Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 62:

La mañana del 12 de enero llega en el Reginato con las voces de muchos jóvenes, impacientes por continuar sus clases. Habiendo cumplido su primer semestre entre agosto y diciembre, el segundo semestre comenzaba con la especialización a la que habían sido asignados. Las cartas habían llegado días antes. Todos estaban ya uniformados en la sala de Misas, esperando únicamente instrucciones para avanzar a sus respectivos pabellones.

La misa comenzó tranquilamente, sin que nadie advirtiera a la figura masculina al fondo de la sala, escondido entre las sombras de los pilares ya sin luz por la ausencia del verdadero Ezequiel. Sus uñas estaban pintadas de negro y su uniforme era del mismo color, con detalles en blanco, conforme al protocolo y enseñanzas de los Exorcistas del Reginato. Una gargantilla roja estaba en su cuello, sin posibilidad de quitársela. Era la marca que Luis le había dado para que, de presentarse algún problema, pudiera salvarlo. Sabía que el Adeleine allí no era su Príncipe y sin embargo, le aterraba que resultara herido de alguna manera.

La clase de los Exorcistas avanzó tranquilamente hacia su salón, dónde un profesor amable los esperaba. Ellos reían y se saludaban entre sí, cuando la entrada de un estudiante nuevo los hizo congelarse. Incluso al profesor.

—Buenos días.— dijo Miguel Ángel en la puerta del salón con una reverencia, sin levantar la mirada en ningún momento.

—¿Y tú?— pregunta el profesor con una mezcla de duda y hostilidad.

—Se me asignó a ésta clase.— contestó él sin mirarlo. El profesor se acercó y tocó la gargantilla en su cuello.

—¿Dónde está tu carta? ¿Quien te ha dejado llegar hasta aquí?— le dijo y Luis apareció detrás de Miguel Ángel.

—Yo soy el padrino de Adeleine. Y su carta está aquí.— dijo resoplando con desagrado.

—¿Y es legal que él estudie con los hijos de los fieles?—

—Yo diría que no, pero son órdenes del Regente. Debemos cumplir órdenes por mucho que nos cueste.— dice Luis con desprecio en la voz.

—¿Al menos está sellado?—

—Claro, para eso es la gargantilla. De todos modos avísame si se te rebela en lo más mínimo.—le dijo y tomó a Miguel Ángel de la gargantilla delante de todo el salón.— Y tú, Adeleine. Ya hablé contigo. Atrévete a causar problemas y te aseguro que ni siquiera el Príncipe podrá salvarte. Ya mucho hacen perdonándote la vida incluso cuando a los que traicionaste pidieron tu cabeza... Compórtate.—

—Está claro, Arzobispo.— contestó él con calma y Luis lo empujó.

Miguel Ángel se tambaleó y casi cae al suelo. Entró con la mirada en el suelo y se sentó en el último asiento del salón, lejos de dónde cualquiera se había sentado. De hecho, la mayoría estaban en grupos cerca del escritorio del profesor. Luis le dedicó una mirada. Él levantó los ojos y asintió levemente. Sólo entonces Luis se fue. El profesor siguió hablando, pero el ambiente en el salón estaba incómodo. Los estudiantes trataban de escucharlo, pero no podían evitar voltear de a varias veces a ver a Miguel Ángel. Hasta que finalmente uno de los jóvenes levantó la mano y pidió la palabra.

—Profesor, ¿No es más inseguro que él esté al fondo dónde no podemos ver qué hace y estar apercibidos?— dice el muchacho con desagrado.

—Si, profesor, a decir verdad da miedo siquiera que él esté aquí. Si traicionó a los suyos, ¿No es seguro que nos quiera atacar en cualquier momento?— dice otro de los jóvenes.

—Adeleine. Sentado aquí al frente. Sin protestas, aunque de todos modos no creo que tengas derecho siquiera a hablar aquí.— dice el profesor con sorna en la última frase.

Uno de los chicos murmuró algo y los demás rieron en voz baja.

—¡Ey cállense! ¿No les da miedo que nos ataque?— dice uno de ellos.

—Tiene un collar de control. Si usa apenas el mínimo de su poder, el Arzobispo Luis lo liquidará en el acto.— responde otro tranquilamente y el profesor asiente.

Miguel Ángel caminó hacia el asiento que el profesor le indicaba. Pero al pasar junto al grupo, uno de los jóvenes le metió el pie y lo hizo caer únicamente para demostrar su punto. Miguel Ángel cayó al suelo y los libros y cuadernos en su bolso (de hecho más de los que debía llevar) se esparcieron en el suelo. Los estudiantes empezaron a reír, mientras uno de ellos miraba la escena espantado. Miró buscando la mirada del profesor para que interviniera, pero éste se reía también. Allí lo entendió. No habría justicia para ese muchacho dentro de esos muros. Y si se implicaba en el asunto, sería el semestre más largo de la historia para él. Miguel Ángel recogió sus cosas y se levantó sin decir nada, ni siquiera su expresión cambió. Fue hasta el asiento y se sentó tranquilamente, como si segundos antes nada hubiera ocurrido. Su espalda estaba recta, sus manos colocadas sobre la mesa según antiguos protocolos y su mirada estaba fija en el suelo, mirando a veces hacia el escritorio, pero sin mirar al profesor. Las risas se detuvieron. Varios profesores llegaron entonces y se sentaron frente a la clase. Uno de ellos deparó en Miguel Ángel. Lo miró de arriba a abajo y negó con la cabeza. Pero igual, todos ellos se presentaron con profesionalismo ante los jóvenes. Luego se sentaron y empezaron a hablar con ellos. Los jóvenes empezaron a presentarse y en cierto modo a presumir de qué clan venían. El único que no se presentó fue Miguel Ángel. Él estaba sentado en su sitio, anotando algo en una libreta. Un profesor le exigió enseñar qué escribía. Él le extendió la libreta. Estaba traduciendo una de las frases dichas por uno de los profesores al español porque todos ahí hablaban en italiano.

—¿No hablas nuestro idioma Adeleine?— preguntó el profesor con desprecio. Él asintió.— ¿Y ésto qué es entonces?—

—Sé hablar en Italiano, pero no lo puedo escribir del todo bien, profesor.— responde sin levantar la mirada. El profesor lo mira de arriba a abajo.

—¿Cuánto tiempo va a estar él con nosotros?— pregunta sin disimular el desprecio que sentía.



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En el texto hay: comedia, drama y secretos, curación y magia

Editado: 02.08.2026

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