Hay días en los que despertarse se siente como un error.
No porque haya pasado algo terrible.
Sino porque absolutamente nada pasó.
La pared de mi habitación tiene una grieta que parece un mapa. Llevo meses mirándola, preguntándome si, remotamente, podría encontrarme de nuevo allí.
El timbre que anunciaba el receso comenzó a sonar. Me levanté de mi asiento y caminé hacia la puerta de salida. Mis compañeros estaban amontonados, una jauría de personas que solo quería evitar.
Una vez fuera, no pude pensar en nada más que en llegar a casa a pudrirme en mi cama otra vez. Me quedé sentado durante lo que me pareció un tiempo infinito. Sin palabras. A pesar del ruido a mi alrededor.
Deseaba no estar ahí.
Desaparecer.
El timbre sonó nuevamente. La clase de Literatura ya comenzaba.
Me levanté lentamente, con apenas la fuerza suficiente en las piernas para mantenerme de pie. Apenas puse un pie dentro del aula, fui empujado por la estampida de mis compañeros.
—Lo siento, Aiden —dijo uno de ellos antes de seguir su camino.
Solo pude asentir.
Tomé asiento donde solía estar. Mis compañeros no prestaban mucha atención, pero la profesora fue clara y estricta con las instrucciones.
—Trabajo en parejas. Lo entregan el martes. Será calificado.
Me hundí en mi libreta. No quería saber nada de nadie. Mucho menos trabajar con alguien.
La profesora comenzó a asignar las parejas.
—Elia con Aiden.
Seguí mirando mi cuaderno, hasta que sentí el peso de alguien ocupando la silla a mi lado.
Editado: 13.02.2026