Leticia subió las escaleras sin mirar a Michelangelo de nuevo y fue a ver a Miguel Ángel. Él jugaba con su sonajero tranquilamente en su cuna. Ella sonrió al verlo. Michelangelo apareció tras ella y la tocó.
—Leti', amor mío, ¿Estás enfadada?— le dijo acariciando sus hombros.
—No podría. Usted tiene derecho a recibir a quién quiera en su casa.— responde ella y avanzó hacia Miguel Ángel.
Michelangelo palideció. Era la primera vez que Leticia se apartaba y rechazaba sus caricias. Fue a su habitación con dolor, rabia y arrepentimiento mezclándose en él. Regresó furioso a la habitación de Miguel Ángel, pero escuchó a Leticia llorando y hablando con el bebé. Su furia desapareció al instante.
—Si cariño, sé que exageré pero, entiéndeme. La tipa es preciosa, es elegante, parece toda una modelo... Y yo... No me molesta que la reciba... Me aterra... La dejó entrar una vez y esa cualquiera va a seguir intentando hasta que tu padre ceda. ¿Cómo no va a ceder? La tipa es perfecta. Y yo... Yo soy tan normal... Pareceré segura, pero esa mujer fue prometida de tu papá... Sabe cosas... Y yo... Yo enserio lamento que tengas que escuchar ésta niñería mía bebé. Al final del día, si tu papá quiere cambiarme, simplemente lo hará sin dar aviso de ningún tipo. Mejor no afanarse por eso. Yo no voy a irme hasta que ustedes lo deseen. Y si tu papá así lo quiere, supongo que estará bien.— dijo Leticia entre lágrimas y el bebé empezó a llorar también.
No entendía nada de lo que estaba pasando, pero veía llorar a su mamá y lloró también. Leticia lo consoló en sus brazos, cantándole una canción en latín que ni siquiera ella recordaba de dónde sabía. Michelangelo escuchó aquello y volvió a su habitación. Poco después de dormir al bebé, Leticia fue a su habitación y siguió llorando. Michelangelo podía oírla y ese sólo sonido lo desesperaba. Fue a su habitación y le tocó la puerta. Pero Leticia no quería abrir.
—Leticia... Déjame entrar por favor.— le dijo y Leticia abrió la puerta y se apartó sin levantar la mirada.
Michelangelo la tomó de los brazos con la brusquedad que su desesperación le impidió frenar. Leticia se quedó paralizada, mirando esos ojos azules que parecían suplicarle.
—Amor mío, habla conmigo por favor. Dime qué es lo que te molesta. Te lo pido.— le dijo casi suplicando.
El hombre más poderoso de Europa estaba a punto de colapsar porque no sabía porqué su mujer estaba enojada con él. Irónico si, pero aquello hizo que el corazón de Leticia diera un salto.
—Michel'... Yo... Yo... ¡Yo no quiero perderte!— exclamó y rompió a llorar con fuerza.
Michelangelo la abrazó aún sin entender nada. Y solo entre sollozos pudo finalmente entender qué tenía a Leticia tan insegura. Y es que sí, Romina era hermosa, con una figura seductora y de modales impecables.
—Leticia, esa criatura no es ni siquiera la cuarta parte de mujer que eres tú. Ni siquiera gente se le puede considerar. Leti', amor mío. Si me gustaran las mujeres como ella, ¿Estaría casado contigo? Claro que no, porque ella es sólo apariencia. Es técnicamente lo mismo que un jarrón. Y tú eres una mujer, Leticia, en todo el sentido de la palabra. Mírame Leti'. Me aceptaste tal cual era, con todas mis heridas y hostilidades, con toda la locura que me rodea. Incluso aceptaste el pedazo de mí que complica todo el universo. ¿Y tú crees que voy a cambiarte por un jarrón bonito? Y a la Romina le voy a mandar a cortar la lengua porque lo primero que le dije fue que no se atreviera a hablar mal de ti.— dijo y sacó su teléfono de su bolsillo.— De hecho cuando fui a la puerta yo lo que iba era a dispararle, pero la pateada de orgullo que le diste me distrajo demasiado. No llores mi amor. No sería capaz de cambiarte ni siquiera en nuestra vejez...—
—¿Quieres que me quede contigo incluso siendo viejitos?—
—¡Claro! ¿Quien no va a querer verte tomando tecito todas las tardes y regañando a Miguel Ángel cuando quiera regañar a tus nietos por las mismas cosas que hace él?— le dijo sonriente, texteando tal vez el mensaje que determinaría el como iba a morir Romina.
Leticia dejó de llorar sólo imaginando la escena. Sin notarlo, sonrió y enrojeció de ternura. Y le tapó la pantalla del teléfono a Michelangelo.
—Por favor...—
—No Michel', déjala correr. No ataques por simple rabia. Espera que hayan razones y ya ahí actúas.—
—No es una amenaza para tí, amor mío.—
—No te estoy diciendo que la mates Michel', por amor al Creador.— dijo entre risas.
—A mí me parece que sí.—
Ella se aferró a su pecho.
—A mí me da la impresión de que tienes las hormonas algo desordenadas.— dijo Michelangelo percibiendo cierto gesto motriz que su esposa hacía únicamente cuando deseaba ser el lienzo de sus besos.
—No me culpes, estoy amamantando.— respondió y él la miró a los ojos. Negó con la cabeza y comenzó a besarla.
Rato más tarde, Leticia y el bebé salieron de la casa hacia el hospital, pero Michelangelo no fue con ellos. Él quedó alistando todo para cuando Leticia empezara las clases a finales de ese mes. Le costó muchísimo convencerla, así que debía arreglar todo antes de que se arrepintiera. Cuando Leticia llegó al hospital con el bebé en sus brazos, ya había una enfermera afuera esperándola.
—¿Señora Baorrounotti?— le preguntó al verla bajar con sus escoltas. Ella asintió con una sonrisa.— Un placer conocerla. Venga conmigo, los doctores están esperando en el tercer piso.—
Ella subió con el bebé en sus brazos hasta un consultorio que tenía runas pintadas en el marco. Allí entró y el médico la recibió con una sonrisa.
—Buenas tardes, Lady Leticia. Es un gusto conocerla. Joven Príncipe, gusto verlo otra vez.—les dijo.—Por favor tome asiento, ¿Desea agua o algo?—
—Estoy bien, muchas gracias doctor.— le dijo ella sonriente, pero algo nerviosa. El doctor asintió mirándola a los ojos y anotó algo en su libreta.
—Mi Lady, me voy a explicar un poco por si acaso no lo hicieron. El día de hoy estamos alrededor de 8 especialistas para atenderla a usted y al Joven Príncipe, en compañía de un Obispo que se encargará de cuidar al Joven Príncipe durante la consulta.— explicó y Leticia se tensó.