Capítulo 3
—¿Qué luz se cuela por aquella ventana? Es el oriente, y Julieta es el sol...
La voz de Dante se deslizó entre los estantes, rompiendo el silencio que se había instalado en la biblioteca.
Levanté la vista del libro que estaba limpiando y lo busqué entre los pasillos. Lo encontré unos metros más allá, apoyado despreocupadamente contra una estantería, con la escoba en una mano y esa sonrisa que parecía anunciar que estaba a punto de hacer alguna estupidez.
Continuó recitando, esta vez con una exagerada solemnidad que no le quedaba en absoluto.
—Más bella que el sol, cuando se muestra por las ventanas del oriente...
Cerré los ojos por un instante.
No.
Definitivamente no iba a seguirle el juego.
Volví a pasar el trapo por la cubierta del libro, concentrándome en una mancha que probablemente ni siquiera existía, regresando a mi sitio.
—¿Sabes? —continuó Dante—. Creo que empiezo a entender por qué te gusta.
Lo ignoré.
Escuché sus pasos acercarse lentamente hasta detenerse a mi lado.
—Aunque debo admitir que esperaba que tu Romeo fuera un poco menos dramático.
Esta vez levanté la mirada y lo observé con un leve toque de hartazgo.
Dante tenía aquella expresión de suficiencia que tanto me irritaba, como si llevara varios minutos esperando el momento perfecto para soltar aquel comentario.
—¿Terminaste de limpiar esa estantería o Shakespeare también forma parte de tu castigo?
Soltó una risa por lo bajo y volvió a concentrarse en su tarea.
—Ya casi, Julieta.
Negué con la cabeza y regresé al libro que tenía entre las manos.
Qué hombre tan insoportable.
Lo peor era que, después de tantas horas juntos, empezaba a conocer demasiado bien cada una de sus sonrisas, sus pausas y esa mirada que aparecía justo antes de que dijera alguna tontería. Y, aunque jamás se lo admitiría, comenzaba a resultarme extrañamente fácil anticiparme a él.
Había algo particularmente molesto en la facilidad con la que Dante conseguía convertir una simple tarde de castigo en una competencia que yo ni siquiera recordaba haber aceptado.
El resto de la tarde transcurrió entre el sonido de los trapos, el roce de los libros al volver a su sitio y las constantes interrupciones de Dante, que parecía incapaz de permanecer en silencio durante más de cinco minutos.
Sin darme cuenta, terminé limpiando la última estantería.
Me aparté un poco para contemplar nuestro trabajo. Las mesas estaban limpias, los libros acomodados y el suelo finalmente libre de polvo. Después de tantas horas, por fin habíamos terminado.
—Listo —murmuré, dejando el trapo sobre la cubeta—. Se acabó.
Él apoyó la escoba contra la pared y estiró los brazos, soltando un suspiro de alivio.
—Pensé que nunca llegaría este momento.
Tomé mis cosas y me dirigí hacia la entrada. Sin embargo, después de unos cuantos pasos, algo me hizo detenerme.
La biblioteca estaba demasiado silenciosa, generalmente algunos alumnos solían quedarse un poco hasta tarde... Pero ahora no había nadie.
Miré hacia los ventanales. Afuera ya no quedaba rastro de la luz cálida de la tarde; el cielo comenzaba a oscurecerse.
Fruncí el ceño.
—¿Qué hora es?
Dante sacó el teléfono del bolsillo y miró la pantalla.
Su expresión cambió ligeramente.
—Las ocho.
—¿Las ocho?
Sentí que el cansancio desaparecía de golpe.
—Eso no puede ser. —Miré mi propio teléfono para comprobarlo—. ¿Cómo demonios estuvimos aquí tanto tiempo?
Dante soltó una pequeña risa.
—Parece que el castigo nos salió más largo de lo previsto.
—No tiene gracia.
Me apresuré hacia la puerta y tomé el picaporte.
Giré.
Nada.
Lo intenté nuevamente, esta vez con más fuerza, pero la puerta no cedió.
—Eh... Dante. Creo que tenemos un pequeño problema.
Lo miré y después volví la vista hacia la puerta, alternando la mirada entre ambos, como si de alguna manera aquello fuera a solucionarse por sí solo.
Dante se acercó con tranquilidad. Se detuvo a mi lado y observó el picaporte.
—¿Ya te cansaste? —preguntó —. Pensé que tenías más fuerza.
Lo miré con incredulidad.
—Hazlo tú.
Me hice a un lado y crucé los brazos.
Dante tomó el picaporte y tiró de él sin demasiado esfuerzo. La puerta permaneció inmóvil.
Frunció el ceño y volvió a intentarlo, esta vez apoyando una mano contra la puerta para hacer más fuerza.
Cuando vió que no pasaba nada, su sonrisa desapareció por un instante.
—Bueno... —murmuró, mirando la puerta—. Al menos ya sabemos que no era tu falta de fuerza.
—Qué gracioso.
Ignorándolo, me acerqué a la pequeña ventana de la puerta y miré hacia el pasillo.
Vacío.
Ni un alma.
La sensación de inquietud comenzó a instalarse en mi estómago.
—Dante...No hay nadie. Está vacío...
Él se acercó para mirar por encima de mi hombro, y entonces ambos entendimos lo mismo.
Nos habían dejado encerrados.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Me quedé frente a la puerta, intentando asimilar la situación. De todas las cosas que podían salir mal aquel día, terminar encerrada en una biblioteca sin duda era la que menos esperaba.
—Esto tiene que ser una broma —murmuré.
—Podría ser peor.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Cómo podría ser peor?
Se encogió de hombros.
—Podrías estar encerrada aquí sola.
Lo miré unos segundos antes de soltar una risa incrédula.
—Créeme, no sé qué opción es peor.
—La mía, obviamente.
Negué con la cabeza y me alejé de él, dejándome caer en una de las sillas cercanas.
El cansancio que había ignorado durante todo el castigo regresó de golpe. Me recargue contra el respaldo y cerré los ojos por un momento.
—¿Y ahora qué hacemos?
Dante se sentó en la mesa de enfrente, estirando las piernas, cómo si el hecho de estar aquí... Encerrados, sin nadie que pudiera rescatarnos no fuese más que una tarea cotidiana.