La desesperación nos invadió de repente. Hasta ese momento, nos atormentaban el miedo, la incertidumbre y la frustración, pero la desesperación llegó en ese preciso instante en el que, luego de ver morir a ese desconocido, corrimos hacia donde había quedado nuestra nave y comprobamos lo que más temíamos: ya no estaba allí. Esto nos hizo considerar que podría haber algo de cierto en la narración del extraño, y los tres tuvimos la sospecha de que, efectivamente, el suelo se había tragado nuestro vehículo. Y si eso había ocurrido, ¿no podría haber también algo de verdad en lo referente a esa salida hacia el espacio exterior?
No sabíamos qué pensar de esto, pero tampoco podíamos quedarnos para siempre ahí, de modo que seguimos recorriendo ese territorio desconocido, buscando zonas en las que aún no habíamos estado y, por qué no, también esa enorme roca detrás de la cual acaso estaba nuestra salvación. Aunque sin una nave no tendría demasiado sentido salir al espacio exterior. Nuestros trajes nos protegían, pero nuestros medios de propulsión eran muy rudimentarios, no podían compararse a los de una nave espacial.
Empezamos a caminar así por una región no menos inquietante que las otras, sobre un suelo amarillento, a veces incluso blanco. Y mientras estábamos subiendo por uno de esos repechos que, creo yo, consistían en simples representaciones de montañas, en este caso bastante lograda aunque su altura no sobrepasaba los 10 metros, Peig dijo:
- Esperen. Miren allá, cerca de esa depresión azul. Es el desconocido que matamos.
En efecto, había allí una depresión azulada, semejante a la representación pictórica de una laguna, y cerca de ella ese individuo al que Peig también se refería y, aunque era idéntico al que habíamos matado (o al que le habíamos disparado, porque nunca corroboramos su muerte), advertí que detrás de él había otros dos individuos y los tres eran idénticos entre sí. Merodeaban sin prestarnos atención, como sonámbulos.
- Mejor vayamos por otro lado - dijo Bell-. Aunque parece que no ven, ni oyen.
Retrocedimos, tomamos cualquier otra dirección pero volvimos a encontrarnos con una depresión circular y azulada, un poco más oscura que la otra y sobre la cual colgaban unas prolongaciones turbias que tenían el aspecto de andrajos.
El aire se volvió más frío. Se movía, rozaba mi cara, como si quisiera convertirse en viento y no alcanzara a reunir las suficientes fuerzas para ello.
Pero se desplazaba. Yo lo sentía, por primera vez desde que llegamos a ese planeta. Mientras tanto, la luz natural de ese sitio temblaba, y su intensidad aumentaba y disminuía, como la de un foco que está a punto de quemarse.
Y en esa inestabilidad noté una expresión de sorpresa o terror en el rostro de Peig, y su mano que se alzaba para señalar lo que estaba observando con tanta inquietud. Otra vez nos encontrábamos frente a esos seres idénticos entre sí, pero en esta ocasión no eran 3, sino muchos más. Unos 100 o 200, que estaban caminando con bastante lentitud, en diversas direcciones, chocando a veces entre sí, todos igualmente delgados, un poco grises, calvos y cubiertos con esas ropas desgarradas y sucias. En el suelo había otro, inmóvil. Creo que estaba muerto. No pude corroborar si su cuerpo tenía impactos de bala y si por lo tanto podría tratarse del desconocido que nosotros mismos habíamos matado, porque estaba un poco lejos de mí y porque, unos minutos después de que yo lo haya advertido, algunos de sus congéneres se acercaron a él, lo tomaron de sus extremidades, lo desmembraron y se lo comieron.
Uno de los comensales, al terminar de engullir la cabeza, alzó los brazos hacia ese cielo descolorido ensayando una especie de señal de triunfo o satisfacción. Emitió un sonido gutural, desagradable, que se parecía más a un gemido que a una palabra, y luego se perdió entre aquella multitud escalofriante, desplazándose con la ayuda de sus manos, como suelen hacerlo los monos.
Aquel escabroso procedimiento de reciclaje nos causó una gran repugnancia, pero también intriga. Al parecer, aquel planeta trataba de no desperdiciar el material de sus representaciones. Sus creaciones no conseguían nunca tener vida propia. No crecían ni se reproducirán. Dependían siempre de la misma y limitada cantidad de materia prima. Y mientras estaba yo reflexionando acerca de ese asunto, tuve la horrible y súbita sensación de que uno de esos seres me estaba observando.
Les dije a mis compañeros que nos fuéramos de allí y, mientras nos retirábamos, aquel individuo no dejaba de mirarme, y de seguirme. Los otros desconocidos no se percataron para nada de su comportamiento. Parecían estar en otra dimensión, en un sueño del cual sólo él había despertado.
Me detuve. Saqué mi arma y esperé a que se acerque a mí. No sé cuántas veces le disparé. Lo hice casi con los ojos cerrados. No quise volver a presenciar el siniestro espectáculo de la formación de esos agujeros que sólo exhibían el vacío.
Editado: 31.07.2026