Aprender a no desaparecer

Capitulo 2: La grieta

Aiden movió lentamente el rostro para dirigirle la mirada. Sus ojos vacilaron entre los de ella y su libreta.

—¿Te importaría hacer algo simple? —murmuró, casi sin voz.

Ella ni siquiera dudó.

—¿Te importaría no hacer algo mediocre?

Aiden sabía perfectamente quién era ella.
Elia Morgan no pedía permiso para existir; simplemente ocupaba espacio.

Dejó caer la mochila junto a la silla y apoyó los codos sobre el pupitre.

—Supongo que nos tocó —dijo, sin molestarse en sonar amable ni mínimamente cortés.

Aiden cerró su libreta con cuidado. No le gustaban las personas. Y mucho menos las personas que parecían demasiado seguras de sí mismas.

El aula estaba extremadamente ruidosa.
Pero entre ellos no.

No era solo silencio. Era una tensión que podía palparse con facilidad, como una tormenta que todavía no decidía dónde dejarse caer.

—Supongo —respondió Aiden, volviendo la mirada al frente, intentando no prestarle demasiada atención a la chica a su lado.

—Deberíamos empezar —dijo ella. Su voz estaba tensa, igual que su cuerpo. Sus mechones castaños, desordenados, caían sobre sus hombros con descuido estudiado.

—Sí —masculló él.

Cuando sus miradas se cruzaron, Aiden sintió algo extraño. Desconocido. Una sensación extraviada.

La incómoda impresión de que alguien estaba intentando verlo.
Verlo de verdad.

Su mano siguió garabateando en el margen oscuro de la libreta.

Elia, curiosa, echó un vistazo discreto.

No vio apuntes.
Vio preguntas.
Vio pensamientos que no parecían hechos para compartirse.

En silencio, empezó a responderlos en su propia libreta.

No fue un acto de amabilidad.
Fue algo más cercano a la necesidad de contradecirlo.

Elia notó la forma en que Aiden agarraba con demasiada fuerza el bolígrafo. La manera en que su mano se tensaba cada vez que la punta rozaba el papel, como si escribir fuera una pelea silenciosa.

—¿Solo hoy eres así o eres así siempre?

Aiden sintió un escalofrío recorrerle la columna. Su mente se quedó en blanco por un instante. No hubo tiempo para armar una respuesta correcta, así que lo único que salió fue la verdad más torpe.

—No lo sé...

Elia sostuvo su mirada apenas un segundo más.

Y lo vio.

Vio algo que no encajaba con indiferencia. Algo más parecido al cansancio. O al miedo.

Decidió no presionar.

El silencio se apoderó de ambos.

No era un silencio vacío.
Era uno denso. Pesado.

La tensión crecía con cada segundo que pasaba, con cada respiración lenta y demasiado controlada. Algo invisible se hacía más profundo, más intenso, como si estuvieran al borde de decir algo que ninguno sabía cómo nombrar.

El reloj avanzaba con indiferencia.

Ellos no.




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