Aprendiendo a amar

Capítulo 5

Theo

—¿No te vas a quedar con ella? —cuestiona mi asistente.

—No lo sé, Almira. No seré un buen padre. Ella merece padres que la amen, cuiden y la acompañen en cada paso. Yo no soy así. La noche anterior casi muero de un paro cardiaco. Si no fuera por la vecina, estaría muerto y ella huérfana.

—¿La asistente social lo aceptó?

—No le gustó que dijera que prefiero mi vida de siempre a mi hija, pero quiere lo mejor para Sophie. Se quedará conmigo hasta que aparezca una familia reúna los requisitos, pues no puedo enviarla al orfanato. Será una adopción abierta. Es decir, que la veré de vez en cuando.

—Estarás para ella sin tener que hacerte cargo.

—No me juzgues. ¿Qué preferías? ¿Qué se quedará conmigo y estuviera con niñera a tiempo completo mientras trabajo?

Almira niega con la cabeza y no dice más nada porque aparece Sophie.

—Te dejé sobre el escritorio de tu despacho las carpetas que debes revisar. El juicio comienza el lunes a las nueve de la mañana. Ya me voy. Puedes llamarme…

—Gracias.

Almira se despide de Sophie con un abrazo y se va de mi casa sin mirarme antes de salir. No aprueba mi decisión, pero creo que es lo correcto. Sophie merece algo más que un padre mediocre obsesionado con su trabajo.

La asistente social me supervisará mientras aparecen padres adoptivos para ella. Dejé claro que quiero buenos padres y amorosos, me da igual si tienen dinero o no, yo me ocuparé de proporcionarle todo lo necesario a Sophie en cuestión económica. Lo único que no puedo darle es tiempo.

No quiero que ella pase por lo que yo viviendo con niñeras. Merece más.

—¿Quieres jugar conmigo?

—No puedo, Sophie, debo trabajar. ¿Puedes jugar sola o con Max en silencio mientras trabajo? Almira trajo muchos juguetes.

—¿Puedo pintar?

—Sí, pinta, haz lo que desees—respondo sin prestar atención—. Estaré en mi despacho, si necesitas algo importante puedes buscarme.

Ella asiente, se da la vuelta y se pierde en el pasillo, seguida de Max.

Fui a recoger al perro y Sophie quedó fascinada desde lo que lo vio, el agrado fue mutuo, pues el canino empezó a seguir a la niña a todas partes de la casa. Jugó con él en el jardín y pensé que eso sería suficiente para cansarlos ambos y que durmieran una siesta. Parece que no.  

Me doy la vuelta, entro en mi despacho y me pongo a trabajar. Mi asociado se está ocupando de revisar el pasado de demandante, yo de su presente en busca de irregularidades. Algo debe haber.

Paso varias horas trabajando, me detengo necesitando café y algo de comer. Extiendo las manos hacia arriba y luego hacia atrás estirando la espalda. El sonido del timbre me obliga a levantarme.

Paso por la sala recordando a Sophie. Han pasado dos horas y no ha molestado para nada.

Primero abro la puerta y me sorprendo de ver a Nina. Lleva una camisa a cuadros enorme y un cinturón amarrado en su cintura. Como siempre tiene el cabello castaño recogido, rostro libre de maquillaje y una bonita sonrisa.

—Hola, vecino, espero no molestar. Quería saber como van las cosas con Sophie.

—Has venido sin Tyler.

—Está en casa de un amigo. ¿Puedo ver a Sophie y saber cómo fue con la asistente social?

—Seguro. No puedo negarme después de tu ayuda—me hago a un lado y espero que entre para cerrar la puerta—. Sophie se porta bien, ha estado tranquila y callada durante las dos horas que he estado trabajando. Tendré a la asistente social vigilándome.

—¿Una niña de seis años tranquila y callada? ¿Qué estaba haciendo?

—Dijo que quería pintar. Mi asistente trajo juguetes y algo de ropa para ella—respondo sin comprender su expresión—. ¡Sophie! ¡Nina está aquí!

Sophie corre hacia nosotros, arrugo el ceño al ver su ropa y parte de su rostro manchados con pintura.

—Hola, Nina.

—Hola, Sophie. ¿Has estado pintando?

—Sí, me gusta mucho. Traje mis acuarelas.

—¿Acuarelas? —cuestiono—. Pensaba que se usaban lápices para los libros de colorear.

—No utilicé los libros de colorear.

Max ladra desde la habitación y corro hacia allá, lugar al que hubiera deseado no entrar.

La puerta del baño está pintada con un arcoíris y nubes. Max está salpicado en pintura y sentado sobre mi cama.

—¡Max, baja! —el perro ladra, hace lo que le digo y huye de la habitación.

Además de traidor, cobarde. Él sabe que no puede subir a la cama.

—Que artístico.

Miro a Nina observando la habitación con una sonrisa. ¿Por qué sonríe? Claro, no fue su puerta, ni su perro, ni su alfombra las machadas de pintura.

Bajo la vista a Sophie.

—Aún no está terminada—exclama esta—. Le faltan los pájaros.



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En el texto hay: romance, millonario, padre e hija

Editado: 25.03.2022

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