribió en la mano. Luego desapareció.

Lo que Miguel Ángel no se esperaba era que al despertar, Michelangelo y Salomón lo estuvieran esperando, los dos con teléfonos en mano.

—¿Buenos días?— dice rascándose el cuello. La mirada de Michelangelo se afiló y Salomón cruzó los brazos.

—Así que, ni con tener la pierna rota te quedas aquí tranquilo. Creo haberte dicho que no tenías permiso de ir a África.— dice Michelangelo, intentando sonar autoritario.

—¿Me puedes explicar porqué los Padres de África le están explotando el teléfono al Regente porque un Ángel enmascarado se les apareció allá y flotó en medio del pueblo?— dice Salomón, mostrando que de hecho tenía al Regente en videollamada en su teléfono.

Miguel Ángel levantó los hombros. Y Michelangelo se apretó el centro de la frente con dos dedos. Salomón levantó el teléfono y el Regente ahora lo veía con una ceja levantada.

—Tienes dos minutos para explicarte, Ezequiel.— le dijo Timoteo desde el teléfono.

—Yo... No me dejaban dormir.— dijo y bajó la cabeza. Ya con eso, los hizo derretir a los tres.

—¿Y la mejor opción era desobedecernos a nosotros tres que claramente te dijimos que no debías ir allá?— dice Michelangelo, cruzando también los brazos.



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En el texto hay: comedia, drama y secretos, curación y magia

Editado: 26.06.2026

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