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¿QUÉ ES ESTE SENTIMIENTO?
Obsidian Glass House
- Jonah -

Ahora que tengo diecisiete años, mi obstinación vence la rigidez de Conrad y logro que me permita acompañarlo a una reunión de negocios. Él se niega rotundamente a que pisemos la propiedad para el evento, asegurando con una seriedad tajante que, a pesar de tratarse estrictamente de un cierre de contratos, sigue sin ser un ambiente apropiado para mí. No he vuelto a poner un pie en Obsidian desde hace cinco años, pero en mi mente la tengo construida con la fama de ser la "casa del desenfreno". Al cruzar el umbral, la percibo exactamente como lo que es: una estructura de un minimalismo agresivo, un lugar donde la belleza arquitectónica está despojada de alma para servir únicamente al exceso.
Al cruzar el portón, los aromas intensos me golpean de inmediato: una combinación densa de perfumes caros que intentan, sin éxito, ocultar el olor rancio del tabaco y el alcohol destilado. Detecto también ese rastro químico, metálico, que se le pega a la ropa a Conrad desde que tengo memoria; una segunda piel de la que él siempre ansía despojarse en cuanto pone un pie de vuelta en Emerald.
Conrad abre la puerta de la estancia principal. Las risas estridentes y las conversaciones ruidosas se silencian al unísono, como si un interruptor cortara la energía del lugar. Las miradas de todos los presentes se clavan en Conrad y en mí con una insistencia descarada que me hace sentir incómodo desde el segundo uno. Sin embargo, ya no soy el niño desamparado que simplemente se esconde detrás de su abrigo; asimilo el escrutinio manteniendo la frente en alto.
— Mantente cerca de mí, Jonah — me susurra Conrad con un hilo de voz, esbozando una sonrisa gélida y estrictamente profesional hacia las personas que, lentamente, fingen continuar con sus asuntos.
Aquel gesto calculador no me hace sentir más cómodo, pero me limito a asentir, colocándome a su costado derecho.
Dentro del espacio, todo encaja con los peores fragmentos de lo que Conrad me ha confesado en el pasado, pero con una intensidad sofocante. Hombres y mujeres impecablemente vestidos sostienen copas y cigarrillos apestosos; las interacciones simulan camaradería, pero apestan a hipocresía. Negocios burdos disfrazados de convivencia elegante.
Un grupo no tarda en cortarnos el paso. Tres hombres y una mujer se acercan arrastrando los pies con una familiaridad que me resulta repulsiva.
— Conrad… — pronuncia uno de ellos, entornando los ojos mientras eleva su copa de whisky — Siempre tan… puntual.
El grupo recorre la silueta de Conrad con la mirada y luego deslizan los ojos hacia mí, deteniéndose más de la cuenta en mis facciones y en la pulcritud de mi vestimenta. Se instala un silencio espeso.
— Vaya… — suelta otro de los sujetos, ladeando la boca con una media sonrisa morbosa — ¿Y este quién es? — siento el peso de sus ojos recorriéndome como si fuera una mercancía en exhibición. Conrad no responde de inmediato; se limita a sostenerle la mirada con una fijeza que haría retroceder a cualquiera, pero el hombre, envalentonado por el alcohol, da un paso más hacia nuestro espacio personal.
— No sabía que ahora… — añade, haciendo un ademán vago con la copa — Trajeras compañía nueva a los cierres de trimestre.
— un tercero suelta una risa baja, cargada de una malicia insoportable — ¿Es parte del nuevo organigrama del negocio… o es un gusto estrictamente personal?
La mujer del grupo sonríe de lado, manteniéndose al margen pero disfrutando del ataque sutil. Frunzo ligeramente el ceño. Mi inteligencia emocional, por primera vez, se topa con una barrera que no logro procesar por completo; no entiendo el código exacto de sus insinuaciones, pero el estómago se me revuelve al percibir que algo anda profundamente mal. «¿Gusto personal?».
— en ese instante interviene un hombre mayor. Su elegancia luce desalineada, con el botón superior de la camisa deshecho, pero emana una presencia pesada y dominante. Nos observa como si nuestra llegada fuera un chiste privado diseñado para su entretenimiento — Ah… Conrad… — arrastra las palabras, acercándose sin haber sido invitado — Siempre dando de qué hablar en este consejo — se detiene frente a mí. Me mira, me analiza de arriba abajo, desnudando mis facciones sin el menor pudor ni respeto. Me tenso por completo, sintiendo una corriente fría recorrerme la espalda — Bonito… — declara el viejo sin ningún tipo de filtro — Bastante bonito, tengo que admitirlo — el hombre suelta una carcajada ronca, buscando la complicidad del resto del grupo, que asiente con sonrisas contenidas — Aunque no me sorprende… — da un trago largo a su vaso — Conrad siempre tiene un paladar exquisito para sus elecciones en este lugar. Hombres, mujeres… da igual la etiqueta mientras valgan la pena para pasar la noche — un par de ejecutivos sueltan risas incómodas, pero el viejo no se detiene; nos señala a ambos con el borde de su copa — Pero eso sí… — continúa con tono burlón — Nunca se queda demasiado tiempo con sus juguetitos de carne. Siempre es un muchacho… cómo decirlo… querendón por temporadas cortas.
Más risas flotan en el aire. En ese microsegundo, el rompecabezas se arma en mi mente con una claridad violenta y destructiva. Lo entiendo todo. Entendí la naturaleza de los comentarios, la asquerosa dimensión en la que nos están colocando y el significado implícito de la palabra "juguete". Me invade una oleada de humillación y desagrado que me oprime el pecho. Miro a Conrad de reojo. Ya no lo veo desde el pedestal de la infancia; lo veo expuesto, rodeado por la inmundicia de su propio pasado.