Aproximación fatal

2

-¿Cómo que desapareció? - preguntó Bell.

- No desapareció - aclaré -. Se fue, se la llevaron. Quizá la misma fuerza que mantiene la nave pegada al suelo. No lo sé, era una cadena de oro, brillaba. Tal vez eso le llamó la atención.

-¿Por qué dices eso? - preguntó Peig.

- Porque también las luces de la nave brillan- le respondí, casi sin pensar en lo que decía.

Pero la observación no tenía nada de ridículo, y después de formularla no pude evitar que venga a mi mente esa idea, la de apagar las luces de la nave y ver si de esta manera aquella fuerza se desinteresaba de ella. Pero Bell me miraba con incredulidad. Quizá era demasiado pronto para sacar ese tipo de conclusiones de una realidad que desconocíamos por completo. Pero, precisamente por esa profunda ignorancia, sólo podíamos aferrarnos a nuestras intuiciones, y yo intuía eso, que el aspecto radiante de aquella cadena de oro había motivado esa extraña usurpación.

- ¿Hacia dónde fue arrastrada la cadena? - preguntó Bell.

Señalé las rocas y empezamos a caminar en esa dirección. Peig y Bell habían abandonado la nave porque escucharon, o creyeron escuchar, un grito, y pensaron que yo podía estar en peligro. Pero yo no había oído nada.

- ¿Así que piensan que podría haber otro humano en este planeta? - pregunté mientras nos adentrábamos en esa región en la que imperaban las rocas grandes y con aspecto de olas inmóviles.

- No sé cómo gritaran los extraterrestres - dijo Bell-. Supongo que fue un grito humano, aunque ahora no estoy seguro. Pero, miren eso.

Nos detuvimos. A unos metros de nosotros, desde una de las paredes que formaban parte de lo que ya debíamos considerar no sólo un montón de rocas inmensas, sino una cueva, sobresalía el esqueleto de un pez. La cabeza, y el tercio de su cuerpo inmediato a ella, estaban hundidos en la piedra, como si hubiera quedado atrapado en un bloque de cemento fresco que finalmente se secó. La cola y las aletas nos resultaron inconfundibles. Claramente se trataba del esqueleto de un pez.

Las rocas con formas de olas, el color azul, los vestigios del animal acuático que estábamos observando, todo confluía en algo, todo parecía estar relacionado aunque aún no nos podíamos explicar en qué consistía esa relación.

Peig se impacientó y trató de regresar a la nave. Esa imagen le había infundido un repentino horror, y trató de escapar de ella, pero a medida que corría sus pasos se volvían más lentos, sus pies parecían estar tratando de moverse dentro de un lodazal, hasta que ya no pudo ni siquiera seguir caminando.

- ¿Pero qué es esto? - exclamó, observando sus piernas y tratando de discernir qué era lo que le impedía avanzar.

No había nada anormal allí, o al menos no podíamos verlo. Entonces se tiró al suelo, trató de serenarse. Levantó una de sus piernas, luego la otra. Aquella pesadez había desaparecido.

- Sentí como si algo se me enredara entre las piernas - dijo.

- Bien - comenté -. Aguardemos un poco. Tratemos de tranquilizarnos y de pensar.

Entonces Peig se puso de pie. Comprobó, con cierto alivio, que podía caminar sin dificultad. Aquello se había ido, afortunadamente.

Pero no sabíamos cuándo iba a regresar.




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