Nueva York, 26 de abril del año 2026
Oficina central del Departamento de Exploración Espacial, 14:30 hs:
- Increíble -dijo Neil, mirándome con esos ojos de niño expectante -. Realmente, no creí que funcionaría. No soy demasiado bueno en eso de hacer planes.
- Quizá está mejorando en esa especialidad - le dije-. Ahora, sólo espero no tener que regresar jamás a ese planeta horrible.
- Ojalá que no- dijo Neil-. Probablemente, muy probablemente, no tengamos que regresar jamás a ese sitio. Pero por suerte traje una muestra de su extraño territorio.
Sacó de su bolsillo un tubo de ensayo dentro del cual se movía, con mucha sutileza, un líquido azulado, y lo dejó sobre la mesa.
- Era una porción de tierra- me dijo-. Ahora se ha convertido en esa clase de líquido, no sé si es agua, o trata de ser agua.
- ¿Alguien más sabe que usted tiene eso? - pregunté.
- No se lo he dicho a nadie -dijo -, más que a usted.
- Mejor deshágase de eso - dije -. No conocemos la naturaleza de ese planeta ni cómo podría influir en la Tierra un elemento que provenga de él.
- Es una pieza de gran valor científico - dijo-, probablemente jamás un hombre haya obtenido, ni vaya a obtener, otra semejante. Durante siglos hemos buscando una evidencia como ésta.
El líquido hizo un breve y violento movimiento, como si quisiera salir del tubo. Y también se veía más oscuro, casi negro.
- Yo no me atrevería a hacer desaparecer una evidencia tan preciada - agregó -. Hágalo usted si quiere.
- Está bien- dije-, lo haré yo.
Agarré el tubo y lo guardé en el bolsillo de mi gabardina. Afuera, el cielo estaba nublado y el aire frío. No sabía a dónde ir, dónde convenía arrojar aquel elemento. Sólo caminaba, sin ser del todo consciente de qué dirección estaba siguiendo.
Así que me detuve. Traté de tranquilizarme y decidí ir hasta mi propia casa. Allí dejé el tubo, sobre la repisa de mi dormitorio, y cuando Kim vino a visitarme permaneció un largo rato observándolo con una evidente expresión de asco.
- Es un pedazo de suelo del lugar en el que estuve - le dije -. Se ha licuado. Muchos lugares de aquel planeta trataban de parecerse al agua, por lo general sin conseguirlo. Tal vez ahora que se encuentra en un ambiente terrestre puede desarrollar con más eficiencia ese propósito.
- Posiblemente - opinó ella, sin mostrar demasiado interés -. Pero no creo que yo pueda pasar esta noche contigo, aquí, con esa cosa moviéndose delante de nosotros. No, no puedo relajarme en esta situación. Mejor sácala de aquí o vayamos a otro lugar.
- Es lo que quería hacer- dije -, deshacerme de ella, pero no sé de qué modo conviene hacerlo. Pensé en arrojarla al mar, pero no sé cómo reaccionaría al entrar en contacto con el agua si ese tubo de vidrio llegara a romperse. No es tan fácil decidir qué hacer con un elemento que pertenece a un mundo desconocido.
Ella me miró con cierta desconfianza.
- Tanto has luchado para salir de ese territorio y ahora traes contigo una parte de él - dijo -. ¿Cómo se entiende eso?
- Yo no la traje - dije -. Fue el hombre que nos rescató. Pero, bueno, no importa. Mejor vuelve mañana, cuando yo haya decido ya lo que hacer con eso. Discúlpame, Kim, pero no quise dejar esto en manos de ese hombre, de cuya prudencia no sé si puedo confiarme. Si hubieras estado en ese planeta lo entenderías, entenderías por qué trato de ser así de cuidadoso con una parte de él, por muy pequeña que sea.
Cuando Kim se fue, y me quedé solo junto a ese tubo de ensayo, una siniestra incomodidad fue apoderándose de mí. No me atreví a apagar las luces del dormitorio, pero también necesitaba dormir. Todavía sentía el cansancio que me había infundido el reciente y largo viaje, y los esfuerzos que debimos realizar para ejecutar exitosamente el plan que nos liberó de aquellas circunstancias, el cual no puedo develar a causa de ciertas reglas de confidencialidad comunes a todos los miembros de las fuerzas espaciales. Pero puedo decir que nos exigió un procedimiento arduo y agotador, aunque los resultados hayan sido tan satisfactorios.
El líquido seguía oscureciéndose, y luego adquirió un nuevo comportamiento: subir hasta la tapa del recipiente, deslizándose con bastante espesura, asemejándose ahora más a una sustancia glutinosa que al agua.
Yo estaba tan sugestionado en ese momento que tenía la impresión de estar escuchando el rumor que producía el líquido mientras reptaba de ese modo. Era como una voz que me llamaba, que me exhortaba a girar la tapa de ese recipiente y abrirlo. Lo cual, obviamente, yo no iba a hacer jamás, por nada del mundo.
Finalmente, unas horas después, el líquido comenzó a descender, amontonándose otra vez en la mitad inferior del tubo y quedándose allí, misteriosamente quieto. Lo cual generó en mí cierto alivio; no del todo, claro, porque yo sabía que no iba a permanecer para siempre en esa postura y que, tarde o temprano, iba a volver a dar esas escalofriantes "señales de vida".
Amanecía, y yo todavía no sabía qué hacer con esa cosa. Enterrarla en algún sitio de este planeta equivaldría a condenarme a mí mismo a convivir con lo desconocido por el resto de mis días, sin que nadie más sepa nada acerca de este hecho. Y ya había descartado la alternativa de entregarlo a las autoridades para su investigación. Así que imaginé otra posibilidad: enviarlo otra vez al espacio. Soltarlo en el vacío del cosmos, desde alguna nave. Y esto me hizo recordar que, según cierta teoría comentada también en aquellas antiguas clases de astrofísica, un fragmento de cualquier planeta émulo podía conservar la capacidad mimética del conjunto al que perteneció, y de esta manera crecer hasta convertir en un nuevo planeta, ya que cualquier otro planeta, incluso el que fuera su propio origen, podía servirle de objetivo. De modo que mi idea me llevaría a duplicar una aberración, pero también anularía su proximidad. ¿Qué importaba cuántas de estas monstruosidades existan, mientras existan a miles de kilómetros de distancia? También las desgracias y catástrofes que azotan la Tierra nos resultan inocuas mientras ocurren en lugares lejanos. Lo grave no es el hecho en sí, sino su aproximación. Eso es lo grave, lo fatal, aunque sean millones los individuos que estén muriendo en algún lejano país. Una nube cargada de granizo sobre nuestra cabeza es más terrible que un tsunami a 2.000 kilómetros del sitio en el que nos encontramos. Y considerando esto fue que llegué a la conclusión de que mi idea no era tan mala. Pero ahora tenía que determinar si debía llevarla a cabo solo, o consultarlo antes con alguien, con alguna autoridad o al menos con alguno de mis recientes compañeros de viaje.
Editado: 08.09.2026