Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 66:

Pasa casi un mes sin que Michelangelo reciba noticias sobre sus hermanos y su madrastra. Ni siquiera Karim cuando volvió a Milán se atrevió a comentar lo sucedido. De todos modos, por ley de los Baorrounotti, Laureem merecía la muerte y Federico tener las piernas rotas. Pese a lo que hicieron, Michelangelo les había tenido misericordia, pero le preocupaba el hecho de que Leticia sí era capaz de matar a su cuñada. En defensa propia jamás se atrevería a hacer algo así. Pero había sido muy específica. “Si se acerca a nuestro hijo... La voy a matar.” Y pese a que lo negaba, sí era capaz de hacerlo. Leticia se había vuelto la leona de la visión sin saberlo, ganándose el desprecio de Lea y Asuer, pero los demás ancestros la respetaban.

Es el 16 de febrero en el Reginato. Un mes completo de desprecios y miradas de odio y compasión en los pasillos del Pabellón de los Exorcistas para Miguel Ángel Adeleine. Para seguir con su farsa, Luis se había encargado de hacer creer que le había dado una paliza gracias a los profesores. Eso los hacía creer en que sus palabras podían condenar al muchacho. Y ese poder parecía complacerlos. Las clases teóricas estaban por terminar, y las prácticas se acercaban como serpientes peligrosas y sedientas del dolor de un joven que en apariencia, por muchos empujones y humillaciones que recibiera, nunca cambiaba su expresión.

—A veces admiro a Adeleine.— dice uno de los muchachos mientras almorzaban en el comedor de la escuela.

Adeleine estaba sentado en una esquina, en el suelo dado que no se le permitía sentarse en los asientos, comiendo con rapidez y sin embargo, con una elegancia propia de quienes fueron criados recibiendo castigos por no seguir la Etiqueta. Los chicos lo miraban con algo parecido al reconocimiento.

—Pese a todo, siempre está tranquilo, como un anciano.— dice otro, sin sonar a burla. Ya no.

En eso, la marca en su mano volvió a brillar. Su expresión cambió a preocupación. Se levantó de golpe, dejó la bandeja con la comida en una mesa cercana y salió del comedor rápido.

—¡Eh, Adeleine! ¡Te van a suspender!— le gritó uno de sus compañeros.

Él volteó a mirarlo. Luego la marca. Y los miró con una sonrisa que parecía dolerle. Ellos palidecieron.

—Lo sé. Pero valdrá la pena.— les dijo y salió del comedor corriendo.

—¡Adeleine, ¿A dónde vas?!— gritó un profesor. Pero él lo ignoró.

Varios estudiantes y los profesores lo siguieron. Adeleine corrió hasta pararse frente al Regente y recibir un disparo en el pecho que iba para él. Cayó al suelo, pero inmediatamente se recompuso y atacó con agujas de hielo al tirador. Luego fue hasta donde Ezequiel combatía con varios hombres armados. Juntos, a fuerza de ataques, lograron repelerlos en una pelea que duró varios minutos. Lograron repelerlos, hasta que Adeleine sacó a Ezequiel de la sala, llevándolo a un lugar que se suponía era seguro. Pero de la nada, Dion apareció tras ellos. Adeleine se paró entre Ezequiel y Dion, sabiendo que era totalmente vulnerable delante de él.

—¿Y tú? ¿De dónde saliste tú?— le pregunta, pero él no le responde.

Ante los ojos de Dion, ese no era Miguel Ángel, lo veía como lo que era, alguien parecido al Príncipe Ezequiel que él venía a buscar. Los miró unos segundos con arrogancia y atacó. Con ese ataque, hizo que Adeleine cayera de rodillas, vomitando sangre. Ezequiel se acercó y lo sostuvo en sus brazos, tratando de curarlo.

—Mira eso, es tan fácil destruir a los que te rodean. ¿Y tú crees que no soy capaz?— dice Dion con una sonrisa ladeada.

—¡Para! ¡Déjalo en paz!... No me equivoqué contigo, eres tan cobarde que prefieres herir a los demás y lastimar a los que se supone debes proteger únicamente por tu codicia.— le gritó Ezequiel mientras Adeleine dejaba de respirar. Ezequiel le rompió la gargantilla roja.

Dion lo miró con odio unos segundos y sacó una daga roja de sus manos.

—Preferiría esperar a que Mathías aparezca, pero ya que insistes en morir, ven pequeño Príncipe, es tu momento.— le dijo y lo apuntó con la daga.

—Ven y trata si te crees tan fuerte. Porque valiente todos sabemos que no eres.— provocó Ezequiel, haciendo que Dion sintiera la sangre hervir.

Dion atacó y Ezequiel retrocedió, atacando y retrocediendo. Mientras Dion atacaba, él iba retrocediendo disimuladamente, sin atacar directamente.

—¿Qué te pasa? ¿De tanto llamarme cobarde te acobardaste tú?— le dijo, pero Ezequiel no respondió.

Lo había atraído hasta el Pabellón de Mística. Allí, Ezequiel atacó varias veces, pero sus ataques no surtieron efecto en Dion. Éste sonrió satisfecho y atacó. Salomón se paró a la puerta del Pabellón. Amós cubrió las ventanas. Y Daniel cubrió la otra salida con su energía. Pero Dion no lo advirtió. Estaba ocupado en herir al Ezequiel frente a él. Y solo cuando lo apuñaló de lleno en el pecho, advirtió que algo iba mal. La herida no sangró. Entonces Adeleine le congeló el cuerpo entero. Y una cadena dorada salió de la herida en el pecho de Ezequiel. La cadena voló hacia Dion y lo envolvió. No pudo hacer nada para resistirse. Intentó escapar usando su teletransporte, pero todas las salidas estaban selladas. Miró a Ezequiel con desesperación y odio. Otra cadena salió y lo envolvió. Las cadenas se deslizaron sobre el cuerpo de Dion hasta dejarlo totalmente inmóvil. El traje desapareció y en su lugar quedó Dandelion, de pie, sonriente y con las manos en la cintura.

—Mira que su Alteza tenía razón. Sólo había que esperar. Eres tan arrogante que era cuestión de tiempo para que atacaras por tí mismo.— dice Dandelion y Adeleine se para a su lado.

Se agacha hasta quedar frente a Dion, ya inmóvil y a punto de perder la conciencia.

—Ahí vas a quedarte una buena temporada. Y más te vale que al salir busques al Príncipe Luciel en vez de venir a causar problemas. Porque a la próxima... No te vamos a tener tanto respeto y misericordia.— le dijo Adeleine y Dion notó la voz de Ezequiel en él, notando también lo claros que eran sus ojos en comparación al Ezequiel original.



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En el texto hay: comedia, drama y secretos, curación y magia

Editado: 02.08.2026

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