—Disculpe, no es mi intención darle lástima o algo así. Es sólo que...— continuó diciendo la muchacha y Michelangelo completó la frase.
—Es difícil sentirte utilizado y tratado como objeto por quienes deberían amarte, lo sé.— dijo él y ella finalmente levantó la mirada para mirarlo a los ojos. Asintió y sus ojos se cristalizaron.
—Ellos... Dijeron que sí me portaba bien y hacía éste favor por ellos me darían el dinero para operar a mi tío. Y me enviarían a la universidad. Sé que soy mayor ya, pero realmente quiero ir. Ahora resulta que quieren que me case con ese señor cuyas esposas lo han abandonado por maltratador... Yo...— dijo y Michelangelo apretó su mano.
Michelangelo le lanzó una mirada rápida y finalmente la llevó hacia unas banquetas que estaban a las puertas del Registro. Traía ropa sencilla pese a que iba a casarse y la piel de su rostro denotaba años de trabajo duro. Y sin embargo era bonita. Su piel era oscura, pero sin ser del todo morena, casi de color trigo. Sus ojos eran verdes y su cabello era negro en resortes cerrados, pero muy descuidados.
—¿Tú eres Leticia Gálvez, verdad?— le soltó Michelangelo una vez la muchacha logró dejar de llorar.
—Si... ¿Cómo...—
—Soy Michelangelo... Baorrounotti.—
—¿Us... Pero... ¿No era su hermano el que venía en su lugar?—
—He venido yo. Y vengo con un sólo propósito: vine a casarme. Pero no con tu hermana. Quiero que mi esposa seas tú.—
—¡¿Qué?! Pero... Pero... ¿No le avergüenza...—
—Vergüenza me daría casarme con una mujer como Liliana. La conozco mejor de lo que quisiera.—
—Pero... Voy a hacer que se burlen de usted.—
—¿Por? ¿Por el niño? ¿Por la injuria? De lejos se notaba que ese niño no era tu hijo, Leticia. Y sin embargo lo amabas como tal y te atreviste a criarlo sin estar casada, a sabiendas de que destruirían tu reputación. Abandonaste la universidad para trabajar y cuidar de ese niño y de tus tíos enfermos. Al que se burle de eso, le mando a cortar la lengua.—
—Pero...—
—Hagamos lo siguiente, Leticia. Tengo, desgraciadamente que darle una pequeña lección a tu familia. Nada grave, lo prometo. Pero necesito que una de sus hijas (obviamente Liliana no) esté casada conmigo. Si aceptas, me ocuparé personalmente de que tus tíos los atiendan aquí en la capital y de que tú vayas a la mejor universidad del país bajo mi cuidado, claro está. Te prometo que me ocuparé de tí y si, a la final decides quedarte a mi lado y no divorciarte al año según un contrato, no voy a rechazarte. ¿Que opinas?—
Leticia lo pensó un segundo. De un lado, el hombre más peligroso del país ofreciéndole una vida resulta y el cumplir su sueño. Del otro, a su familia que hará hasta lo impensable para hacerla casarse con ese señor, fuera de la golpiza que se ganó por haberse escapado. Michelangelo tenía una fama terrible, si, pero ella lo sabía muy bien. Mientras no le diera problemas y le fuera fiel, estaría a salvo.
—Acepto.— dijo finalmente. Michelangelo la miró con algo de sorpresa. No creyó que aceptaría tan rápido.
—Bien... Dominic.— llamó al guardia tras él.
—Mande Jefe.—
—Ve con Leticia a buscar sus documentos.— le ordenó.
—No hace falta, de verdad.— dijo ella casi enrojeciendo.
—Considerando las joyitas que tienes por familia, mejor que al menos se encargue de que no te toquen ni un cabello.— le dijo y Dominic se paró al lado de Leticia.
—Bueno... ¿Seguro que no le preocupa que resulte ser una esposa controladora?— le dijo y Dominic trató de mantenerse firme.
—No existe ser más controlador que yo, querida. Nos vamos a llevar bien. Sobretodo porque me la paso viajando.— dijo con una sonrisa burlona y empezó a textear algo en su teléfono. Ella rió por lo bajo y entró al Registro.
Cuando llegó a la sala dónde estaban sus padres, su madre inmediatamente la agarró del brazo.
—¡¿Dónde te habías metido?! ¡Don Carlos puede llegar en cualquier momento y tú andas de arrastrada por ahí!— le dijo. Leticia la miró y negó con la cabeza.
—¿Qué pasa hermanita? ¿Celosa de que pronto me convertiré en una señora con muchísimo dinero y esposa de un joven guapo?— le dijo Liliana, acomodándose su cabello por enésima vez y dedicándole una mirada de burla.
—Ummm, pues me extraña que digas eso hermanita, porque acabo de ver uno de los autos de los Baorrounotti afuera... Y el que bajó de él era el mismísimo Mayor de los Baorrounotti, no el segundo.— le dijo y Liliana palideció.
—¡Mientes! ¿Acaso quieres arruinar el matrimonio de tu hermana?— gritó su padre y trató de golpearla. Pero ella esquivó con una mirada fría.
—Antes de decirme sus acostumbrados insultos y todo lo demás, mejor vayan y revisen por ustedes mismos.— les dijo y señaló la puerta.
Los tres salieron y vieron, espantandos, que el que estaba afuera hablando por su teléfono, era Michelangelo y no Karim. Mientras, Leticia aprovechaba de recuperar sus cosas. Pero cuando intentó irse ellos volvieron. Liliana lloraba diciendo que no quería casarse con él, que tenía miedo y sabía que ese hombre la podía matar en cualquier momento porque sí. Que era demasiado cruel y muy mayor para ella. Leticia la miraba y trataba de no reír. Su madre la consolaba y le exigía a su esposo que resolviera ésto. Entonces él miró a Leticia y se le iluminó la mirada.
—¡Tú! ¡Ven para acá!— dijo y la agarró del brazo con fuerza y brusquedad.— Posiblemente el señor Baorrounotti esté aquí para descontarse que quisieran obligar a su hermanito a casarse. Si Liliana se va con él, no va a sobrevivir a su rabia. Así que serás tú quien se vaya con él. ¿Estás feliz no? De todos modos tú no querías casarte con Don Carlos.—
—Pero dijiste que yo me casaría con él. ¿Porqué el cambio de la nada?—
—¿Eres sorda? Es el Mayor de los Baorrounotti el que está afuera y feliz no creo que esté. Si Liliana se va con él, posiblemente ese mounstro la mate antes del anochecer y ni siquiera podamos enterrar su cuerpo... Pero en cambio tú... Tú vales menos que ella. Serás tú quien se vaya con él y calme su rabia.— le dijo y Leticia palideció.