Aprender a no desaparecer

Capitulo 4: Medialuna

Aquella noche —helada, casi inmóvil— el viento golpeaba suavemente las ventanas.

Elia permanecía a oscuras en su habitación.
Los pensamientos llegaban en oleadas, como un frenesí silencioso.

Recordó cuando era más pequeña.
Más feliz.

Recordó a sus padres más presentes que ahora.
Recordó una sonrisa que no parecía forzada.
Recordó lo que era simplemente... ser ella.

Y fue suficiente para que una pena espesa le oprimiera el pecho.

Justo cuando la primera lágrima amenazaba con escapar, un golpe en la puerta la sobresaltó.

—Elia, ¿ya estás dormida?

La voz de su madre atravesó la madera. Suave. Distante. Helada.

Era costumbre. Siempre llegando tarde. Siempre demasiado tarde.

Los pasos se alejaron.

Elia soltó una respiración que sonó más a alivio que a otra cosa.
El divorcio había dejado silencios más profundos que discusiones.

Al mismo tiempo, en otra casa, Aiden luchaba contra la ansiedad que no lo dejaba dormir.

Nada de lo que su psicólogo le había enseñado funcionaba esa noche.

Lentamente, apoyó los pies en el suelo y caminó hacia la ventana. La abrió.

El aire helado entró sin pedir permiso.

El calor abandonó su cuerpo con rapidez, pero era mejor sentir frío que no sentir nada.

Alzó la mirada.

Los copos de nieve caían en silencio sobre el jardín.

Más arriba, la luna observaba inmóvil.

Elia también la miraba.

Desde su cama, la luz tenue de la luna se filtraba por la ventana.

Ambos compartían, sin saberlo, la misma mitad de cielo.

La misma luna.

La misma sensación de algo incompleto.




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