Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 61:

Esa tarde en la casa de los Baorrounotti en Milán, Michelangelo y Leticia conversaban mientras ella se daba una ducha, él sostenía y jugaba con el bebé. Estaban en la habitación de Leticia, dónde Michelangelo se había encargado de cubrir los espejos antes de meter al bebé allí. Leticia se duchó y salió del baño secándose con camino al vestidor.

—La ropa está aquí.— le dijo Michelangelo señalando el vestido verde agua en la cama.

Leticia afiló la mirada. Él trató de no reír.

—Igual tengo que buscar ropa interior.— le dijo entrando en el vestidor.

Michelangelo chasqueó la lengua.

—Si quieres otra cosa, simplemente tienes que decírmelo Michel'. No pretendas hacerme caer con pequeños trucos de muchacho enamorado.—

—En eso me convertiste...— murmuró y ella lo quedó mirando.

—¿Mi señor esposo se avergüenza de estar enamorado?—

—No. No me puedo avergonzar de quererte a tí. Pero, si me causa vergüenza admitirlo delante de mi bebé cuando me mira con esos ojitos.— se inclinó sobre el bebé y le besó la frente. Él extendió sus manitos y le tocó la cara.

—Esos ojitos saben más de lo que crees, Michel'.—

—Si... Para mí desdicha.— dijo y siguió jugando con el bebé.

Leticia los miraba con una sonrisa.

—Michel'...—

—¿Pasa algo?—

—Yo... Necesito contarte algo.— Michelangelo la miró y ladeó la cabeza. Su sonrisa había desaparecido.

—¿Qué pasa?—

—Aun nada... Pero tengo una mala sensación desde hace rato... No sabría decirte... Yo... Es como si me vigilara algo... Cómo si hubiese algo que me advierte de algo malo que va a pasar.—

—Leticia... ¿No habrás tocado alguna herida de Miguel Ángel verdad?—

—Yo no. No que sepa.—

—¿Te escupió o algo? Leticia, lo que sea debes de decirme. Todo lo que sale de su cuerpo puede afectarte si entra en el tuyo.—

—No recuerdo haber...— pero entonces, recordó que la noche anterior había succionado su nariz para sacarle mocos y vómito y evitar que se asfixiara.— Ah rayos...—

—¿Leti'?—

—Yo... Si tuve que...— Michelangelo cerró los ojos con fuerza.

Sacó a Leticia a rastras y la dejó dentro de la habitación de Miguel Ángel. Allí la dejó con el bebé en brazos.

—¡Rosita! Sella la casa. Voy y vengo. No abras a nada hasta que yo llegue.— le dijo y Rosita lo miró espantada.— Tú y yo tenemos una clave. Si no la digo, no abras. Y no dejes a Leticia salir de allí. Trata de explicarle qué fue lo que hizo.—

Michelangelo entró a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en el suelo, juntó sus manos, y tras decir una oración, su cuerpo se elevó del suelo y desapareció. Apareció en el Plano Austral, en la Casa de Asuer.

—¡Ah, mira por fin quién aparece! ¡Felicidades, ¿Ves que obedecer siempre trae buenas recompensas?! Ahora, espero no hayas venido a preguntar qué vas a hacer con ella, porque es bofetadas lo que vas a llevar.— le dijo Sedequías apenas llegó.

—La bendición abuelo. En realidad vengo a preguntarles algo urgente.— dijo y Sedequías lo miró con preocupación.

—¿Grave?—

—Eso creo.—

Días antes, cuando dialogaban qué podían hacer para mantener a salvo a Miguel Ángel, Sedequías le dijo que apenas le dieran oportunidad de casarse, lo hiciera. Pero no con la segunda mujer, sino con la primera. Le dijeron que esa mujer sería su bendición si obedecía. Michelangelo no lo entendió hasta que su padre lo llamó por el tema de Karim. Sedequías y Michelangelo entraron al patio, dónde Ezequiel Primero, Mateo y Andrés jugaban con varias mujeres. Una de ellas arrojó la pelota con tanta fuerza que estrelló uno de los vitrales del piso de arriba, cayendo casi a propósito en la mesa dónde Asuer, Sarah y Mariè compartían un té, volcándolo todo. Inmediatamente, todos se convirtieron en leones y huyeron del sitio. Y sin embargo, no engañaban a Asuer. Pero se distrajo al asomarse y ver a Michelangelo y Sedequías entrar a la casa.

—¿Qué pasaría...— se pregunta en voz alta. Sarah a su lado miró lo mismo.

—Yo sí sé. La esposa de Michelangelo ni siquiera sabe dónde está parada y se atrevió a darle del pecho a Ezequiel.— dice Sarah con algo de rabia en la voz. Ella era la madre de Asuer.

—Déjala. Veremos si realmente es capaz de resistir.— dice Lea entrando a la sala.

—¿Lea?—

—Considerando que es una muchacha normal, por no decir ordinaria, es posible que ni siquiera resista cuando comience a sentir las energías, mucho menos cuando le toque canalizar las emociones del niño que pretende adoptar como suyo.— a Mariè no le gustó el comentario.

—Eso sonó demasiado despectivo para mí gusto, abuela. ¿No la están juzgando demasiado rápido?—

—No lo hacemos. Lo sabemos. Puede que sea una buena esposa para Mathías. Pero no es digna de siquiera tocarle los pies a Ezequiel.— dice Asuer ladeando la cabeza con arrogancia.

Mariè salió de la sala tratando de no verse tan enojada como estaba. Lo sabía. Le iban a poner trabas a Leticia.

Sedequías y Michelangelo estaban parados frente a un pedestal con una bola de cristal. En el reflejo del cristal apareció la imagen de una serpiente que se deslizaba y veía sin hacer ningún movimiento brusco. Pero segundos después, la serpiente se vió enrollándose en el talón de una mujer, haciéndola caer y luego mordiéndola. La imagen cambia y tres dragones salen de su cueva y sobrevuelan una casa en construcción. Comienzan a lanzar fuego sobre la casa y no se detienen hasta que carbonizan los cimientos. Una leona sale de la casa carbonizada con su leoncito en las fauces, los dragones se lanzan sobre ella y le empiezan a golpear. Sin embargo la leona seguía corriendo con su leoncito. En una de éstas, los dragones le tienden una trampa y hacen caer a la leona. El leoncito rueda y queda escondido entre arbustos. Pero los dragones queman el arbusto, destruyendo al leoncito y luego matan a la leona. Sedequías y Michelangelo palidecieron. Luego una imagen aparece. Una balanza. De un lado, un plato con gemas preciosas, oro y flores. Del otro, pergaminos de Ley, libros de Protocolo. Y la Balanza se inclinó del lado de los libros y Pergaminos. Michelangelo resopló. Era más que evidente, al menos esa última. La Ley tenía más Peso que la Valía, atributos o dulzor. Y sabía que ese juicio era contra Leticia. Y cuando Mariè le contó lo ocurrido y las palabras de Asuer, Sarah y Lea, más que claro quedó. Michelangelo regresó al Plano Terrenal con la espina de aquello clavada entre las cejas.



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En el texto hay: comedia, drama y secretos, curación y magia

Editado: 14.07.2026

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