Aprendiendo a quererte

Capítulo 1

Sarah

El timbre suena a las 7:45, como todos los días, y como todos los días yo ya llevo diez minutos sentada en mi pupitre, en la última fila, junto a la ventana.

No es que llegue temprano por disciplina. Llego temprano porque el aula vacía es lo único que se parece al silencio que necesito antes de que empiece el ruido. Saco mi cuaderno —el de tapas azules, el que nadie más que yo ha abierto— y escribo dos líneas antes de que la clase se llene de voces, mochilas que golpean las sillas, risas que no me incluyen ni me excluyen, simplemente pasan por encima de mí como si yo fuera parte del mobiliario.

Está bien. Prefiero así.

En mi cuaderno, las cosas funcionan distinto. Ahí puedo decidir qué personaje entra por la puerta, quién se queda callado y quién dice justo lo que hace falta decir. Ahí controlo el ritmo de las escenas, el momento exacto en que dos personas se miran por primera vez y algo cambia. Aquí, en la vida real, no controlo nada. Aquí simplemente miro.

Guardo el cuaderno cuando el aula empieza a llenarse. Nadie sabe lo que escribo. Ni siquiera Camila, que se sienta a mi lado desde primero y cree que soy la persona más aburrida del colegio porque "solo estudias, Sarah, ¿nunca te cansas de ser tan perfecta?". Si supiera que mis cuadernos están llenos de gente que no existe, gente que se enamora, se pierde, se encuentra, tal vez dejaría de pensar que mi vida es tan plana como parece desde fuera.

La profesora Reyes entra con su carpeta de siempre y anuncia las notas del examen de cálculo. Lo dice como quien anuncia el clima: sin sorpresas, sin drama, solo información.

—La media de la clase bajó bastante —dice, recorriendo el aula con la mirada—. Vamos a necesitar reforzar contenidos antes del parcial. Y hay un caso en particular que me preocupa.

No hace falta que diga el nombre. Todos giramos la cabeza, casi al mismo tiempo, hacia la fila de en medio, donde Logan Cross está recostado en su silla como si la conversación no fuera con él. Tiene los audífonos puestos, aunque técnicamente están prohibidos en clase, y mira por la ventana con esa expresión que ya conozco de lejos: la de alguien que decidió que nada de esto le importa.

No lo culpo del todo. Logan no siempre fue así. Yo estaba en el colegio el año pasado cuando todo cambió —cuando la noticia corrió por los pasillos como un incendio silencioso, cuando dejó de sentarse con sus amigos en el patio, cuando su risa, que antes se escuchaba desde el otro lado del edificio, simplemente desapareció—. Nadie habla de eso frente a él. Nadie se atreve.

Yo tampoco lo haría. Pero lo observo, a veces, sin querer. Es difícil no hacerlo. Logan tiene ese tipo de presencia que ocupa espacio incluso cuando intenta no ocuparlo, incluso cuando lo único que quiere es que lo dejen en paz.

—Logan —dice la profesora Reyes, y él ni se inmuta—. Logan.

Se quita un audífono, despacio, como si le costara un esfuerzo enorme volver a esta aula.

—¿Qué?

—Con esta nota no vas a aprobar el trimestre. Y ya hablé con dirección: si no mejoras, vas a tener que repetir el año.

Un murmullo recorre el salón. Logan no dice nada. Solo la mira, con esa cara que no deja ver nada, ni sorpresa, ni miedo, ni nada de nada, y encoge los hombros como si le estuviera hablando del clima de otro país.

—Por eso —continúa la profesora, y aquí es donde algo en mi estómago empieza a encogerse, aunque todavía no sé por qué— he decidido asignarle un tutor. Alguien que pueda ayudarlo a ponerse al día antes del parcial.

Sigo escribiendo en mi cabeza, distraída, pensando en la escena que dejé a medias en mi cuaderno, cuando escucho mi nombre.

—Sarah Bennett.

Levanto la cabeza tan rápido que me duele el cuello.

—¿Yo?

—Tú tienes la nota más alta de la clase, y ya tutoreaste a Marcos el semestre pasado. Confío en que puedas ayudar a Logan a ponerse al día.

Toda el aula se gira hacia mí ahora, y por primera vez en mucho tiempo siento el peso de ser mirada, de no ser invisible, y no me gusta. Busco a Logan con la mirada, esperando encontrar la misma incomodidad que siento yo, pero lo único que encuentro es indiferencia. Ni siquiera parece haber escuchado bien. O tal vez sí escuchó, y simplemente no le importa lo suficiente como para reaccionar.

—Se verán todas las tardes, de lunes a jueves, en la biblioteca —sigue la profesora, ya anotando algo en su carpeta, como si acabara de resolver un problema de logística y no acabara de cambiar mi rutina entera—. Empiezan hoy.

Hoy.

Miro mi cuaderno azul, todavía tibio sobre el pupitre, y pienso que en las historias que yo escribo, siempre hay una razón para que dos personas que no se buscaban terminen encontrándose. Nunca pensé que a mí me tocaría vivir una de esas escenas en lugar de escribirla.

Cuando suena el timbre para el cambio de hora, me quedo un segundo de más en mi silla, viendo cómo Logan se levanta sin prisa, se cuelga la mochila de un solo hombro y sale del aula sin mirar a nadie, como si la conversación que acabábamos de tener no le concerniera en absoluto.

Yo, en cambio, no puedo dejar de pensar en ella durante el resto de la mañana.

A las tres y media, cuando por fin suena el timbre de salida, guardo mis cosas más despacio de lo normal. Camila me pregunta si voy a la biblioteca hoy también, como todos los días, y le digo que sí, aunque por primera vez desde que empecé el colegio, no sé exactamente con qué me voy a encontrar cuando llegue.

Camino por el pasillo con el estómago apretado, el cuaderno azul abrazado contra el pecho, y pienso que tal vez debería haber escrito esta escena antes de vivirla. Tal vez así habría sabido, al menos, cómo terminaba.

Pero no lo hice. Y ahora solo me queda averiguarlo.




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