Aproximación fatal

4

Nunca había visto yo, ni imaginado, algo tan extraño. ¿Por qué un planeta querría imitar las características de otro? A la luz de lo que Peig acababa de decir, me di cuenta más tarde de que las irregularidades del suelo intentaban parecerse a montañas. Allí, donde en ese momento estábamos, casi todo estaba relacionado con el mar, pero luego de recorrer ese planeta durante un par de horas llegamos a regiones donde un color verde muy intenso nos acorraló: el suelo, las paredes y las rocas, eran verdes, y en algunas regiones la tierra se prolongaba hacia diferentes direcciones entre las piedras, y cada una de estas prolongación tenía el aspecto delgado y quebradizo de una rama. Pero todo quedaba allí. Ese intento de representación no iba más allá de un triste garabato que nuestras simples pisadas terminaban desbaratando. Y mientras recorríamos esa zona tan diferente a las otras, Peig sugirió que la necesidad de ese planeta de abastecerse de luz podría estar motivada por el propósito de elaborar un sol propio, ya que, efectivamente, había sobre nosotros una luminosidad redonda y trémula, que no llegaba a exhibir la verdadera apariencia de un astro y que se parecía más a un cúmulo gaseoso, algo así como una nube radioactiva que pendía sobre aquel bosque improvisado y fallido.

Y estábamos apreciando estos detalles cuando se escuchó el grito.

- Es ése - dijo Bell-, así fue el grito que escuchamos desde la nave.

Empezamos a caminar entonces en la dirección en la que ese grito parecía haber provenido. Gradualmente, las analogías se fueron desvaneciendo a nuestro alrededor. Llegamos a un territorio que no se parecía casi en nada al planeta Tierra, donde el suelo tenía ese aspecto ceniciento que vimos cuando pisamos por primera vez este mundo desconocido, y también estaba atravesado por ese surco rojizo y profundo, esa especie de herida que tanto me había impresionado. Ignoro si era una continuación del surco que estaba cerca de la nave, o si era otro con una causa y una historia propias.

El clima se volvió un poco más cálido, el aire más húmedo, pesado.

Peig nos pidió que nos detengamos. Le daba un poco de temor seguir avanzando.

- Por lo menos esta expedición nos sirvió para desmentir la conveniencia de la medida de aproximación que propusieron - dijo Bell-. Estábamos a más de 30 kilómetros de este planeta cuando nos capturó.

- ¿A qué distancia estábamos? - preguntó Bell.

- A 90 kilómetros - dije, pero inmediatamente un ruido interrumpió la conversación. No era un grito, sino una serie de golpes; pasos, al parecer, los pasos de alguien que corría.

Estos sonidos reforzaron en mí la sensación de que había una persona allí, en esa oscuridad que aún no habíamos explorado, un ser humano como nosotros, que acaso también estaba buscando una salida. De manera que empecé a caminar con más prisa. Encendí mi linterna, cuando fue necesario hacerlo, ya que la luz que emanaba de aquel remedo de sol que habíamos dejado atrás comenzaba a resultarnos insuficiente. Peig y Bell se vieron obligados a seguirme y a adoptar la velocidad con la que yo avanzaba.

- Espera un poco- me dijo luego Peig-. No tan rápido. No sabemos qué hay allí. Podría ser un ser humano o no. Podría ser otro de los intentos de este planeta por parecerse al nuestro.

Tenía razón. Así como ese suelo había logrado, hasta cierto punto, reproducir los mares y la vegetación de la Tierra, podía haber intentado lo mismo con sus habitantes.

- No confíen en nadie aquí - continuó diciendo -, por muy humano que parezca quien sea que se acerque a nosotros.

Entonces los pasos volvieron a escucharse, y al dirigir el haz de mi linterna hacia adelante logré distinguir la espalda de alguien que corría y se alejaba de nosotros. Entonces yo también empecé a correr, y quien iba delante de mí tropezó y cayó al suelo. Me acerqué a él, iluminé su rostro, sus ojos bien abiertos y atemorizados, sus labios temblorosos.

- ¿Quién es usted? - dijo -. Déjeme en paz, váyase.

Bell y Peig se pararon detrás de mí. Miraban al extraño con recelo y temor.

- Sufrimos un accidente - dije -. Estamos atrapados en este planeta, al igual que usted. Mire, somos humanos, como usted. ¿Qué le ha sucedido? ¿Cómo llegó hasta aquí?

El extraño nos miró, a cada uno de nosotros, también con recelo y temor. Noté entonces que su ropa estaba desgastada, sucia y rota, y también había tierra en una de sus mejillas.

- Sucedió hace mucho tiempo - dijo el extraño -, yo me estaba dirigiendo hacia una estación espacial cuando de repente la nave que conducía cambió de rumbo, descendió aquí, como atraída por un imán. Durante mucho tiempo estuve tratando de retomar mi viaje, pero no había manera de mover la nave, y finalmente dejé de intentarlo, forzosamente, porque se hundió en el suelo y desapareció. El suelo se la tragó. Nunca más supe nada de ella y me vi obligado de esta forma a quedarme en este lugar.

- ¿Cómo sobrevivió aquí? - preguntó Bell - ¿De qué se alimentó?

- Hay unas frutas que crecen a unos kilómetros de aquí - respondió el extraño -. Tienen un sabor horrible. Saben a tierra, y quizá estén hechas de tierra. Pero sirven, al menos sacian mi hambre. Pero en realidad no sé qué son. Las llamo "frutas" porque se parecen a las manzanas. Antes brotaban en otro sitio, pero allí no han vuelto a aparecer y las últimas que pude ver ya ni siquiera se podían comparar con manzanas, quizá sólo con manzanas podridas, y tenían una coloración muy oscura. No me atreví a probarlas a pesar del hambre que me atormentaba. Por suerte encontré este otro sitio, aunque no sé por cuánto tiempo podré servirme de él.

Lo escuchábamos con atención, pero había algo en su manera de relatar los hechos que no nos convencía.

- ¿Por qué estaba corriendo y gritando? - le pregunté - ¿De qué se escapaba?

- Hay alguien aquí - dijo él -. Parece un humano como nosotros, pero no lo es. Se acercó a mí un tiempo después de que mi nave haya desaparecido, y a pesar de su aspecto no logró engañarme. Al darme cuenta de que no era humano, intentó atacarme. Yo lo golpeé con una roca, en la cabeza, y de su herida, en vez de manar sangre, empezó a fluir un polvo sombrío y abundante, idéntico al que estamos pisando. ¿Se dan cuenta? Al igual que aquellas frutas de las que les hablé, ese individuo estaba hecho de tierra, era una prolongación más de este mismo territorio. Desde entonces me acecha y cada vez que me ve trata de acercarse a mí. Creí que usted era él mientras me seguía, porque él también me estaba siguiendo. Ahora, quizá por la presencia de ustedes, parece haberse escondido.




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