Aprender a no desaparecer

Capitulo 3: Entre líneas

El lápiz se deslizó con gracia sobre el papel. El proyecto avanzaba sin necesidad de palabras; era más bien un entendimiento tácito entre ambos, algo que iba más allá de la mera tensión.

Aiden levantó lentamente la mirada.

—¿Y tú? ¿Siempre eres así?

No sabía por qué lo había preguntado. Su boca se movía más rápido que su prudencia.

Elia no mostró tristeza ni desánimo. Solo una mirada que parecía indiferencia. Una indiferencia aprendida.

—Desde que recuerdo siempre fui así. Tal vez un poco más alegre en mi infancia.

Lo dijo con suavidad. No había arrepentimiento. No había dolor visible. Solo aceptación.
O al menos eso quería hacer ver.

Aiden notó cómo revisaba tres veces cada línea antes de seguir. También vio las marcas en sus uñas mordidas.

Reunió una valentía que no sabía que tenía.

—¿Por qué te muerdes las uñas? ¿Y por qué revisas todo tres veces?

Elia lo observó. No fue una mirada amable. Fue una mirada cansada.

—Creo que solo intento no equivocarme... Y lo de las uñas, supongo que es una forma de—

El timbre interrumpió el resto.

El sonido cortó el momento como una cuchilla.

Aiden ya estaba guardando sus cosas.

—Continuamos el lunes, Elia.

La cremallera de su mochila cerrándose fue lo último que se escuchó antes de que abandonara el aula.

Elia asintió.

Casi comprensivamente.

Pero lo más extraño para ella no fue la pregunta.
Fue la frustración que sintió cuando el timbre interrumpió el momento.

Y más aún...
lo abrupto de la partida de Aiden.

No entendía por qué le molestaba.

No era como si le importara.
No era como si esperara que él se quedara.

Y, sin embargo, algo en su pecho se sintió inconcluso.
Como una frase a la que le arrancaron la última palabra.

Al llegar a casa, Aiden dejó caer la mochila sobre el escritorio tenuemente iluminado de su habitación. Cerró parcialmente las cortinas, dejando que la luz de la tarde se filtrara en líneas desiguales sobre la pared.

Se recostó en la cama.

Miró el techo.
Miró la grieta en la pared.

Pero algo se sentía distinto esa tarde.
No era tristeza. No exactamente.

Era algo nuevo.
Algo que no sabía nombrar.

Como si algo que creía dormido hubiera decidido moverse.

Elia llegó a su casa.

Todo estaba perfectamente ordenado.
Demasiado limpio.
Demasiado en su lugar.

La ausencia de sus padres no era más que rutina.

Entró en su habitación, igual de impecable que el resto de la casa. Cerró la puerta con suavidad y se dejó caer sobre la cama.

Se hundió en el colchón.

Pero, al igual que Aiden, algo dentro de ella estaba fuera de lugar.

Y lo odiaba.




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