Aproximación fatal

6

Sinceramente ya no tenía ganas de seguir buscando una salida. No tenía ganas de hacer nada, pero había algo en mí que continuaba mecánicamente, una especie de robot que se encargaba de las tareas que a mí ya no me interesaban. Mi voluntad estaba muerta, y cuando llegué a esa enorme roca ni siquiera se me ocurrió asociarla con el objeto del cual nos había hablado aquel desconocido. Peig propuso esa posibilidad, pero no teníamos medios para mover esa inmensidad y comprobar si detrás de ella había, efectivamente, un camino hacia el espacio exterior.

- Sigamos - dije-. ¿Para qué querríamos salir al espacio? No tenemos ningún vehículo. Nos quedaremos flotando allá afuera como idiotas.

- El desconocido dijo que las fuerzas de este planeta se debilitarían - dijo Peig-. Aunque no nos sirva para escapar, podríamos provocar ese cambio. No sé, quizá eso nos lleve a otra cosa, a otro cambio.

- No entiendo - dije-. ¿Qué se supone que hay detrás de esto? ¿Un agujero? ¿Por qué se vería afectado este planeta con un cambio de posición de esa roca?

Entonces Peig guardó silencio. Pensó, pensó largamente la respuesta. Era cierto que en aquellas antiguas clases se había hablado mucho de este asunto, y seguramente allí, en ese momento del pasado, estaba la respuesta a la que mi memoria no alcanzaba a llegar, pero la memoria de Peig quizá sí.

- Es el ojo - dijo de repente -, o lo que podríamos considerar un "ojo", por llamarlo de alguna manera. Ese ojo tiene que estar cerrado para que la energía del planeta no se disperse, eso dijo, alguna vez, el profesor de una de las clases a las que yo asistí, que este planeta tenía un ojo, uno solo, y que originalmente formaba parte de los llamados " planetas cíclopes", pero el impulso por parecerse a otros planetas lo ha arrancado de esa categoría, lo ha incluido en una nueva, la de los "planetas émulos". Bien, ellos tratan de parecerse a otros planetas; en este caso, a la Tierra, pero para ello deben visualizarla de algún modo. La Tierra está muy lejos, no puede verse desde aquí con medios físicos y sólo se puede acceder a su imagen mentalmente. Si los sentidos físicos están activos, producen una distracción en ese ejercicio mental, entonces la imagen se desvanece, y si ya no tiene un objeto que imitar su poder se vuelve inútil. Así, creo, funciona ese mecanismo. ¿O no cerramos nosotros también los ojos cuando queremos recordar algo con claridad?

- ¿Y quién dijo eso? - pregunté -. ¿Cuál profesor?

- No recuerdo el nombre - respondió él -, no importa eso. Tal vez se trate de una idea errónea, no lo sé.

- Bien- comentó Bell-, de cualquier forma no podemos mover eso. Tendremos que buscar otra solución. Además, no podemos fiarnos de nada que nos haya dicho ese sujeto, que es una copia más de las miles que andan merodeando por este planeta.

- Me intriga el parecido entre ellos - comentó Bell-. Más allá del hecho de que algunos se acercan más a la perfección que otros, que ven o escuchan o caminan mejor que otros, es innegable la semejanza física. Me intriga, digo, porque me hace pensar que son todas copias de un mismo individuo terrestre. ¿Creen que cada uno de ellos sea una copia directa de ese individuo, o que son copias de copias y el proceso mimético se ha ido propagando así, sin la necesidad de recurrir a cada rato al original?

- ¿Y eso qué importa? - preguntó Peig malhumorado.

- Todo importa - dijo Bell-, todo puede ayudarnos a entender el lugar en el que nos encontramos. ¿Cómo creen que fue arrastrada es roca hasta aquí? ¿Cuántos hombres se necesitan para hacerlo? Bien, eso puede explicar la exagerada cantidad de individuos que hemos visto.

Peig lo miró sin acotar nada más. Su interlocutor no estaba diciendo nada descabellado. Mientras tanto, desde una loma no muy alta nos estaban observando precisamente dos de esos individuos idénticos. Y detrás de ellos flotaba una nube, muy delgada, en apariencia inofensiva y débil, pero cada vez más oscura.

- Bien- dije -, si crearon a todos esos tipos para mover la roca, ¿Cómo se pudo visualizar antes de eso la Tierra desde aquí? ¿A quién imitan esos sujetos?

- A un astronauta que haya descendido aquí - dijo Bell-, accidentalmente, o por su propia voluntad. Ahí pudo haber comenzado todo. Y quizá ese astronauta esté todavía aquí, en algún rincón secreto de este territorio. Cuando todavía no se había establecido una distancia de aproximación a planetas desconocidos conveniente, las naves se aventuraban con demasiada imprudencia. Los exploradores pisaban cualquier suelo sin calcular las posibles consecuencias.

Entonces uno de los desconocidos que nos estaban observando se puso de pie, nos señaló, abrió enormemente la boca y emitió un sonido que no sé cómo calificar.

De esta manera se desencadenó la etapa más convulsionada de nuestra estadía en aquel planeta. Los extraños empezaron a corrernos, y a lo largo de la persecución se fueron sumando a ellos otros, algunos más o menos veloces, y algunos se estrellaban contra obstáculos que cualquier ser humano medianamente normal habría podido sortear.

Eso nos favorecía, sobre todo aquellos cuya torpeza los hacía caer delante de los más hábiles, provocando así a su vez la caída de éstos.

Entramos así en una cueva de paredes rojizas, a la que, misteriosamente, ninguno de los desconocidos se atrevió a ingresar, pero más me llamó la atención ver que en un rincón de dicha cueva estaban esas frutas semejantes a manzanas de las cuales nos habló el desconocido al que le disparamos. Algunas tenían el tamaño de una manzana terrestre normal; otras, el de pelotas de básquet, y había una que incluso ostentaba un tamaño aun más asombroso.

- No las toquen - dijo Peig-. Por algo aquel tipo nos invitó a que comiésemos de ellas. No nos harán bien. Probablemente nos producirán una especie de parálisis, algún estado que nos impida movernos, que es lo que quiere este planeta, que no podamos salir de aquí.




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