El despertador sonó a las seis de la mañana.
Valentino estiró la mano sobre la mesa de luz hasta encontrar el celular.
—Cinco minutos más...
La voz sintética del lector de pantalla anunció la hora nuevamente.
Suspiró.
—Bueno... ya voy.
Se levantó despacio y caminó por su habitación sin tropezar con ningún mueble.
Conocía cada rincón de memoria.
Abrió el placard, pasó las manos por la ropa hasta encontrar el uniforme y comenzó a vestirse.
Mientras terminaba de abotonarse la camisa escuchó la voz de su madre desde el pasillo.
—¿Ya estás listo?
—Casi.
Ella apareció en la puerta.
—Todavía estás a tiempo de dejar que te llevemos.
Valentino sonrió apenas.
—Mamá...
—No cuesta nada.
—La escuela queda cerca.
—Pero es tu primer día.
—Precisamente por eso.
Su madre guardó silencio unos segundos.
Sabía que discutir con él era inútil.
Desde el accidente, Valentino había tomado una decisión.
Quería hacer todo lo que pudiera por sí mismo.
No porque no necesitara ayuda.
Sino porque no quería depender siempre de alguien.
—Está bien... pero llamame si pasa cualquier cosa.
—Lo prometo.
Tomó su mochila.
Dentro llevaba el material adaptado que usaría durante las clases y sus auriculares.
Después buscó el bastón blanco apoyado junto a la puerta.
—Nos vemos.
—Que tengas un lindo primer día.
La puerta se cerró.
El silencio volvió a quedarse dentro de la casa.
...
Afuera hacía frío.
Valentino respiró profundo.
Escuchó el movimiento de los autos.
Esperó que el semáforo emitiera el sonido para cruzar.
Contó una esquina.
Después otra.
Cuando dudó unos segundos levantó la cabeza.
—Disculpe...
Una señora se detuvo.
—¿Sí?
—¿La Escuela Secundaria N.º 18 queda a una cuadra?
—Sí, seguí derecho y doblá a la izquierda.
—Muchas gracias.
—De nada, corazón.
Continuó caminando.
Le costaba.
Claro que le costaba.
Pero cada persona que le indicaba el camino era una ayuda para aprender el recorrido.
Quería memorizarlo.
Algún día no tendría que preguntarle a nadie.
...
Del otro lado del barrio...
—¡Santino!
—¡Ya voy!
Un chico salió de una casa humilde mientras terminaba de ponerse la mochila.
Su madre ni siquiera levantó la vista del sillón.
Él cerró la puerta y salió corriendo.
—¡No puede ser!
Miró el reloj.
—Otra vez tarde...
Corrió hasta la parada.
El colectivo acababa de irse.
—¡La puta madre!
Se pasó una mano por el pelo teñido de rubio ceniza.
—Bueno... a caminar nomás.
...
En la escuela...
El murmullo de cientos de estudiantes llenaba los pasillos.
Una preceptora recibió a Valentino en la entrada.
—¿Vos sos Valentino?
—Sí.
—Soy Marta. Vení, te acompaño hasta el aula.
—Gracias.
Mientras caminaban, Valentino escuchaba voces por todos lados.
Risas.
Puertas cerrándose.
Profesores llamando lista.
Todo era nuevo.
Llegaron al salón.
La preceptora golpeó dos veces.
—Profesor.
—Pase.
—Le traje al alumno nuevo.
El hombre sonrió.
—Gracias.
Esperó a que el curso hiciera silencio.
—Bueno, chicos...
Las conversaciones fueron apagándose.
—Hoy tenemos un compañero nuevo.
Valentino permanecía de pie junto al escritorio, sujetando el bastón con una mano.
—Su nombre es Valentino.
Espero que lo reciban con respeto.
Valentino levantó una mano.
—Hola.
Algunos respondieron.
Otros simplemente siguieron observándolo.
En ese mismo instante...
¡PUM!
La puerta se abrió de golpe.
—¡Permiso, profe!
El profesor cerró los ojos.
—Santino...
Otra vez tarde.
—No fue mi culpa.
—¿Y de quién fue?
—Del colectivo.
Las carcajadas no tardaron en escucharse.
—Entrá de una vez.
—Sí, sí...
Santino cruzó el aula apurado buscando su banco.
Como iba mirando hacia el fondo del salón...
No vio al chico que estaba parado junto al profesor.
¡PUM!
Los dos chocaron de hombro.
—¡Eh!
Santino retrocedió un paso.
Molesto, soltó sin pensar:
—¿Qué mirás?
Valentino permaneció completamente en silencio.
—¿Qué?
¿Te comiste la lengua?
El profesor habló antes de que alguien más dijera algo.
—Santino.
—¿Qué?
—Valentino es ciego.
...
El salón entero quedó en silencio.
Santino miró por primera vez el bastón blanco.
Después los lentes oscuros.
La expresión de enojo desapareció enseguida.
Se rascó la nuca.
—Uh...
Perdón.
No sabía.
Valentino sonrió apenas.
—No pasa nada.
—Bueno —dijo el profesor—. Ahora sí, andá a sentarte.
—Sí, profe...
Mientras caminaba hasta el fondo del salón murmuró bajito:
—Qué manera de arrancar el año...
Las risas volvieron a escucharse.
Valentino no pudo evitar sonreír un poco.
Y sin saber por qué...
Fin del capítulo 1