No pude dormir bien.
Y no, no era por el castigo.
Tampoco por tener que pasar otra tarde limpiando con él.
Mucho menos por aquella sonrisa arrogante que me había dedicado antes de irse.
Bueno… quizá un poco por eso.
Me giré en la cama y enterré la cara en la almohada, dando un par de patadas en el proceso.
—Es insoportable —murmuré.
Y lo era.
Era presumido, molesto, demasiado confiado y tenía una habilidad especial para sacarme de quicio.
Así que había tomado una decisión.
Al día siguiente lo ignoraría.
No respondería a sus provocaciones.
No le daría motivos para seguir molestándome.
Y, sobre todo, no volvería a caer en sus juegos.
El plan parecía perfecto.
Hasta que llegué a la escuela.
—Buenos días, capitana —lo escuché decir con esa confianza que me resultaba insultante.
Me detuve en seco.
Él estaba apoyado contra la pared, justo al lado de la puerta de mi salón.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Tenemos un castigo pendiente. ¿Ya lo olvidaste?
—Ojalá. Pero el castigo no involucra tener que verte durante las clases.
Intenté pasar por su costado antes de que él estirara un brazo para impedirlo.
Soltó una pequeña risa.
—Me alegra saber que estuviste pensando en mí —respondió, colocando su brazo libre sobre mi cabeza.
—¿Cuándo dije que estaba pensando en ti? No alucines —respondí, rodando los ojos.
—Entonces funcionó.
—¿Qué cosa?
—Pensar en mí.
Lo miré con incredulidad.
¿Cómo podía ser tan insoportable a primera hora de la mañana?
—¿Siempre eres así? —dije, sacudiéndome para que quitara su mano de mí.
—¿Así cómo?
—Molesto, creído, insoportable…
Sonrió.
—Solo contigo.
Suspiré pesadamente, pasando por debajo de su brazo y entrando al salón.
No pensaba darle el gusto de verme reaccionar.
Aunque, por alguna razón, mientras caminaba hasta mi asiento, no pude evitar pensar en sus últimas palabras.
Solo contigo.
Sacudí la cabeza.
No.
Definitivamente no iba a caer en eso.
Lo que yo no sabía era que, detrás de aquella sonrisa, había una razón para que él estuviera tan interesado en mí.
Una razón que todavía estaba muy lejos de descubrir.
Durante la clase podía sentir la mirada insistente de Dante detrás de mí. Tres años. Tres años en los que había pasado completamente desapercibida para él y, ahora, se comportaba como si fuera mi amigo de toda la vida.
Miré el reloj sin ganas. Mientras más avanzaba el tiempo, más cerca estaba de quedarme a solas con él durante nuestro castigo.
Mientras miraba el pizarrón lleno de garabatos del profesor, recordé el primer día que conocí a Dante. Fue en el primer año de bachillerato.
El típico chico popular, atlético y al que todas las adolescentes aspiraban a tener como novio.
Menos yo.
Supe desde el instante en que lo vi que ese chico tenía la palabra «imbécil» tatuada en la frente.
Durante todo ese tiempo, fui testigo de cientos de rechazos a declaraciones de amor, burlas y escenas que parecían sacadas de una comedia adolescente.
Dante nunca me volteó a ver.
Y, sinceramente, yo tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera.
Pero a veces el destino tiene formas extrañas de hacer las cosas.
Y ahora, después de todo ese tiempo, estábamos en el mismo lugar otra vez.
La universidad.
Aunque todavía no sabía qué significaba aquello, algo me decía que nuestros caminos no se habían cruzado por casualidad.
Cuando el timbre que marcaba el final de la clase sonó, salí al pasillo y me estiré, recuperando mi postura relajada e indiferente de siempre.
Allison apareció a mi costado y me rodeó en un abrazo.
—¡Jenn! ¿Cómo te fue con el castigo? —preguntó con voz chillona y emocionada.
—Bien. — dije secamente abrazándola de vuelta.
—¿«Bien»? —repitió, soltándome para mirarme a la cara—. ¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé… ¿con quién te tocó?
Suspiré.
—Con Dante.
La sonrisa de Allison desapareció durante apenas un segundo.
Después regresó, pero esta vez mucho más grande.
—¿Con Dante?
—Sí, Ally. Con Dante.
—¿El… Dante? —preguntó más alto de lo normal, mirando hacia todos lados.
—¿Cuántos Dantes crees que hay en esta clase? Y deja de gritar, que vas a hacer que todos se enteren.
Me tomó de los hombros.
—¡Jennifer! ¿Y no me dijiste nada?
—Porque no hay nada que decir.
Allison me miró con los ojos entrecerrados.
—Ajá.
—En serio. —Empecé a caminar por el pasillo, sujetando la correa de mi mochila.
—Jenn, ¿me estás diciendo que te tocó limpiar con el chico popular y el más guapo de tu clase? ¿Hicieron algo interesante? —Su voz adquirió un tono juguetón.
—Solo limpiamos, Ally... No es para tanto.
—¿Solo eso?
—Sí.
Me miró fijamente.
—¿Y él no te dijo nada?
Recordé su sonrisa, sus comentarios y la facilidad con la que conseguía sacarme de quicio.
— Ally, ese chico es un dolor de cabeza.
Créeme.
Allison sonrió.
—Eso no responde mi pregunta.
—No hay nada que responder.
Comencé a caminar más de prisa hacia el siguiente salón, intentando terminar con aquella conversación antes de que empezara a hacer preguntas incómodas.
Finalmente, Allison se quedó en silencio. Parecía estar procesando la «gran noticia» de que su mejor amiga había estado a solas con el chico popular solamente para limpiar.
Por suerte, el tema no volvió a salir durante el resto de las clases.
Hasta que llegó la hora del castigo, cuando el último timbre sonó, guardé mis cosas con resignación y salí del salón.
No tenía ninguna prisa.
Después de todo, ya sabía perfectamente quién estaría esperándome.