—¡Alguien ayúdeme, por piedad! ¡Ésta mujer se está robando a mí hijo! ¡Alguien tiene que ayudarme!— gritaba la mujer y volvió a acercarse a dónde Leticia, ya asustada, abrazaba al bebé contra sí.
Una multitud de personas las rodeó con confusión.
—¡Devuélveme a mi hijo sino llamo a la policía!— le gritó a Leticia y ésta ni se inmutó.
—Si, por favor llamen a la policía. El niño es mi hijo. Yo entré con él aquí. Y si me lo estuviera robando, ¿No estaría el bebé llorando? ¿Me habría quedado comprando víveres?— le dijo Leticia en voz alta, sin enfadarse, pero con cautela.
—¿Te crees muy lista? ¡¿Cómo vas a decir que es tuyo?! ¡Devuélveme a mi hijo, ladrona! ¡Por favor tienen que ayudarme!— dijo y una mujer se acercó a Leticia.
Pero ella se apartó rápidamente.
—¡¿Si no te robaste a mi bebé por qué te apartas?!— le grita la mujer histérica.
—Porque no voy a dejar que nadie toque a mí hijo. Y sí realmente te robaron a tu bebé ¿Qué haces gritando y pidiendo ayuda a desconocidos en vez de llamar a la policía?— le dijo Leticia y rápidamente buscó su teléfono en el bolso.
—¡Cuidado, tiene un arma!— gritó la mujer y los vigilantes del supermercado corrieron hacia Leticia.
Leticia los miró con una mezcla de confusión y burla mientras marcaba ella misma a la policía. Pero el vigilante le quitó el teléfono.
—Señora, deme al bebé mientras aclaramos ésta situación.— le dijo el vigilante y Leticia retrocedió.
—¡No! Aquí no hay nada que aclarar. Ustedes me vieron entrar con mi bebé en brazos, ¿Y me lo piensan quitar porque ésta señora enloquecida dice que es suyo?— exclamó y Miguel Ángel se tensó.
—No haga ésto más difícil.—
—Sí hago ésto más difícil. Llame a la policía o deje que yo los llame. Pero hasta que ellos vengan a mi hijo no lo toca nadie.— dijo y varias personas se acercaron a ella.
—¡¿Lo ven?! ¡Se está robando a mí bebé! ¡Por favor ayúdenme a recuperarlo!— gritó la mujer otra vez y siguió gritando hasta que la gente rodeó a Leticia.
Ella le quitó el teléfono de la mano al guardia.
—A ver todos, por si no han notado que es ella quien quiere su ayuda para robar a mi bebé y que parezca un malentendido porque ustedes la ayudaron, les voy a dar tres cosas para que vean que el niño es mío que ella no tiene. A ver tú.— dijo Leticia ya gritando y señaló a la mujer.— Si el bebé el tuyo, ¿Donde se supone que está su pañalera con sus cosas?—
La mujer dejó de gritar mientras procesaba. Miguel Ángel en la cangurera estaba tenso y Leticia le acarició la cabecita para calmarlo.
—¡Eres una desgraciada, tratando con todo de poder robarte a mi niño! ¡La cangurera está en el carro, la dejé ahí cuando pasaste y me quitaste al bebé!— le gritó.
—Buena excusa, a ver, muestra fotos del bebé en tu teléfono. Si eres la madre, deberías tener al menos 5 fotos de él.— le dijo y la mujer retrocedió, pero la gente la rodeaba y le impedía el paso.
—Mi teléfono es nuevo, perdí las fotos del bebé en el anterior. Por favor ya no le crean, se va a robar a mi hijo si la dejan irse.— dice la mujer volviendo a suplicar a la gente a su alrededor.
Pero ya no la veían con preocupación y ya no veían a Leticia con rabia e indignación. Ahora todos dudaban. Leticia levantó su teléfono con mil fotos del bebé en su cuna, en la sala de la casa jugando, viendo caricaturas, en el patio jugando, sobre la mesa del comedor, ect. La mujer retrocedió, pero la gente no la dejó irse.
—A ver, y para que a nadie le quede duda. Tenga, señor vigilante. Ésta carpeta está llena con recetas médicas del bebé de hoy mismo. Usted va a ser testigo y va a verificar. Y tú, ¿Cuál es el nombre del bebé y cuántos meses tiene?— le dijo Leticia dejando la carpeta que estaba en el carrito en manos del vigilante. Él sacó una de las recetas. Y palideció al ver el nombre.
—Tiene 8 meses...— murmuró la mujer y Leticia sonrió.
—¿Y el nombre?— gritó un hombre tras Leticia.
—El nombre del bebé es Miguel Ángel y tiene 6 meses.— dijo Leticia y señaló al vigilante.— Verifique usted. ¿Quién es el paciente en las recetas médicas?—
—¿Tengo que hacerlo?— pregunta el vigilante con miedo y tragando saliva.
—¡Si, tienes que hacerlo porque me arrebataste el teléfono de las manos cuando quise pedir ayuda porque una mujer loca gritó diciendo que mi hijo es suyo y usted pretendía quitármelo para dárselo a ella! ¡Ahora lea el nombre y acepte su error!— le grita Leticia. Ya habían guardaespaldas cerca de ellos.
—Paciente pediátrico de 6 meses... Miguel Ángel Baorrounotti Galvez.— dijo y bajó la mirada, sabiendo que posiblemente su vida terminaría ese día. Dejó la carpeta en el carrito lentamente, resignado.
Los guardaespaldas se llevaron a la mujer sin mediar palabra mientras ella gritaba que había sido un error, que se le perdonara la vida, que jamás lo volvería a hacer. Pero Leticia ya no podía prestar atención a eso. En su mente danzaba el nombre con el que Michelangelo y Salomón habían presentado al bebé en el hospital. “Miguel Ángel Baorrounotti Galvez” pensó y lágrimas escaparon de sus ojos.
—Mi Señora, por favor perdónenos.— le dijo uno de los guardias con una reverencia. Otros dos tenían al vigilante atrapado.— ¿Quiere que nos ocupemos de él?—
Sólo así Leticia volvió en sí y se secó las lágrimas.
—¿Qué? ¡No! Chicos, sueltenlo.— les dijo Leticia y ellos obedecieron de inmediato, dejando al vigilante de pie en el suelo, acomodando su gorra y hasta las mangas de su uniforme que arrugaron. Ella negó con la cabeza riendo.
Leticia abrazó al bebé y sus ojos volvieron a cristalizarse.
—Oye Damián.— llamó Leticia a uno de los guardias.
—Mande.—
—Lleva ésto a caja y paga con mi tarjeta.— dijo dejando su monedero en manos del guardia.— Estaré en el auto.—
Sin esperar respuesta, agarró la carpeta y la pañalera y salió de allí. Y una vez en el auto empezó a llorar, liberando la tensión y el miedo de minutos atrás. Miguel Ángel empezó a llorar también, desconsolado al ver a Leticia llorar.