Fue Peig quien propuso finalmente la hipótesis correcta: un planeta imitador. En ese planeta no había agua, pero sus rocas y su suelo trataban de parecerse al agua, y quizá ese parecido alguna vez fue tan notable que pudo haberse acercado mucho a la perfección, y acaso en esa imitación incluso nadaban los peces y flotaban las hojas secas, pero esa habilidad debió haber ido decayendo con el tiempo. Yo nunca había visto uno de estos émulos de la Tierra, pero hubo un tiempo en el que se los mencionaba con frecuencia. El hecho de no localizar a ninguno de ellos en el espacio exterior hizo que el interés que suscitaban fuera apagándose, y hasta se llegó a poner en duda su existencia.
Este tipo de astros necesitan de la luz. Hay en ellos una oscuridad interior muy profunda, una falta de identidad que los impulsa a comportarse de este modo tan particular. Puede decirse que funcionan gracias a la luz y que todo su esfuerzo estético depende de ella, aunque no sé exactamente de qué manera la administran y la convierten en la materia de sus admirables reproducciones.
- ¿Entonces hay que regresar a la nave y apagar todas sus luces? - preguntó Bell.
- La luminosidad de la nave pudo haber causado un cierto interés en un primer momento - dijo Peig-, pero si este planeta quiere parecerse al nuestro debe tener además la intención de que haya humanos aquí. Por lo que, lamentablemente, creo que va a tratar de conservar nuestra presencia. Cuando traté de correr hacia la nave fue como si, bueno, sentí que me estaban agarrando para que no lo consiga. ¿Qué podría ser eso? ¿Qué creen ustedes?
Bell y yo lo observamos en silencio. Peig no estaba diciendo nada que yo no haya pensado ya, pero él relacionó muy acertadamente todas esas ideas y sospechas con las enseñanzas que recibimos en el Instituto de Ciencias del Espacio, durante nuestras últimas clases de astrofísica, de las cuales yo apenas recordaba algunos conceptos que nada tenían que ver con la situación en la que nos encontrábamos.
- Ahora lo recuerdo - comento luego Bell-, recuerdo esa teoría. Es increíble que esta clase de planetas realmente existan. Cuando nos hablaron de ellos, en aquellas clases del Instituto, nadie creía que pudieran realmente existir, ni siquiera el profesor. Cuántos han explorado durante décadas el espacio sin poder encontrar ninguno, y nosotros tuvimos la mala suerte de cruzarnos con uno de ellos sin quererlo, sin poder hacer nada para evitarlo, y ahora no sabemos de qué manera vamos a salir de aquí.
Editado: 31.07.2026