Aproximación fatal

1

No quería ir hacia ese objeto, pero no podía evitarlo.

Por más botones que apretara, por más palancas que desplazara, mi vehículo ya no me obedecía y cada vez estaba más cerca de ese territorio desconocido. Recordé la prudencial distancia recomendada por los especialistas, y cuando crucé esa línea imaginaria, sentí un profundo terror. Pero no dije nada, no quería asustar al resto de la tripulación. Me quedé callado, inmóvil, dejando que esa fuerza desconocida deposite la nave en ese suelo grisáceo que ninguno de nosotros había visto jamás. Parecía un lugar arrasado por antiguas marejadas de lava, o por una explosión atómica. Se notaba que su aspecto provenía de algún incidente, que había una herida allí, acaso milenaria, que modificaba su apariencia original.

- ¿Qué está haciendo, capitán? - dijo Bell-. ¿Por qué estamos descendiendo?

- No lo sé - dije-. Yo no estoy haciendo nada. Retomaremos nuestro camino apenas pueda despegar nuevamente. Quizá hubo alguna falla en los propulsores.

Pero no pude separar la nave de ese suelo. Los propulsores funcionaban bien, no había ninguna falla que el escaneo interno y automático haya detectado. El vehículo estaba simplemente como adherido a ese suelo, como si fuera un accidente natural más, una montaña, un pozo cualquiera, y era imposible moverlo de allí.

Nunca antes había sentido yo la invisible garra de un planeta apoderándose de una nave. Fue algo totalmente inesperado para mí.

- Nos quedaremos un rato aquí y luego bajaremos - dije-, si no tenemos otra alternativa. La nave no se mueve, no entiendo por qué.

- Quizá deberíamos hacer alguna revisión manual antes de salir al exterior - dijo Peig-. No sabemos en dónde estamos y el campo de atracción es demasiado poderoso, quizá no podamos movernos tampoco nosotros allá afuera.

Tenía razón. Asentí y Peig, junto a Bell, se dedicaron a examinar los circuitos y las conexiones internas del vehículo, sin encontrar ninguna falla. Todo funcionaba con normalidad. La razón por la que no podíamos abandonar ese territorio estaba afuera.

No tuve más remedio que abrir la compuerta y salir. Le dije a mis compañeros que me esperen adentro. De alguna manera, me sentía responsable por todo lo que estaba ocurriendo. Pero al principio no había nada en ese planeta por lo que debiera preocuparme, salvo su aspecto. ¿Qué había sucedido allí y a qué se debía ese surco rojizo que abría el suelo a lo largo de varios metros? Eran las preguntas que me formulaba mientras seguía caminando. No había nada más en lo que debiera indagar, hasta que llegué a una región en la que la geografía era distinta, donde aquel territorio parecía mostrar su verdadera cara, oculta, en la región anterior, por una vasta y cenicienta cicatriz.

Entonces empecé a hacerme otras preguntas. Por ejemplo, si había alguien que quería que yo esté allí o si mi presencia en ese lugar se debía a una fuerza de atracción natural de ese astro, inconsciente y accidental como cualquier otra. Llegué incluso a preguntarme si, de alguna manera, ese planeta sabía que yo estaba allí.

A lo largo de un relieve muy irregular, el color azul predominaba, un azul muy intenso, sombrío, que yo nunca había visto antes en elementos tan rígidos como las piedras o el suelo. Era un azul marino, pero derramado sobre cosas de naturaleza puramente mineral, en las que no descollaba ninguna señal de vida. Era como estar caminando sobre un océano petrificado. Y entonces ocurrió otro hecho insólito. Metí la mano en uno de los bolsillos de mi traje espacial para extraer la pequeña cámara con la que ya había fotografiado yo varias superficies desconocidas durante mis muchas exploraciones, y cuando saqué la cámara cayó accidentalmente de ese mismo bolsillo una cadena de oro que había pertenecido a mi abuela, y que yo llevaba a todos mis viajes a manera de amuleto de la suerte. Y cuando me acerqué a la cadena para alzarla, ésta empezó a desplazarse por ese suelo, como una pequeña serpiente dorada, y desapareció detrás de unas enormes formaciones rocosas en las que ese azul marino se había vuelto aun más evocador.

Me quedé paralizado ante ese acontecimiento, y esta segunda muestra de un poder de atracción inexplicable me sorprendió aun más que la primera, porque se había dirigido a un objeto en particular, discriminando a otro otros, actuando en un sector muy limitado. De hecho, yo no sentí nada mientras esa cadena se alejaba de mí, y ningún otro objeto cercano a ella se movió. Era como si esa fuerza la hubiera seleccionado, específicamente a ella, a través de un igualmente misterioso proceso de reflexión.




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