Aproximación fatal

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- No funcionan - dijo Neil, y recuerdo estas palabras textualmente -. Hay una presión que está impidiendo que el mecanismo de los explosivos se mueva con libertad. Lo siento, son los únicos explosivos que tengo. Debe ser esa misma fuerza de la que hablaban ustedes. Tendremos que encontrar otra manera de salir de aquí.

Y mientras Neil hablaba, yo notaba que algunos desconocidos se agrupaban en esa zona en la que el terreno cambiaba de aspecto. Se miraban entre sí, nos miraban a nosotros. No sé si estaban conversando o qué, pero inmediatamente después advertí que también se estaban agrupando en otros sectores del vasto territorio en el que nos encontrábamos. Y también sentí que ese territorio se ablandaba un poco debajo de mis pies, lo cual me hizo temer que si ese planeta llegara a perder ya por completo su capacidad de representación pudiera desencadenarse allí una catástrofe, la desaparición de los elementos que, aunque nos desagradaban, nos estaban sosteniendo en la vacuidad del espacio exterior.

Peig empezó a impacientarse. Nos pidió que nos alejásemos de ese sitio y de esos desconocidos que se estaban comportando de una manera tan singular. Neil insistió con esperar un poco más, pero cuando uno de esos grupos empezó a caminar hacia nosotros, decidimos largarnos de allí.

Yo sentí, mientras nos dirigíamos en una nueva dirección, una mayor facilidad para mover mis piernas, señal de que esa pesadez que nunca había dejado de oprimirme desde que llegamos a ese planeta (aunque a veces lo hiciera con mayor o menor intensidad), se había reducido casi hasta la nulidad total.

Cuando perdimos de vista a los desconocidos, nos encontramos en una región distinta a las que hasta ese momento habíamos frecuentado. El suelo se elevaba en ciertos sectores formando rudimentarias cuevas de escasa altura, y sobre esos relieves se dilataba un cielo violáceo, sin nubes ni otra clase de variaciones, que se parecía a una larga capa de pintura impermeable, de esas que suelen utilizarse para obturar las filtraciones de los techos.

Un cielo realmente horrible, burdo. Pero las cuevas nos agradaron. Pensamos en refugiarnos dentro de ellas cuando la luz natural disminuya ( no sé si llamar a este proceso "anochecer"), excepto en aquellas que nos causaban alguna aversión porque se asemejaban a oscuras bocas totalmente abiertas y petrificadas, mostrando abismos que parecían conducir a alguna clase de estómago.

Y así pasamos el resto de esa jornada, dentro de una de esas cuevas, tratando de tomar una decisión y sin alejarnos de nuestro equipaje y de las pocas armas que aún conservábamos.




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