Cuando regresó a su casa, las sirvientas cucheaban aún en la cocina, ya no sólo sobre Michelangelo y Leticia en la habitación desde hacía rato. Miguel Ángel se les apareció en la cocina y a Rosita casi se le escapa el alma.
—¡Joven Amo! ¡Casi me mata de un susto! ¿Desde cuándo tiene ésta habilidad nueva?—
Pero el guardia y Teresita huyeron apenas vieron la figura fantasmagórica del más pequeño de los Baorrounotti. Por señas, Miguel Ángel le pregunta qué pasa. Y ella le cuenta lo ocurrido, agregando que Karim había llegado hacía un rato y después de verlo en su cuna, se había encerrado en su habitación. Pero Samuel estaba con él.
“Rayos, los mejores chismes pasan justo cuando soy un bebé y no puedo hablar.” dice, y aunque Rosita no lo escucha, entendió perfectamente lo que decía.
—Joven Amo no vaya a asomarse. Respete a sus padres por favor.— le dice Rosita en advertencia.
Él niega con la cabeza. No era a Leticia y a su papá a los que quería capturar infraganti. Su mirada de malicia inocente y juvenil le dijo a Rosita que planeaba hacer alguna travesura. No se equivocaba.
Karim y Samuel estaban en la habitación de Karim, más cerca uno del otro de lo que deberían si lo que dijo Samuel fuese cierto. Karim susurró algo en el oído de Samuel y él cerró los ojos, como saboreando la frase, disfrutando de su voz. Karim se sentó en sus piernas y lo rodeó con sus brazos.
—Si el Jefe nos descubre nos vamos a meter en problemas. Sobretodo porque ya nuestro bello sobrino me confrontó cara a cara y sin el más mínimo ápice de duda.— dice Samuel y Karim se tensa.
—¿Le dijiste?—
—Claro que no. Te recuerdo que todo lo que se le diga a Miguel Ángel, su padre lo sabe. Pero nos va a dar problemas si no le decimos la verdad. Igual estaremos en problemas si el Jefe nos descubre ahora.—
—Michel' está bien ocupado ahora. Lo suficiente como para que tú y yo...—
—No me atrevería. Eres demasiado ruidoso. Gracias a tus gemidos es que nuestro sobrino sabe que tenemos algo.—
—Eso es culpa tuya, mi chocolate manos-largas.—
Samuel lo miró a los ojos y no pudo evitar enrojecer. Lo quería. Y arriesgaba todo cada vez que le permitía acercarse. Trabajo, reputación y hasta la vida si Michelangelo consideraba traición lo que estaba haciendo con su hermanito. Pero no podía alejarse de él. Lo amaba. Cada parte de él. Incluso en sus momentos más esquizofrénicos lo amaba. De hecho, en esos momentos lo amaba más. Porque en su locura, Karim tenía una extraña forma de amar y pensar. Y eso lo volvía loco por él.
—No sé cómo fue que logré que me miraras Samuel, aún con mi hermano de por medio. No sé cómo fue que elegiste estar conmigo aún sabiendo que yo no sé siquiera diferenciar entre la realidad y las 'sombras' sin mis pastillas. Posiblemente me vuelva loco antes de los 40.—
—Karim... Te amo.—
—Yo también...—
Karim acercó sus labios a los de él, pero Samuel fue el que se apoderó de los de él, como reclamando que eran suyos. Sus manos se pasearon por la espalda de Karim, con la sensación y la certeza de que, valía la pena morir si podía tenerlo a él. Pero no quería que sufriera. No como su hermano mayor había sufrido ya. No como su sobrino. No como él, rechazado y criticado por su familia. Por eso los Baorrounotti eran el centro de su universo. Pero Karim era el que mantenía fijo ese universo.
Samuel se apoderó de su cuello entre besos y caricias, deshaciéndose rápidamente de la camisa que evitaba que sus manos sintieran su piel. Karim acariciaba su cabello sin dejar de mirarlo. En ese momento, el mundo estaba reducido a ellos dos. Y era cierto: Karim no sabía mucho de emociones gracias a sus padres. Ellos se encargaron de inculcarle que las emociones lo hacían débil. Pero incluso sabía algo que ellos intentaron borrarle. El amor lo hacía más firme, más fuerte. No sabía mucho del tema, solo lo suficiente. Amaba a su familia, pero no del mismo modo que amaba al hombre entre sus brazos. Con él iría hasta el fin del mundo. Si por su hermano y su sobrino había combatido mafia, demonios y entidades, por Samuel se podía enfrentar hasta al mismo Infierno. O a su hermano enojado, que equivalía a lo mismo.
Los pasos de Michelangelo se escucharon en el pasillo y ellos se tensaron. Los pasos se detuvieron en la puerta de la habitación y Karim se congeló. Pero el bebé empezó a llorar y Michelangelo fue corriendo a su habitación. Ellos suspiraron aliviados. Y así fue que Samuel notó la figura de Miguel Ángel, ahora más traslúcida, en el espejo del tocador, como si estuviera parado en una esquina de la habitación. Karim palideció y Samuel contuvo la respiración.
“—Me la deben.—” les dijo por señas mientras el llanto del bebé continuaba. Luego desapareció.
Karim respiró aliviado y Samuel se apoyó en su pecho, finalmente respirando.
—A saber cuánto tiempo tenía el Rayito de Sol allí mirando... Porqué poco...—
—Nuestro sobrino nos acaba de salvar de que el Jefe nos descubra, Karim.— Se dejó caer para atrás y se cubrió los ojos.— ¡Creador, de lo que nos libras mandando al pequeño angelito!—
Karim soltó una carcajada y se acostó sobre él. Poco después, Karim salió primero de la habitación. Samuel salió después y se fue hacia la sala de control fuera de la casa sin que nadie lo viera. Karim llegó a la puerta de la habitación de Miguel Ángel y golpeó el marco. Entró, pero desvió la mirada rápido. Leticia estaba dándole de comer al bebé, mientras Michelangelo la veía embobado.
—¿Podrían tapar el dispensador de comida de mi sobrino para poder entrar?— dice y Michelangelo voltea a mirarlo. Apenas notaba que estaba ahí. Leticia se cubrió con una mantita del bebé.— Así está mejor.—
—Ey, ¿De cuando acá tú vuelves a casa sin avisar?—
—Si no fuera importante no me habría regresado Michel'... Claro que cuando llegué estabas ocupado... En realidad, creí que ibas a tardar más.— dijo burlón y el comentario ofendió a Michelangelo.