Aproximación fatal

7

Fuimos a buscarlo pero no hubo manera de moverlo de allí. Así como alguna vez lo estuviera nuestra nave, se encontraba como pegado al suelo y eso anunciaba también su destino. Al parecer esa fuerza se prendía de los objetos que por alguna razón le interesaban, pero no los arrastraba inmediatamente hacia donde sea que finalmente los llevara. Y Bell empezaba, al igual que Peig y yo, a ser consciente de ello, a ser consciente de que estaba perdido, preso de las garras de un enemigo invisible con el cual no sabíamos de qué manera enfrentarnos.

- Tendremos que irnos y seguir buscando una salida - dijo Peig con una frialdad inevitable.

- Vayan - dijo Bell-, y lleven con ustedes lo que está en mi bolso. Quizá lo precisen. Yo ya no voy a necesitarlo.

Peig agarró el bolso y, mientras nos alejábamos, Bell empezó a hundirse.

Trepamos por esas paredes postreras y llegamos a una región donde la coloración roja que nos rodeaba se volvía mucho más intensa. Parecía sangre. Nos paramos en un rellano y proseguimos nuestro ascenso mediante las irregularidades de las nuevas paredes que allí nacían, hasta que llegamos a la cima y nos encontramos nuevamente en el exterior de la cueva.

El cielo no dejaba de centellear. La nube lo había cubierto en su totalidad y mostraba una incesante actividad eléctrica, pero no caía una sola gota de lluvia.

Caminamos sobre la cima de la cueva hasta un territorio arenoso que se asemejaba al difuso umbral de un desierto. No había árboles ni grandes rocas delante de nosotros pero tampoco podíamos ver más allá de algunos metros porque una neblina amarillenta flotaba allí como un tenue fantasma de arena. Algo que yo nunca antes había visto y que me provocó un terror inmediato. Pero detrás de esa neblina nauseabunda había otra cosa, y su tenue y opaca silueta despertó en nosotros una esperanza que no tenía ninguna justificación, y que era el único tipo de esperanza que podíamos sentir en esas circunstancias.

En el instante en el que la neblina se dispersó un poco, descubrí que se trataba de una nave, mucho más grande que el vehículo que nos había llevado hasta allí, oscura, arcaica, y tenía las compuertas abiertas, pero no pude distinguir si alguien estaba descendiendo de ella porque la neblina volvió a envolverla inmediatamente.

Y entonces, junto a esa silueta, empezó a dibujase otra, la de un hombre que venía caminando hacia mí y que finalmente me dijo:

- Soy el oficial Neil. Usted debe ser el teniente Lanser. Fui enviado para localizarlo, pero no creí que lo encontraría aquí. Mi nave fue arrastrada hacia este lugar, nunca tuve la intención de descender en este planeta.

- A nosotros nos sucedió lo mismo - dije -. Hace un buen tiempo que estamos tratando de salir de aquí. Es uno de esos planetas "émulos" de los que hace un tiempo se hablaba bastante. Sí, existen, y estamos en uno de ellos.

- Ya veo - dijo Neil-, qué cosa más extraña. En la base se decía que usted pudo haber cometido una imprudencia. Veo que no fue así. Tengo armas y explosivos en la nave.

- Mejor sáquelos de allí antes de que la nave se hunda - dije -. Yo sé por qué se lo digo. Quizá los explosivos nos sirvan para destruir la roca.

- ¿Cuál roca?

- El párpado caído de esta bestia - dijo Peig-, es una posibilidad, no estamos seguros de ello pero posiblemente...

- Bien- lo interrumpí-, apúrese a descargar la nave. Aquí hay que actuar rápido. Esa cosa, no sé qué sea, nos está rondando y parece que continuamente busca la manera de atacarnos. No siempre lo consigue, pero ya atrapó a uno de nosotros. Son los tentáculos invisibles que apresaron a nuestros vehículos, y debemos salir de aquí antes de que encuentren la oportunidad de lanzarse también sobre nosotros, como ya sucedió con nuestro compañero, Bell Amstrong.

Fuimos entonces hacia la nave, descargamos su cuantioso armamento y lo examinamos, y luego lo llevamos con nosotros hacia donde aquella roca exhibía su grandeza y su misterio. Algunos simulacros se nos cruzaron en nuestro camino pero no nos resultó difícil deshacernos de ellos gracias a las eficaces armas que Neil nos había facilitado, muy superiores a las nuestras.

Colocamos los explosivos cerca de la roca y Neil programó su detonación. Un par de simulacros nos observaban, impávidos, sin intención de detenernos. Sólo miraban, parados a unos 30 metros de nosotros, como almas en pena incapaces de incidir en el mundo real.




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