De regreso a su hogar de cartón. Las ratas que corrían por los rincones como celebrando y cantando por lo que se avecinaba, una fiesta.
Fue entonces que Aurora se enteró de la sorpresa que le tenía Marcos. Con una devoción casi religiosa, adornó las paredes con listones hechos de cintas de caja registradora, con plumas arrancadas del zamuro Ros y con pequeños muñecos de barro que él mismo modeló: figuras torcidas, con ojos vacíos, que sostenían flores de papel arrugado. Colgó linternas que parpadeaban con luz amarilla, como luciérnagas cautivas, y en el centro, sobre una caja de madera cubierta con un retal de terciopelo rojo. Todo eso antes de salir y en secreto.
Aurora lo miró con ojos brillantes, estaba feliz, casi a las lágrimas. como si nunca hubiera visto algo tan hermoso. Ros estaba posado sobre su hombro, inmóvil, con sus ojos rojos fijos en la escena. Beto, Paca, Lalo y los demás animales formaban un círculo en torno a ella, como una corte fiel.
Y entonces, llegaron ellos.
Elena y Ricardo avanzaron lentamente, como si flotaran. Sus cuerpos, ya no eran los de antes. Estaban pálidos, rígidos, con movimientos suaves, casi mecánicos, como si fueran guiados por hilos invisibles. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían con claridad. Solo veían a Aurora. Solo obedecían a Aurora.
“Mi niña…”, dijo Elena, con una voz dulce. “Mi hermosa niña. Hoy es tu día”.
Levantó una corona con manos temblorosas, emocionada. La colocó sobre la cabeza de Aurora, quien cerró los ojos, como si recibiera una bendición.
“¡Monstruo! ¡Asesina! ¡Te traje al mundo y mira lo que hiciste! ¡Te traje al mundo y me mataste! ¡No eres mi hija! ¡Por qué no te arrojé al río!”, gritaba Elena, más a Aurora parecía no escuchar.
No era que no escuchara, más bien su mente bloqueaba cualquier palabras que ellos decía, excepto las de Marcos, esa las escuchaba con claridad.
Marcos inclinaba la cabeza como un siervo ante su reina, mientras los animales ululaban en una canción sin palabras, ella sintió por primera vez lo que creyó que era felicidad.
“Gracias…”, susurró, con lágrimas en los ojos. “Gracias por estar aquí. Gracias por amarme”.
“Te amamos, Aurora”, respondieron sus padres. “Eres nuestra niña. Nuestra reina”.
La fiesta continuó. Hubo bailes torpes, risas forzadas, canciones que nadie conocía pero que todos cantaron. Marcos, desde un rincón, observaba todo con una mezcla de fascinación y terror. Veía cómo Aurora brillaba, cómo su sonrisa iluminaba el lugar como si fuera el sol mismo. Y por primera vez, sintió algo que no era miedo, ni odio, ni siquiera sumisión. Sintió admiración.
“Mi ama”, dijo Marcos, acercándose a ella cuando la música se apagó. “Espero que todo le haya gustado”
Aurora lo miró, con los ojos grandes, llenos de una luz que no era del mundo.
“Sí, Marcos y mucho”.
“Pero no es todo lo que quiere decirme, ¿verdad?”, indagó ansioso una respuesta.
“Pues…”, mirándolo firmemente, “Quiero una amiga. Una niña. Como yo”.
Marcos se quedó helado mientras Aurora sonrió. No con tristeza. No con ira. Con una plenitud que apaciguaba todo el escándalo dentro y fuera de la casa.
“Pero he estado caminando últimamente, y… no ha muerto ninguna niña” respondió, con cuidado. “Por ahora, no hay nadie… disponible”.
“Entonces…”, insinuó, acercándose a él, tomándolo de la mano. “… haz que haya una”.
Marcos sintió cómo el mundo se detenía. Cómo el tiempo se quebraba. Por un instante, vio su pasado: el golpe en la cabeza, el frío del callejón, la oscuridad. Y luego, vio su presente: una niña que lo controlaba con una mirada, que podía hacerlo sufrir con una palabra, que podía matarlo con un pensamiento. Y aún así… no sintió miedo. Sintió libertad.
“Como desees, mi ama”, respondió con una voz que temblaba de éxtasis. “Y si… ¿Quiere enseñarle cómo duerme?”.
“¡Cómo duerme!”, repitió Aurora, inocente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Está bien, enséñame. Debo aprender como se hace.
Marcos inclinó la cabeza. En su mente, una puerta se abrió. La puerta que llevaba años cerrada, sellada con cadenas de odio y soledad. Y supo, con una claridad que nunca antes había tenido, que esta niña no era su dueña.
Era su maestra.
Y él, por fin, había encontrado a digno para servir con el alma.